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No puedo comulgar… ¿me salvaré?

© Flickr/Ashley.adcox/Creative Commons

Henry Vargas Holguín - publicado el 21/05/15

La comunión eucarística es la perfecta unión del cristiano con Dios, pero no la única: están la oración, la caridad, la Palabra de Dios,... y sobre todo su misericordia

El Señor contempla emocionado el menor progreso de una buena voluntad que avanza por el camino de la conversión cargando su cruz. El Señor se goza al ver que un tenue rayo de su luz divina es dejado entrar en el alma.

El cristiano que NO PUEDE confesarse por las circunstancias que sean y en consecuencia no puede comulgar, está invitado, en medio de su dolor, a permitir de alguna manera que esa luz divina, aunque sea tenue, ilumine toda su interioridad.

La persona que no se puede confesar, mal haría en ampliar la distancia o el abismo que ha establecido y lo aleja de Dios; todo lo contrario haría bien en esforzarse por reducir dicha distancia.

Dios no quiebra la caña cascada ni apaga el pabilo vacilante o humeante (Is 42,3). Mateo describe en su evangelio que en Jesús se da el cumplimiento de esta profecía (Mt 12,20). Es decir, el Siervo de quien Isaías dice que no quebrará la caña cascada ni apagará el pabilo humeante es Jesús.

No quiebra la caña cascada, no termina de romperla y la abandona, sino que la recompone con tanto más cuidado cuanto mayor sea su debilidad.

El apóstol Pedro fue una de las cañas cascadas cuando negó al Señor. ¿Cómo podía ese hombre luego llegar a ser la piedra sobre la cual Jesús construyera su Iglesia? La respuesta está en el ministerio del Señor que cuidadosamente restauró a Pedro y le dijo: "Apacienta mis ovejas". Otras cañas cascadas o pabilos humeantes fueron María Magdalena, el buen ladrón, la mujer adúltera, zaqueo, Mateo, etc..

La imagen del pabilo humeante sirve para ilustrar a la persona cuyo testimonio se ha vuelto ineficaz pero que Jesús buscará restaurarlo para que continúe brillando.

La caña cascada y la mecha humeante, representan toda clase de miserias, penas y dolores a que está sujeta la humanidad.

Dios no terminará de romper la caña ya cascada; al contrario, se inclina sobre ella, la endereza con sumo cuidado y le da la fortaleza y la vida que le faltan. Tampoco apagará el pabilo que parece que se extingue, sino que empleará todos los medios para que vuelva a iluminar. Ésta es la actitud de Jesús ante los hombres.

La misericordia de Jesús por los hombres no decayó ni un instante, a pesar de las ingratitudes, las contradicciones y los odios que encontró. Su amor por los hombres es profundo porque se preocupa del alma para conducirla, con eficaces ayudas, a la vida eterna. Y ese amor de Cristo es universal, inmenso, y quiere extenderse a todos.

Es lo mismo que se expresa con la imagen del buen pastor. Él se va a buscar la oveja perdida y si esta se deja encontrar y ayudar confiando en su Pastor, Él la salvara.

Él es el Buen Pastor de todas las almas, a todas las conoce y las llama por su nombre. No deja a ninguna perdida en el monte. Ha dado su vida por cada persona.

Su actitud cuando alguna se aleja es darle las ayudas para que vuelva, y todos los días sale a ver si la divisa en la lejanía.

Y si bien es cierto que la comunión eucarística es lo mejor, es lo más sublime, lo más grande, lo más inefable y lo más importante, tanto que -para quien está en gracia- es la perfecta unión del cristiano con Dios, también es cierto que no es la única manera de estar en comunión con Dios, de estar unidos a Él y de amarle.

Es por esto que los fieles que NO PUEDEN confesarse y en consecuencia comulgar están invitados a poner de su parte para que no desaparezca en su totalidad la comunión que pueda existir con Dios. ¿Cómo? Mediante la vida de oración –oración de arrepentimiento, el Santo Rosario, la misa haciendo la comunión espiritual, viacrucis, etcétera-; hacer las obras de misericordia con espíritu o sentido penitencial porque la caridad también cubrirá una multitud de pecados (1 Pe 4,8); el ofrecimiento a Dios de su vida, de sus sacrificios y sufrimientos; la lectura de la palabra de Dios y de textos que fortalezcan la fe; servicios en la Iglesia y relación con el párroco y con la parroquia, etcétera.

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