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Cuestión de integridad

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Te querré…¿mientras me apetezca?
El verdadero amor sabe esperar.
-Alfonso Aguiló Pastrana-
 
         Angela Ellis-Jones, abogada británica de 35 años, no puede sentirse en desventaja ante lo que suele llamarse una mujer "liberada". Ha dirigido una asociación universitaria, ha intervenido muchas veces en programas de televisión, debates en la BBC2, y ha sido candidata al Parlamento. No es creyente. Pero cuando escribe en el "Daily Telegraph" sobre castidad, dice lo siguiente:
 
          –Hoy día, la mayoría de las mujeres sostienen su derecho a la libertad sexual. Pero la única libertad sexual que yo he deseado es la de estar felizmente casada. Desde mi adolescencia sabía que debía guardarme para el matrimonio, y nunca he tenido la más mínima duda sobre mi decisión.
 
         Angela Ellis-Jones tiene muy claras las razones para permanecer virgen hasta el matrimonio.

         –La castidad antes del matrimonio es una cuestión de integridad. Para mí, el verdadero sentido del acto sexual consiste en ser el supremo don de amor que pueden darse mutuamente un hombre y una mujer. Cuanto más a la ligera entregue uno su propio cuerpo, tanto menos valor tendrá el sexo.

         -Quien de verdad ama a una persona, quiere casarse con ella. Cuando dos personas tienen relaciones sexuales fuera del matrimonio no se tratan una a otra con total respeto. Una relación física sin matrimonio es necesariamente provisional: induce a pensar que aún está por llegar alguien mejor. Me valoro demasiado para permitir que un hombre me trate de esa manera.

         -Pienso así desde que tenía 14 años. Por aquel entonces ya había observado el destrozo que producía el sexo frívolo en las vidas de algunos compañeros de escuela. Ya entonces me resultaba evidente que cuando se separa matrimonio y sexo, se difumina la diferencia entre estar casado y no estarlo, y se devalúa el matrimonio mismo. Quiero casarme con un hombre que tenga un concepto de la mujer lo bastante elevado como para guardarse íntegro para su esposa.
         Dejarse fascinar por el afán de saciar nuestros instintos es algo que impide alcanzar lo realmente valioso.  El hombre de deseos insaciables es como un tonel agujereado: se pasa la vida intentando llenarse, acarreando agua en un cubo igualmente agujereado.

         Cuando alguien descubre la realidad del amor, tiene la certeza de haber descubierto una tierra maravillosa hasta entonces desconocida e insospechada. Es una lástima que por no acomodarse al ritmo natural de maduración del amor, algunos quieran comer la fruta verde y pierdan la meta que podrían haber llegado a alcanzar. Ellos mismos se acaban dando cuenta, tarde o temprano, de que en el mismo momento en que esa persona les entregó prematuramente su cuerpo, cayó del pedestal en que la habían puesto.

         La Iglesia católica no aprueba las relaciones prematrimoniales precisamente porque tiene una enorme estima por el amor conyugal. Quiere ayudar a proteger y custodiar algo de lo que depende tanto, para la propia pareja y para toda la sociedad. Puros hasta el altar y fieles hasta el sepulcro.
 
         No es cuestión de modas, libertades o precocidad, es cuestión de integridad.

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