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Educar no es domesticar

© Alain PINOGES/CIRIC
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José Fernando Calderero, Decano de Educación de la UNIR

José Fernando Calderero lleva la educación en la sangre. Antes que cualquier otra cosa, esgrime con orgullo (justificado) que es padre de 10 hijos, abuelo de 19 nietos y un enamorado de su mujer. Y además, en su currículo figura que es Doctor en Ciencias de la Educación y Licenciado en Ciencias Químicas, que ha sido profesor en colegios privados, en institutos y en la Universidad, donde también ha sido investigador, y que es autor de diez libros sobre materia educativa, amén de un sinfín de artículos y conferencias tanto en España como en América.

Actualmente es Decano de la Facultad de Educación en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR) y acaba de publicar en Sekotia un libro altamente recomendable para padres y profesores: Educar no es domesticar.
 
Dice usted que Educar no es domesticar… Entonces, ¿qué es educar?
 
Mi definición es: «Educar es ayudar a cada ser humano a establecer y mantener vínculos valiosos con la realidad, especialmente con las personas». Ayudar, no sustituir al auténtico protagonista de su propia educación, el alumno, el hijo. La educación, sin caer en el nocivo individualismo, debe ser una tarea de artesanía referida a cada educando, no «impartida en serie».
 
«El objetivo de la educación no puede ser sólo el conocimiento si éste no tiene repercusiones vitales»
 
¿Vínculos? ¿Valiosos? ¿Realidad? ¿Dónde queda la idea de que educar es transmitir conocimientos?
 

Establecer vínculos supone desarrollar las capacidades de observación y discernimiento, no convertir a los educandos en meros consumidores acríticos de ideas ajenas. Nadie puede vivir, incluso literalmente hablando, sin vínculos. El objetivo de la educación no puede ser sólo el conocimiento si éste no tiene repercusiones vitales.

Mantener vínculos supone el ejercicio de las virtudes, hábitos buenos que consolidan la práctica del bien. Que sea un vínculo valioso engloba todo aquello que lo es para todo ser humano de cualquier raza, cultura y época: alimento, techo, un mínimo de conocimientos y el reconocimiento de su altísima e irrenunciable dignidad empezando por el respeto a la vida. También lo propio de cualquier grupo humano, siempre que no sea incompatible con el bien común, y lo exclusivamente valioso para un solo ser humano; su propia vocación específica.

Con realidad me refiero a todo aquello que es, ha sido o pueda ser, de forma que se incluye la realidad desconocida cuya posible existencia necesariamente exige una actitud abierta y posibilista, que no cierra a la puerta a ninguna manifestación de la realidad por el mero hecho de no haber sido descubierta aún. Y lo más importante, nos hace capaces de encuentros personales valiosos con todas las personas, muy especialmente con las Tres de la Santísima Trinidad.
 
 «Conozco educadores bienintencionados que, buscando el bien de sus hijos, les obligan sutilmente a que orienten sus estudios, aficiones, estilos de vida, sin asumir que Dios nos ha hecho libres».
 
Ya sabemos qué es educar. ¿Y domesticar?
 
Lo que se hace con los animales para conseguir que hagan lo que nosotros queremos y que, en principio, no les es natural. No es aplicable a ninguna relación humana. No hay adoctrinamiento bueno.
 
¿Qué errores cometen los padres y educadores para terminar enfocando la educación como ejercicio de domesticación?
 
El principal, creo, sustituir al hijo o al alumno. Conozco educadores bienintencionados que, buscando el bien de sus hijos, les obligan sutilmente a que orienten sus estudios, aficiones, estilos de vida en función de la mentalidad del educador, sin asumir que Dios nos ha hecho libres. Es importante evitar la hiperprotección actual. Otro gran error es la indiferencia, que a veces suplen con una petición de mayor disciplina en los colegios.

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