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Formar el carácter en la virtud

Sterling College-cc

Opus Dei - publicado el 30/05/15


El reto de la formación moral

El joven no esperaba que “la cosa que faltaba" fuera precisamente poner su vida a los pies de Dios y de los demás, perdiendo su seguridad de cumplidor Y se marchó triste, como sucede a todo aquel que prefiere seguir exclusivamente su propia hoja de ruta, en vez de dejar que Dios lo guíe y le sorprenda. Dios nos ha llamado a vivir con su libertad -«hac libertate nos Christus liberavit»[15]- y, en el fondo, nuestro corazón no se conforma con menos.

Madurar es aprender a vivir de acuerdo a unos ideales altos. No se trata simplemente de conocer unos preceptos o de adquirir una visión cada vez más afinada de las repercusiones de nuestros actos.

Decidirse a ser buenos -santos, en definitiva- supone identificarse con Cristo, sabiendo descubrir las razones del estilo de vida que Él nos propone. Implica, por tanto, conocer el sentido de las normas morales, que nos enseñan a qué bienes debemos aspirar, cómo debemos de vivir para alcanzar una existencia plena. Y esto se alcanza incorporando en nuestro modo de ser las virtudes cristianas.

Los pilares del carácter

El saber moral no es un discurso abstracto, ni una técnica. La formación de la conciencia requiere un fortalecimiento del carácter que se apoya sobre las virtudes como sus pilares. Estas asientan la personalidad, la estabilizan, le trasmiten equilibrio. Nos hacen capaces de salir de nosotros mismos, del egocentrismo, y dirigir el foco de nuestros intereses fuera de nosotros, hacia Dios y hacia los demás.

La persona virtuosa está centrada, posee medida en todo, es recta, íntegra, enteriza. En cambio, quien carece de virtudes a duras penas será capaz de emprender proyectos de envergadura o de dar forma a los grandes ideales. Su vida estará hecha de improvisaciones y bandazos, de modo que no será fiable, ni siquiera para sí mismo.

Fomentar las virtudes expande nuestra libertad. Nada tiene que ver la virtud con el acostumbramiento o con la rutina. Desde luego, para que arraigue un hábito operativo bueno, para que cuaje en nuestro modo de ser y nos lleve a obrar el bien con más facilidad, no basta con una sola acción.

La repetición sucesiva ayuda a que se estabilicen los hábitos: nos hacemos buenos siendo buenos. Repetir la resolución de ponerse a estudiar a la hora, por ejemplo, hace que la segunda vez nos cueste menos que la primera, y la tercera algo menos que la segunda…, pero hay que perseverar en la determinación de ponerse a estudiar para mantener el hábito de estudio, que de otro modo se pierde.

La renovación del espíritu

Las virtudes, humanas y sobrenaturales, nos orientan hacia el bien, hacia aquello que colma nuestras aspiraciones. Nos ayudan a alcanzar la auténtica felicidad, que consiste en unirse a Dios: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado»[16].

Otorgan facilidad para actuar según los preceptos morales, que ya no se ven solo como normas a cumplir, sino como un camino que conduce a la perfección cristiana, a la identificación con Jesucristo según el estilo de vida de las bienaventuranzas, que son como el retrato de su rostro y «se refieren a actitudes y disposiciones básicas de la existencia»[17] que llevan a la vida eterna.

Se abre, entonces, un camino de crecimiento en la vida cristiana, según las palabras de san Pablo: «transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto»[18].

La gracia cambia el modo en que juzgamos los distintos eventos, y nos da criterios nuevos para actuar. Progresivamente, aprendemos a ajustar nuestro modo de ver las cosas a la voluntad de Dios, que se expresa también en la ley moral, de modo que amamos el bien, la vida santa, y gustamos «qué es lo bueno, agradable y perfecto»[19]. Se alcanza una madurez moral y afectiva en clave cristiana, que lleva a apreciar con facilidad qué es lo auténticamente noble, verdadero, justo y bello, y a rechazar el pecado, que ofende la dignidad de los hijos de Dios.

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