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Emborráchate del Espíritu

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/05/15

Hay que estar reunido en el Cenáculo y dejar que Él venga y lo cambie todo y quite el miedo

Muchas veces en la vida el corazón se cierra. Se construye una coraza para no sufrir, para no cambiar. “¿Cómo se rompen los muros que me impiden salir y confiar?”.

Una persona me lo preguntaba el otro día. Me decía que se enredaba en sus pensamientos y no lograba salir. El corazón por un lado y la cabeza por otro. Entendía toda la teoría. Pero no lograba cambiar. ¿Cómo se cambia?

Es verdad que hay que abrir el corazón para que Dios entre. Pero no es tan fácil. No siempre se logra. Dios quiere entrar. Pero no me rompe. ¿Cómo se hace? Ni entra ni le dejo entrar.

Los apóstoles esperaban encerrados en el Cenáculo. No tenían abierta la puerta. Tal vez, eso sí, estaban juntos. Es una clave. Juntos podemos lograr el milagro. No estamos solos. En medio de la noche caminamos con otros, rezamos con otros, nos sostienen y sostenemos.

Y entonces el Espíritu rompe las puertas. ¿Cómo se hace? ¿Qué viene antes, la puerta abierta o la puerta rota? ¿Abrir o dejarse abrir? No es tan sencillo. El espíritu de Jesús rompe las puertas cerradas del Cenáculo.

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar”. Muchas veces recuerdo las murallas de esa sala en Jerusalén. Un lugar frío, donde no hay culto permanente. Pertenece a los judíos. Allí donde ocurrió lo más sagrado de nuestra historia, donde Jesús se quedó en el pan y en el vino, allí donde las lenguas de fuego lo llenaron todo de vida. Sí, en esa sala tan llena de Dios.

Allí, hoy, no se puede vivir el calor del Espíritu, la presencia de Jesús. En la frialdad de sus paredes se respira una ausencia de Jesús. Sólo un pelícano tallado en una columna nos recuerda que Cristo vence dando la vida, abriéndose el pecho para entrar en mí.

Es la fuerza de su amor. Su presencia que todo lo transforma. Su invisibilidad que todo lo cambia. Esa presencia que nosotros conocemos. Jesús rompe las barreras, no espera a que se abran las puertas. Penetra el alma. Su amor vence, su presencia lo transforma todo.

Quiero tocarlo tantas veces y me encuentro con la frialdad de un Cenáculo. Quiero retener su vida en la mía, para que no se vaya. El amor asemeja, eso nos han dicho tantas veces. Pretendo que su amor cambie mi vida. Quiero caminar con sus pasos. Hablar con su voz.

Tengo miedo de no abrir la puerta. Tal vez me falta la paciencia o la fe y no sé si Él romperá el muro. ¿Y si me pierdo la fuerza de su Espíritu? ¿Y si paso de largo preocupado por tantas cosas?

Quisiéramos ser dóciles a su Espíritu. No resulta tan fácil. Me incomoda con frecuencia mi propia rigidez. Quiero ser dócil y flexible. Abierto y simple. Enamorado de Dios. Dominado por el Espíritu. No sé cómo voy a lograr llegar a las estrellas.

Tengo que dejar mis miedos a un lado. Aprender a reírme de mí mismo. Sin temor. Con mucha paz. Emborracharme del Espíritu. Como los apóstoles aquel día que parecían borrachos. Uno no quiere nunca parecer borracho. Vivir fuera de control. Sin tantas normas y seguros. Perder la imagen y la fama.

La hondura del Espíritu que lo penetra todo sin quedarse en las barreras. Así es posible acoger la paz de Jesús que todo lo penetra. Hay que estar, eso sí, reunido en el Cenáculo. Dejar que Él venga y lo cambie todo y quite el miedo. 

Pentecostés es misión. Supone salir de uno mismo y entregar la vida. El Espíritu Santo rompe los miedos. Rompe ese miedo a salir que tanto nos paraliza. El miedo a dar la vida y perder seguridades.

El miedo a perder lo que tanto amamos y creemos nuestro. El miedo al fracaso, como si la vida nos debiera algo. El miedo a no ser comprendido por nuestra forma de vivir y pensar.

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