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¿Quién es el ángel consolador?

Massmo Relsig-cc

Fernando Cárdenas Lee, Foyer de Charite - publicado el 29/05/15

Un papa, Benedicto XV, escribió una bellísima oración sobre él

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios; creado para entrar en la amistad con Dios; puesto por Dios mismo en el Paraíso, es al mismo tiempo el hombre horrorizado, adolorido, apesadumbrado por tanta violencia, tantas escenas de dolor, inclusive dentro de los más inocentes e indefensos. A veces parece cansarnos tantas noticias malas, tantas imágenes de dolor y crueldad. Y ante esto surge en el corazón la pregunta: “¿Qué podemos hacer?”, “¿hay algo que pueda hacer?”.

Esta realidad la recoge el Papa Francisco en su mensaje para Cuaresma de este año 2015 y que lleva por título: “Fortalezcan sus corazones”. En este mensaje el Santo Padre nos llama a no dejarnos absorber por “la espiral de horror y de impotencia”, y para ello propone tres medios:

1. Orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial

2. Ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas. La Cuaresma, dice el Papa, es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro

3. Resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar el mundo y a nosotros mismos y para ello debemos pedir la gracia de Dios y aceptar nuestros límites.

Todo esto implica, según palabras del mismo Papa, “un camino de formación del corazón”, que nos lleva a tener “un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia”.

Y esto, hay que decirlo bien fuerte, ES POSIBLE: es posible tener ese corazón misericordioso, abierto a Dios y a los hermanos.

Es posible porque JESUS mismo nos hace capaces. como miembros suyos, de participar en aquella maravilla del amor que es su acto de entrega a Dios Padre en la Cruz. Somos, entonces, no solo beneficiarios, sino que más aún somos participantes del amor expiatorio de Jesús.

De hecho, como cristianos estamos llamados a participar del sacrificio único y perfecto de Jesús en la Cruz y lo podemos hacer entregando y ofreciendo nuestras buenas obras en unión con el sacrificio de Jesús. En esto consiste la expiación: en entregar u ofrecer algo a Jesús, uniéndonos a Su sacrificio en la Cruz, y buscando el bien espiritual de otros.

Y si Jesús, el hijo de Dios, en la debilidad de la carne necesitó la fuerza y el consuelo que le brindó un ángel en su agonía, al que la tradición de la Iglesia le ha dado el nombre de “Angel consolador” o “Angel confortador” (cfr. Lc. 22,43) con cuánta mayor razón nosotros necesitamos este consuelo si realmente queremos vivir esta dimensión expiatoria que se encuentra presente en toda vida auténticamente cristiana.

Hay, por tanto, una colaboración estrecha entre los ángeles y los hombres en este aspecto de la vida cristiana.

Para entender esta colaboración miremos que el Evangelio de San Lucas antes de narrar la aparición del Angel que consuela y conforta a Nuestros Señor, expresa que Jesus oraba diciendo “Padre, si quieres, que pase de mi este cáliz; mas no se haga mi voluntad, sino la Tuya” (Lc. 22, 42).

Es la obediencia a la voluntad del Padre lo que atrae este Ángel sobre Jesús. Es por causa de esta obediencia que el Angel aparece delante del Señor.

El Evangelio de San Lucas, en el que narra la aparición del Angel consolador, no trae ninguna palabra pronunciada por este Ángel. Entonces, ¿cómo el ángel confortó a Nuestro Señor?. El Ángel conforta a Nuestro Señor con su sola proximidad. El Angel no viene a darnos clases, el ángel viene a darnos fuerzas comunicando algo de su propia perfección, y esto lo hace con su sola cercanía.

Pero también el Angel consolador se muestra sereno, no sale huyendo con Nuestro Señor. El Angel contempla todas las cosas desde Dios y ve que Dios prefiere sacar bien del mal, antes que no permitir ningún mal. Por ello el Angel ve que “todo está bien”, que “todo es bueno”, pues es capaz de ver que “a su tiempo todas las cosas cumplirás su fin” (Eclo. 39,40)

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