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Educar no es domesticar

Primary school teacher – es

© Alain PINOGES/CIRIC

Alfa y Omega - publicado el 21/05/15

José Fernando Calderero, Decano de Educación de la UNIR

José Fernando Calderero lleva la educación en la sangre. Antes que cualquier otra cosa, esgrime con orgullo (justificado) que es padre de 10 hijos, abuelo de 19 nietos y un enamorado de su mujer. Y además, en su currículo figura que es Doctor en Ciencias de la Educación y Licenciado en Ciencias Químicas, que ha sido profesor en colegios privados, en institutos y en la Universidad, donde también ha sido investigador, y que es autor de diez libros sobre materia educativa, amén de un sinfín de artículos y conferencias tanto en España como en América.

Actualmente es Decano de la Facultad de Educación en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR) y acaba de publicar en Sekotia un libro altamente recomendable para padres y profesores: Educar no es domesticar.

Dice usted que Educar no es domesticar… Entonces, ¿qué es educar?

Mi definición es: «Educar es ayudar a cada ser humano a establecer y mantener vínculos valiosos con la realidad, especialmente con las personas». Ayudar, no sustituir al auténtico protagonista de su propia educación, el alumno, el hijo. La educación, sin caer en el nocivo individualismo, debe ser una tarea de artesanía referida a cada educando, no «impartida en serie».

«El objetivo de la educación no puede ser sólo el conocimiento si éste no tiene repercusiones vitales»

¿Vínculos? ¿Valiosos? ¿Realidad? ¿Dónde queda la idea de que educar es transmitir conocimientos?

Establecer vínculos supone desarrollar las capacidades de observación y discernimiento, no convertir a los educandos en meros consumidores acríticos de ideas ajenas. Nadie puede vivir, incluso literalmente hablando, sin vínculos. El objetivo de la educación no puede ser sólo el conocimiento si éste no tiene repercusiones vitales.

Mantener vínculos supone el ejercicio de las virtudes, hábitos buenos que consolidan la práctica del bien. Que sea un vínculo valioso engloba todo aquello que lo es para todo ser humano de cualquier raza, cultura y época: alimento, techo, un mínimo de conocimientos y el reconocimiento de su altísima e irrenunciable dignidad empezando por el respeto a la vida. También lo propio de cualquier grupo humano, siempre que no sea incompatible con el bien común, y lo exclusivamente valioso para un solo ser humano; su propia vocación específica.

Con realidad me refiero a todo aquello que es, ha sido o pueda ser, de forma que se incluye la realidad desconocida cuya posible existencia necesariamente exige una actitud abierta y posibilista, que no cierra a la puerta a ninguna manifestación de la realidad por el mero hecho de no haber sido descubierta aún. Y lo más importante, nos hace capaces de encuentros personales valiosos con todas las personas, muy especialmente con las Tres de la Santísima Trinidad.

 «Conozco educadores bienintencionados que, buscando el bien de sus hijos, les obligan sutilmente a que orienten sus estudios, aficiones, estilos de vida, sin asumir que Dios nos ha hecho libres».

Ya sabemos qué es educar. ¿Y domesticar?

Lo que se hace con los animales para conseguir que hagan lo que nosotros queremos y que, en principio, no les es natural. No es aplicable a ninguna relación humana. No hay adoctrinamiento bueno.

¿Qué errores cometen los padres y educadores para terminar enfocando la educación como ejercicio de domesticación?

El principal, creo, sustituir al hijo o al alumno. Conozco educadores bienintencionados que, buscando el bien de sus hijos, les obligan sutilmente a que orienten sus estudios, aficiones, estilos de vida en función de la mentalidad del educador, sin asumir que Dios nos ha hecho libres. Es importante evitar la hiperprotección actual. Otro gran error es la indiferencia, que a veces suplen con una petición de mayor disciplina en los colegios.




«He observado falta de valores, a veces llamativa, en educadores que teóricamente son acérrimos defensores de la tan manoseada educación en valores. Lo mejor que se puede hacer con los valores es vivirlos».

A lo largo del libro se empeña por diferenciar «enseñanza» de «educación», y sobre todo, «educación» de «escolarización». Para muchos pueden ser términos no sólo similares sino intercambiables. ¿Qué hace diferente la enseñanza de la educación, y ésta de la escolarización?

«Enseñanza» y «Educación» son inseparables, pero no son intercambiables en absoluto. Todos los padres y madres del mundo tienen el sagrado derecho-deber de educar a sus hijos, independientemente de que puedan o no tener conocimientos relativos a las asignaturas convencionales.

Por otro lado, para distinguir entre educación y escolarización remito al lector al interesantísimo artículo «Educación obligatoria y escolarización voluntaria» de mi admirado y querido amigo, Teófilo González Vila, colaborador habitual de Alfa y Omega. Es muy fácil de encontrar en la web y se puede leer una amplia referencia en Educar no es domesticar.

Usted cuestiona el discurso políticamente correcto de la llamada «educación en valores». ¿Por qué?

He visto discusiones acaloradas entre personas defendiendo cada una la educación en valores… ¡contradictorios! También he observado falta de valores, a veces llamativa, en educadores que teóricamente son acérrimos defensores de la tan manoseada «educación en valores». Lo mejor que se puede hacer con los valores es vivirlos.

Cuando se está demasiado pendiente de «dar ejemplo» se corre el peligro de valorar más la imagen que lo importante. Por otro lado, las personas que más procuran vivir los valores son las más conscientes de lo que les falta para conseguirlo y, por tanto, hablan menos de todo ello.

 «Decir que el que quiera enseñanza básica de un determinado tipo que se la pague es dictatorial; sobre todo teniendo en cuenta que ya la ha pagado con los impuestos».

«¿Enseñanza pública o enseñanza privada?», se pregunta en un momento del libro. Pues usted dirá…

Es una pregunta mal planteada que no permite dar respuestas correctas. Impedir, o dificultar, la existencia de una cualquiera de las dos es un atentado contra los derechos fundamentales de las personas. Decir que «el que quiera enseñanza básica de un determinado tipo que se la pague» es dictatorial; sobre todo teniendo en cuenta que «ya la ha pagado» con los impuestos.

Dice que «el requisito para que un niño busque el significado de la vida es que el educador también lo busque sin prejuicios». ¿Abundan hoy los maestros con ese perfil? ¿O nuestra escuela es cada vez más maniquea por la falta de sentido trascendente de los profesores?

Conozco muchos profesores muy motivados que se hacen preguntas sobre cuestiones importantes. Muchos de mis seguidores en Twitter y yo tenemos muy buenos intercambios. Me inquieta que haya familias (los primeros y principales educadores) que crean que han cumplido llevando al niño a un buen colegio. Somos las familias las que tenemos que buscar el sentido y el significado de la vida ayudando así a los hijos en su búsqueda personal.

«Saberse cosas sin criterio ni discernimiento y sin adquirir el deseo de saber es contraproducente. Aprender a aprender sin llegar a aprender nunca nada es una de tantas maneras de perder el tiempo y destrozar vidas».


Le aviso de que la pregunta tiene trampa. Ciertas corrientes pedagógicas contraponen, en la enseñanza escolar, dos criterios: la carga cognitiva, es decir, los conocimientos que estudian los chavales, frente a las estrategias de aprendizaje y las famosas competencias. ¿Qué es más importante: los saberes, o aquello de «aprender a aprender»?




Es un planteamiento dilemático y falso. «Saberse cosas» sin criterio ni discernimiento y sin adquirir el deseo de saber es contraproducente; equivale a impedir el desarrollo del sentido crítico y a asumir un papel pasivo. «Aprender a aprender» sin llegar a aprender nunca nada es una de tantas maneras de perder el tiempo y destrozar vidas. Mucho mejor y en vez de o. Para ser profesor de una materia se ha de dominar la materia y ser capaz de lograr que les interese a los alumnos y también quieran, y puedan, dominarla.

¿Cómo ve el presente de la educación en España? ¿Y el futuro?

Si nos referimos a la educación formal sistemática, reglada, el presente no me gusta nada. Y me preocupa que, con el aplauso o la pasividad de muchos, construyamos un futuro equivocado en el que, bajo apariencia de búsqueda de competencia, excelencia, innovación, etc., asimilemos la educación sólo a la preparación de mano de obra para las necesidades del corto plazo de los estados o las empresas.

Por mucho dominio que se tenga de los idiomas o de la informática (hablo del tema con autoridad ya que soy «ciberteacher») si no se fomenta, y logra, que los educandos piensen por cuenta propia, no llegaremos a ninguna parte. Algo parecido a lo que le ocurriría a un magnífico barco con una potente maquinaria pero… sin timón. Creo que estos problemas no son específicos de nuestro país.

«En España se ve como meta que se establezca un pacto que impida que el sistema escolar dé bandazos en función del Gobierno; sería muy buena cosa, pero no es LA solución. Con ese planteamiento se está diciendo que la Educación es fundamentalmente una cuestión política».

¿Y qué es lo que nos afecta más a nosotros?

En España se ve como una meta deseable que se establezca un pacto que impida que el sistema escolar dé bandazos en función del color del Gobierno; sería muy buena cosa, pero no es LA solución. En el fondo, implícitamente, con ese planteamiento se está diciendo que la Educación es fundamentalmente una cuestión política. Creo que el futuro de la Educación pasa por un despertar de las familias, que no se conformen con mendigar el derecho de elegir colegio. Siendo necesario que ese derecho se reconozca, es un planteamiento muy de mínimos.

El futuro de las personas, las familias, los pueblos, las naciones, radica en que cada uno asuma el protagonismo que le corresponde y la propia responsabilidad, no exclusiva pero si primordial, de labrar su futuro con independencia, o a pesar de, de las actuaciones administrativas o institucionales.

 José Antonio Méndez Pérez

Artículo originalmente publicado por Alfa y Omega

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