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Iglesia de Venezuela se suma a los actos de beatificación de Monseñor Romero

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Ramón Antonio Pérez - publicado el 23/05/15

Hombre de pueblo.

2.- Mons. Romero fue un hombre de pueblo. Como tal, supo vivir su fe y las consecuencias de su bautismo con sentido de pertenencia a su gente. Su sencillez y austeridad le permitieron tener los sentimientos de quienes componían la sociedad salvadoreña.

En especial, su preocupación por los pobres le abrió las puertas a una aceptación por parte de quienes sentían la necesidad de un acompañamiento pastoral y a ser voz de los excluidos, perseguidos y menospreciados. Su vocación profética lo llevó a denunciar las injusticias los horrores de la dictadura y sus desmanes; no fue totalmente aceptada y generó incomprensiones, calumnias y amenazas que desembocaron en su martirio.

3.- La Iglesia reconoce su fe, vivida como miembro del pueblo de Dios. Pudo ganarse la confianza de su gente como lo expresó Él mismo: “me glorío de estar en medio de mi pueblo y sentir el cariño de toda esa gente que mira en la Iglesia, a través de su obispo, la esperanza” (Homilía del 25.9.1977)

El ejemplo de Mons. Romero nos impulsa a poner en práctica la enseñanza del Papa Francisco: “La Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblos: “Ustedes, que en otro tiempo no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios” (1Pe 2,10). Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de fe de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo” (E.G. 268). En este sentido, Mons. Romero es un ejemplo bien claro a imitar.

Pastor de la Iglesia.

4. – La fe la vivió también como pastor de la Iglesia. Sacerdote a carta cabal y de gran celo apostólico, en todo momento se caracterizó por ser un pastor bueno. Su gente sabía que su entrega era la garantía de su servicio como Obispo. Su amor de pastor, al igual que lo hizo Jesús, lo llevó a ser solidario con todos. Él mismo afirma: “Lo que importa son ustedes, las personas, los corazones, la gracia de Dios dándoles la verdad y la vida de Dios” (Homilía del 19.12.1977). Sin abandonar nunca su preocupación por la justicia y la defensa de su pueblo, fue un pastor que guio con mano certera a la Iglesia por las sendas de la evangelización.

Mons. Romero lo resaltó cuando dijo: “Si nuestra arquidiócesis se ha convertido en una diócesis conflictiva, no les quepa duda, es por su deseo de fidelidad a esta evangelización nueva, que del Concilio Vaticano II para acá y en las reuniones de obispos latinoamericanos, están exigiendo que tiene que ser una evangelización muy comprometida, sin miedo” (Homilía del 22.4.1979).

5.- Su amor por la Iglesia nos ayuda a imitarlo en el compromiso evangelizador el cual exige el acompañamiento del pueblo de Dios. Así nos lo sugiere hoy el Papa Francisco: “En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario.

En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal” (E.G. 169). Con su testimonio de pastor de la Iglesia, Mons. Romero nos alienta a seguir asumiendo los desafíos de la Nueva Evangelización.

Testigo del Resucitado.

6.- Por otra parte, su estrecha comunión con Cristo fue lo que guió su vida y su ministerio. La dimensión pascual iluminó su existencia y quehacer pastoral. Hombre de oración con un profundo amor eucarístico y devoción mariana; Mons. Romero debe ser considerado como testigo del Resucitado.

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