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De hombre a hombre: Tolkien escribe a su hijo sobre su experiencia con el amor

Família Tolkien

Aleteia Team - publicado el 25/05/15

O cómo el sacrificio y las dificultades hicieron crecer al autor de El Señor de los Anillos

El famoso autor de El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien, no tuvo una infancia fácil: huérfano a los 13 años y católico (en una Inglaterra anglicana donde serlo equivalía al rechazo social), fue criado junto a su hermano menor por un sacerdote. Se enamoró de otra huérfana a los 18 años, Edith Bratt, con la oposición de su tutor y de la familia de ella.

Años después (6-8 de marzo de 1941) escribiría una carta a su hijo Michael, en la que le hablaba sobre el amor y el matrimonio. En ella, el escritor cuenta humildemente su experiencia, cómo tuvo que crecer y madurar en las dificultades,  y da una gran lección final a su hijo.



Mi propia historia es tan excepcional, tan equivocada e imprudente en casi todos los aspectos, que resulta difícil aconsejar prudencia. Aún así, casos difíciles dan malos ejemplos; y casos excepcionales no siempre son buenos guías para otros. Pues lo que vale aquí es un poco de autobiografía — en esta ocasión dirigida principalmente a las cuestiones de la edad y de las finanzas.

Me enamoré de tu madre alrededor de los 18 años. De manera muy genuina, como se mostró – aunque, está claro, mis limitaciones de carácter y temperamento hicieron que yo con frecuencia cayera por debajo del ideal con el que había comenzado.

Tu madre era más mayor que yo y no era católica. Completamente lamentable, según lo veía mi tutor. Y esto fue en cierto modo muy lamentable, y en cierta forma, muy malo para mí. (…) Yo era un chico inteligente luchando contra las dificultades de conseguir una bolsa de estudios (muy necesaria) en Oxford.

Las tensiones combinadas casi me causaron un colapso nervioso. Fracasé en mis exámenes y (como años más tarde mi profesor me contó), aunque hubiera conseguido una beca, acabaría apenas con una beca parcial de £60 en Exeter: apenas lo suficiente para empezar (ayudado por mi querido y viejo tutor), junto con una beca de salida del colegio de la misma cuantía. (…)

Yo era inteligente, pero no diligente o concentrado en sólo una única cosa; gran parte de mi fracaso se debió simplemente al hecho de que no me esforzaba (por lo menos no en literatura clásica), no porque estaba enamorado, sino porque estaba estudiando otra cosa: el idioma gótico y no sé qué mas.

Por tener una educación romántica, hice de un caso de noviazgo adolescente algo serio, y lo convertí en fuente de compromiso. Físicamente cobarde por naturaleza, pasé de ser un conejito despreciado del segundo equipo de la casa a capitán del equipo principal en dos temporadas (…) Además, surgieron problemas: tuve de escoger entre desobedecer y engañar a un tutor que había sido un padre para mí, más que la mayoría de los padres verdaderos, pero sin estar obligado a ello,  y “desistir” de mi amor hasta que tuviera 21 años.

No me arrepiento de mi decisión, , aunque fue muy difícil para mi amada. Pero no fue culpa mía. Ella era perfectamente libre y sin ningún compromiso conmigo, y yo no habría reclamado nada (excepto de acuerdo con el código romántico irreal) si ella se hubiera casado con otra persona.

Durante casi tres años, no vi ni escribí a mi amada. Fue extremadamente difícil, doloroso y amargo, especialmente al principio. Los efectos no fueron completamente buenos: me volví veleidoso y negligente, y desperdicié buena parte de mi primer año en la facultad. Pero no creo que cualquier otra cosa hubiera justificado un matrimonio basado en un romance juvenil; y, probablemente, nada más habría fortalecido suficientemente la voluntad de dar permanencia a este romance (por más cierto que fuese un caso de amor verdadero).

En la noche de mi 21 cumpleaños, escribí nuevamente a tu madre – 3 de enero de 1913. El 8 de enero volví a verla y nos hicimos novios, informando del hecho a una atónita familia. Me esforcé y estudié más – y entonces la guerra estalló al año siguiente, cuando me faltaba un año para terminar la facultad. En esos días, los chicos que no se alistaban eran despreciados públicamente.

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