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Defectos físicos, imagen,… ¿no somos mucho más?

© Hernán Piñera / Flickr / CC
Maquillaje
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El exterior nos condiciona tanto que podemos quedarnos en la imagen... Somos caducos, pero lo verdadero en nosotros es eterno

El otro día vi un video de una pareja que se va a casar. Los maquillan para que puedan imaginar su aspecto con cincuenta, con setenta y con ochenta años. Al mirarse y pensar en sus vidas a esas edades, la emoción los embarga.
 
Se ven ya mayores y reconocen que se quieren como son, sin importarles la edad. Les conforta pensar el camino que habrán recorrido juntos. Están dispuestos a caminar juntos en la juventud y en la vejez. ¡Cuántas historias y cuánta fecundidad les esperan!
 
El amor siempre es fecundo. Esperan decirse al final de sus días que se siguen amando y que el uno sin el otro no hubieran llegado a ser lo que son.
 
A veces hoy nos importa demasiado el aspecto externo. Seguimos creyendo en la eterna juventud. No queremos perder capacidades ni envejecer. Queremos ser siempre jóvenes y eso no es real.
 
Hay momentos en el camino de la vida en los que nos preguntaremos si esa es la vida que queremos seguir llevando hasta el final de nuestros días. Tal vez serán momentos de dudas en los que nos cuestionemos cómo hemos vivido y nos reafirmemos en nuestro camino.
 
El Papa Francisco les decía a unos sacerdotes: “A los cuarenta es la edad en la que el sacerdote se pregunta si le bastan sus hijos espirituales o quiere tener hijos propios”.
 
¡Cuántas personas se plantean hoy la pregunta sobre el sentido de su vida! Miran hacia atrás y hacia delante. Hacia atrás con nostalgia, alegría o tristeza. Contentos o tristes por el camino recorrido. Y hacia delante, con el temor de lo que viene. Con miedo o esperanza.
 
El amor verdadero no se detiene en esos momentos. Sigue adelante. Es la fidelidad del que sabe que el amor es para siempre y ha de madurar en las pruebas del camino. El amor que no ha madurado tiembla, se tambalea, se detiene.
 
Estamos llamados a amar la belleza del alma, la belleza de la vida. El amor madura con los años. Queremos mirar más allá de la apariencia en la verdad escondida en el alma. Esa verdad que no se arruga ni pierde fuerza, aunque sí madure y sufra con el tiempo.
 
¡Cuántas veces no amamos nuestra vida como es! ¡Cuántas veces no estamos tan contentos con nuestra historia! Y de esos sentimientos se derivan consecuencias. Baja autoestima, frustración, dificultad para profundizar nuestras relaciones, miedos infundados a vivir.
 
Sí, la falta de aceptación de lo que tenemos nos encadena. Y todo porque a veces nos quedamos en la belleza externa de las cosas y las personas.
 
En otro video mostraban esta tendencia que tenemos… Si nos ponemos frente al espejo, muchos de nosotros dejamos que nuestros defectos, acentuados por el cerebro, hagan desaparecer todo aquello bueno que tenemos.
 
Un paciente le respondía a su sicólogo: “¿Qué cosas no le gustan de su imagen corporal? Ninguna. Especialmente odio mis pies”[1].
 
Nos pasa lo mismo con las personas a las que queremos. Con el desgaste de la vida en común  podemos ver más sus defectos y no apreciamos sus virtudes.
 
En el video varias personas opinan sobre su aspecto exterior. Uno decía: “No soy feliz, tengo un cuerpo que no me gusta”. El exterior nos condiciona tanto que podemos quedarnos en la imagen. En lo más caduco de nuestra vida.
 
Mirar al fondo del hombre, mirar al fondo de nuestra alma, lo cambia todo. Crecer cavando hondo. Sin miedo a tocar la fragilidad y la debilidad con la que convivimos. Somos caducos. Pero lo verdadero en nosotros es eterno.

 


[1] Carlos Chiclana,
Atrapados por el sexo
Tags:
alma
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