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Formar el carácter en la virtud

Sterling College-cc

Opus Dei - publicado el 30/05/15


Este camino lleva a formar, como decía san Josemaría, un «alma de criterio»[20]. Pero, ¿cuáles son las características de este criterio?

En otro momento, él mismo añadía: «el criterio supone madurez, firmeza de convicciones, conocimiento suficiente de la doctrina, delicadeza de espíritu, educación de la voluntad»[21].

¡Qué gran retrato de la personalidad cristiana!: una madurez que nos ayuda a tomar decisiones con libertad interior y hacerlas propias, es decir, con la responsabilidad del que sabe dar cuenta de ellas; unas convicciones fuertes y seguras, basadas en un conocimiento profundo de la doctrina cristiana que alcanzamos a través de clases o charlas de formación, las lecturas, la reflexión y, especialmente, del ejemplo de otros, pues las «verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente»[22].

Esto se conjuga con la delicadeza de espíritu, que se traduce en afabilidad con los demás, y la educación de la voluntad, que se resuelve en llevar una vida virtuosa. Un «alma de criterio», por lo tanto, sabe preguntarse en las distintas circunstancias: ¿qué espera Dios de mí? Pide luces al Espíritu Santo, recurre a los principios que ha asimilado, se aconseja con quien puede ayudarle, y sabe actuar en consecuencia.

Fruto del amor

Así entendido, el comportamiento moral -que se concreta en vivir los mandamientos con la fuerza de la virtud- es fruto del amor, que nos compromete en la búsqueda y promoción del bien. Un amor así va más allá del sentimiento, que por su propia naturaleza es fluctuante y fugaz: no depende de los humores del momento, de lo que me apetece, o de lo que me gustaría en una determinada circunstancia.

Más bien, amar y ser amado supone un darse, que se funda en el atractivo que originan en el corazón el saberse querido por Dios y esos grandes ideales por los que vale la pena empeñar la libertad: «En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios»[23]

La perfección cristiana no se limita al cumplimiento de unas normas, pero tampoco al desarrollo aislado de capacidades como el autocontrol o la eficiencia. Impulsa, más bien, a la entrega de la libertad al Señor, a responder a su invitación: «ven y sígueme»[24], con la ayuda de su gracia.

Se trata de vivir según el Espíritu[25], movidos por la caridad, de modo que se desea servir a los demás, y se comprende que la ley de Dios es la vía privilegiada para practicar ese amor libremente elegido. No es cuestión de cumplir unas reglas, sino de adherirse a Jesús, de compartir su vida y su destino, obedeciendo amorosamente a la voluntad del Padre.

Sin ser perfeccionistas

Este empeño por madurar en virtudes es extraño a cualquier afán narcisista de perfección. Luchamos por amor a nuestro Padre Dios, es en Él en quien tenemos fija la mirada y no en nosotros mismos. Conviene, por tanto, desechar la tendencia al perfeccionismo, que quizá podría surgir si planteáramos erróneamente nuestra lucha interior según unos criterios de eficacia, la precisión, el rendimiento…, muy en boga en algunos contextos profesionales, pero que desdibujan la vida moral cristiana. La santidad consiste principalmente en amar a Dios.

De hecho, la madurez lleva a armonizar el deseo de actuar bien, con las limitaciones reales que experimentamos en nosotros mismos y en los demás.

En ocasiones pueden venir ganas de decir con san Pablo: «no logro entender lo que hago; pues lo que quiero no lo hago; y en cambio lo que detesto lo hago (…) ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte…?»[26]. Sin embargo, no perderemos la paz, pues Dios nos dice, lo mismo que al Apóstol: «Te basta mi gracia»[27]. Nos llenamos de agradecimiento y esperanza, pues el Señor cuenta con nuestras limitaciones, con tal de que nos impulsen a convertirnos, a acudir a su ayuda.

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