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¿Un matrimonio puede usar anticonceptivos?

© mast3r/SHUTTERSTOCK
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¿Qué diferencia hay entre recurrir a métodos naturales y a otros sistemas?

Soy uno de esos cristianos, a los cuales el Papa hizo referencia en su reciente intervención, que tienen dificultad en entender el llamamiento de la Iglesia contra el uso de anticonceptivos en la vida conyugal. Si se acepta, como lo hace también el Papa, el hecho que una pareja pueda tener motivaciones que empujan a retrasar la concepción de un hijo, ¿qué diferencia hay entre recurrir a métodos naturales y a otros sistemas que simplemente facilitan la vida conyugal? Que luego la difusión de los diversos anticonceptivos pueda generar en la sociedad hábitos sexuales equivocados, es otro discurso. Pero precisamente no entiendo qué problema puede representar para dos cónyuges, dentro de una relación que se presume ya marcado por el amor recíproco, el respeto, la fidelidad y la apertura a la vida.

Carta firmada

Responde el padre Mauricio Faggioni, profesor de Teología Moral

El 40º aniversario de la encíclica Humanae Vitae sobre la regulación de la fecundidad, fue una ocasión para retomar los temas más vitales, pero, al mismo tiempo, ha renovado en muchos fieles una cierta dificultad en comprender profundamente las motivaciones y asumir todas las consecuencias en las opciones cotidianas. A estas dificultades se refería, precisamente, el Santo Padre en un pasaje del discurso dirigido el 2 de octubre pasado en un congreso llevado a cabo en Roma, donde decía, entre otras cosas:

“Podemos preguntarnos: ¿cómo hoy el mundo, y también muchos fieles, encuentran muchas dificultades en comprender el mensaje de la Iglesia, que ilustra y defiende la belleza del amor conyugal en su manifestación natural? Cierto, la solución técnica también en las grandes cuestiones humanas aparece a menudo la más fácil, pero ésta en realidad esconde la cuestión de fondo, que concierne al sentido de la sexualidad humana y la necesidad de un dominio responsable, para que su ejercicio pueda volverse expresión de amor personal”.

La Humanae Vitae es quizá una de las encíclicas más discutidas del Magisterio moderno y constituye una respuesta competente a cuestiones de gran importancia que han sido objeto de discusiones apasionadas en el tiempo del Concilio Vaticano II. La Iglesia de los años 60 se confrontaba con fenómenos memorables completamente inéditos, como el cambio de los modelos familiares y la revolución sexual, en Occidente, y la explosión demográfica con las políticas de control de natalidad en los países en vías de desarrollo.

La introducción en el uso corriente de la píldora anovulatoria de Pincus, al final de los años 50, conocida simplemente como “la píldora”, ofreció a las mujeres un medio manejable, flexible y seguro para romper el vínculo biológico entre ejercicio de la sexualidad y fecundidad y les permitió gestionar con autonomía su vida sexual, según los dictámenes de la nueva cultura.

En los variados escenarios mundiales de la segunda mitad del siglo XX, la introducción de la anticoncepción química y la difusión de los anticonceptivos de barrera (el condón o profiláctico, sobretodo) dieron un impulso formidable al cambio de los estilos de vida de las personas. Veinte años después de la Humanae Vitae, con la explosión de la pandemia del Sida, el nuevo escenario contribuyó a promover el uso del profiláctico por motivos higiénico preventivos y esto produjo una atenuación adicional, en la conciencia de muchos católicos, de las valencias éticamente negativas de la anticoncepción intencional.

El Concilio, en su esfuerzo por releer la tradición moral de la Iglesia bajo una perspectiva pastoral y en el contexto contemporáneo, había puesto al centro de su consideración de la vida sexual y familiar el amor conyugal en su doble dimensión de unidad personal y de fecundidad. Algunas aperturas al uso de la anticoncepción que habían aparecido en las últimas versiones (llamadas “esquemas”) de la

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