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Apatía, cansancio, culpa, desesperanza… ¿Percibes a Dios en tu vida?

Depressed woman in front of a bench © LeventeGyori / Shutterstock – es

<a href="http://www.shutterstock.com/pic.mhtml?id=252458437&amp;src=id" target="_blank" />Depressed woman in front of a bench</a> © LeventeGyori / Shutterstock

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 31/05/15

Ojalá descubra qué lenguaje usa Dios conmigo

En realidad todo parece consistir en escuchar la voz de Dios. En descubrir su paso firme por nuestra vida. Nos lo recuerda hoy Moisés: “¿Hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido? Reconoce hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz. Deuteronomio 4, 32-34. 39-40.

El Dios de Israel, el Dios de nuestros padres. Dios nos habla. ¿Por qué tememos tanto el futuro? Nos da mucho miedo no saber, no comprender, no escuchar. Queremos tener certezas y claridad. Queremos el amor de Dios y no sabemos amar con su amor.

Somos inconstantes. Nos angustian los cambios de gobiernos, la inseguridad de esta vida tan frágil, los cambios climatológicos, las enfermedades descontroladas, la violencia, el mal en el mundo. Nos pone nerviosos perder lo que nos da seguridad en la vida.

El otro día escuché una descripción de un estado del alma en el que algunas personas caen en nuestros días: “El estado de ánimo está disminuido, con apatía, dificultad para disfrutar, falta de energía, cansancio, sentimientos de vacío, negativos, de culpa y de incapacidad, desesperanza, falta de motivación, pérdida de sentido, muy sensible a la valoración externa y con ganas de morirse”[1].

Tal vez nos parezca excesiva la descripción. Pero, ¿no es cierto que hay personas a nuestro alrededor que viven en este estado? O al menos con algunos de los rasgos descritos. Vacío, cansancio, pérdida de sentido, dependientes de la valoración externa. ¡Cuánta inmadurez a la hora de enfrentar los problemas y dificultades!

El Padre Kentenich decía: “En lugar de la ansiada plenitud del alma, cada vez se muestra y crece más y más la conciencia y el sentimiento de vacío interior. Ambos conducen con fuerza elemental hacia la fuga de sí mismo en el remolino de la vida, del trabajo y del placer[2].

No logramos la plenitud. Y huimos de nosotros mismos experimentando el vacío interior. Nos olvidamos del Dios que nos ama. Somos poco constantes. “Observamos cumbres y valles, ¡qué lejos estamos de amar con constancia y estabilidad![3].

No tenemos estabilidad. Somos irregulares, imprevisibles. Es necesario que nos dejemos hacer por el Espíritu. Dios quiere que nos dejemos transformar.

El otro día leía: “Dios impulsa a los hombres a que se vuelvan al fondo de su alma, a que reconozcan su impotencia y debilidades y se abandonen completamente en el Espíritu Santo. Cuando se abandona todo lo que puede ser impedimento de la acción de Dios entonces puede Él nacer en el fondo del alma[4].

Vacíos de nosotros para llenarnos del Dios Trino. Es la experiencia del pobre de Dios. De aquel que se ha vaciado de su orgullo y pretensiones y se ha llenado de la presencia de Dios.

Hoy el Señor nos invita a salir y a confiar. Él estará con nosotros todos los días de nuestra vida: “Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Mateo 28, 16-20.

Me invita a ponerme en camino, a seguir sus pasos, a ir de su mano. Y yo, ¿me detengo para preguntarle qué quiere de mí? ¿Cuento con Él en mi vida para hacer sus planes?

A veces a Dios le dejamos fuera de nuestras decisiones, del camino que recorremos. Yo quiero que en las encrucijadas de mi vida esté Él. Porque sé que su voz es la voz de mi vida. Quiero que me acompañe. Quiero seguir sus pasos adonde vaya.

Hoy los apóstoles ven a Jesús: “Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban”. Yo a veces lo veo, reconozco su voz, y su mano, en medio de mi vida, y me postro, me entrego.


Pero otras veces vacilo y dudo. Me quedo en pie. No sé si es Él o me lo invento. No sé si es Él y qué es lo que quiere. No lo veo aunque me ha prometido que estará conmigo. Y sigo caminando.

Nuestra vida es así, caminamos buscando a Dios y encontrándole. Llamándole y escuchando sus silencios. A veces no descifro ese silencio. Huyo y vuelvo a Él. Él me espera y sale a mi encuentro.

Todos tenemos nuestra historia de amor con Dios. Dios, siempre está cerca, cuando dudo y cuando creo, cuando me cierro y cuando caigo. Cuando arde mi corazón y cuando está seco y duro.

Dios es mi pozo, mi fuente, mi río, mi mar. Pero también es mi desierto y mi soledad. Sus caricias son ausencias, y sus abrazos soledades. Él llena mi vacío, ese que nadie puede llenar.

Su mirada sana mi corazón roto. Me sostiene, me levanta. Su corazón roto me ayuda a creer en ese amor imposible que sí es posible al final. ¿Quién es para mí Dios? ¿Quién ha sido en mi vida? ¿Dónde está en mi vida de forma especial?

Todos tenemos personas en nuestra vida que nos acercan a Dios. A veces algunas nos alejan. A unos Dios les toca el corazón más en los momentos alegres, o en las cruces, en la soledad, en la música, en la naturaleza, en alguien amado, en algún recuerdo, o en alguna imagen.

Ojalá descubramos qué lenguaje usa Dios conmigo, ese lenguaje personal que no habla con nadie más. Para eso es necesario detenernos, y mirar nuestra vida en profundidad.

En lo más hondo, está Dios. Está el Padre que nos ama con locura, el Hijo que nos da su vida, el Espíritu que nos enciende.


[1] Carlos Chiclana,
Atrapados por el sexo
[2] J. Kentenich,
Análisis de nuestro tiempo
[3] J. Kentenich,
Hacia la cima
[4] Anselm Grün,
La mitad de la vida como tarea espiritual, 74

Tags:
alma
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