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Cuando dudo que Dios pueda penetrar los corazones

Paul_Neoclasic / Flickr / CC

Frustración

Carlos Padilla Esteban - publicado el 26/05/15

¿No lo ha hecho ya conmigo? La unidad es posible desde la reconciliación, desde la purificación de la memoria

A veces tengo experiencias. Pero pasan y el tiempo me hace olvidarlas. Es como si guardara momentos. La sacramentalidad del tiempo, de los lugares, todo eso cambia la vida. Pero a veces el recuerdo es frágil si no queda grabado en el alma, si no llega a cambiar el corazón. Si no es así lo olvidamos.

El otro día escuché un lema motivador: “Pura vida”. Me gustó. Las cosas importantes tienen que ver con la vida honda. Avanzar, cavar hondo, hacia lo profundo de la tierra. Es la experiencia de vida que no se olvida.

El recuerdo deja huella en el alma. En la piel, en los huesos. La memoria está extendida por todo el cuerpo, por toda el alma. El corazón queda herido. Los muros que lo protegen rotos. Dios nos pide la circuncisión del corazón.

Tener el corazón circunciso significa que le pertenecemos. Es la huella que deja Dios al amarnos. El paso de Jesús resucitado por mi alma. La irrupción del Espíritu en mi vida. ¿Tengo el corazón herido por Dios?

¿Me ha zarandeado con fuerza alguna vez como ese niño que abraza con fuerza y amor su muñeco roto? ¿He sido herido por las manos de Aquel que tanto me ama? Su amor es más fuerte que mi resistencia.

A veces dudo que pueda penetrar los corazones de los que no creen. Dudo de su poder. Me falta fe. ¿Acaso no lo ha hecho conmigo? ¿No soy distinto después de ser su amigo? ¿No soy un hombre nuevo después de Pentecostés en mi vida?

Es necesario experimentar juntos un mismo anhelo de construir la unidad. Pentecostés es unidad, comunión, una sola alma, un solo corazón. Desde la purificación del corazón los discípulos se unen.

¡Qué fácil resulta a veces desunir, resaltar las diferencias, caer en las críticas y en las habladurías! Decía el Papa Francisco: “Es una enfermedad grave que comienza con facilidad, pero que se apodera de la persona convirtiéndola en “sembradora de cizaña” y en muchos casos en “asesino a sangre fría” de la fama de sus colegas y hermanos. Es la enfermedad de las personas cobardes que por no tener valor de hablar a la cara, hablan a las espaldas”.

El orgullo nos divide. Nos hacer pensar que somos mejores, que tenemos que quedar siempre por encima de los otros, que tenemos la mejor idea, que la expresamos mejor que nadie, que marcamos los nuevos rumbos, que sin nosotros nada funciona.

La unidad tiembla cuando competimos por destacar, por tener poder. La unidad exige mucha humildad y paz. La unidad se construye cuando estamos contentos con nuestra vida tal y como es.

Porque cuando estamos en guerra con nuestra propia vida nada funciona a nuestro alrededor. Divididos por dentro acabamos dividiendo. Divididos y separados de los hombres. Centrados en nuestros deseos y su satisfacción inmediata.

¡Cuánto nos cuesta ceder para integrar! Unir supone aprender a renunciar a mis deseos y planes, a mis ideas y proyectos. Tantas veces no estamos dispuestos.

La unidad nos exige aprender a perdonar. ¡Cuánto nos cuesta perdonar con el corazón! Tal vez sólo Dios pueda hacerlo. Las heridas son profundas. Tienen nombre propio. Tienen historia, tienen palabras y gestos grabados. El rencor y la memoria a veces nos encadenan.

La unidad es posible desde la reconciliación, desde la purificación de la memoria. ¿Hemos pedido perdón? ¿Hemos perdonado de corazón? Decía Ingrid Betancourt: “El perdón es esencial para vivir”.

El corazón muchas veces no nos deja perdonar. Menos olvidar. Y no vivimos en paz. Eso nos quita la vida. Nos aleja a los unos de los otros. Jesús con su Espíritu puede rompernos para que aprendamos a perdonar y a amar. «Se llenaron todos de Espíritu Santo». Jesús lo hace.

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