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¿Por qué la corrupción promueve el odio?

© Marko Vombergar

Rafael Luciani - publicado el 16/05/15

Reflexión sobre uno de los retos más urgentes que afronta América Latina

Francisco ha venido denunciando el flagelo de la corrupción como uno de los obstáculos más graves para el desarrollo de un país. Es uno de esos males que se han vuelto habituales tanto en instituciones públicas como en líderes políticos. Tal flagelo es parte de un proceso de muerte, como lo llama el Papa, pues propicia relaciones deshumanizadoras y termina por afectar el porvenir de los más pobres de una sociedad.

En palabras de Francisco: "el corrupto no puede aceptar la crítica, descalifica a quien la hace, busca disminuir cualquiera autoridad moral que pueda cuestionarlo, incluso ataca con insultos a todo el que piense diferente y si puede lo persigue (…) El corrupto no conoce la hermandad o la amistad, sino la complicidad y la enemistad". El corrupto vive de la desconfianza, el chantaje y el aprovechamiento del necesitado. Por eso, la corrupción es uno de esos signos que revelan el estado de salud de las personas, las sociedades y la vida institucional de un país.

No se trata de un flagelo exclusivo de la sociedad moderna. Ya Juan el Bautista criticaba el sistema político de su época con la metáfora "raza de víboras" (Mt 23,33) y comparaba a sus líderes políticos y religiosos con una "cueva de ladrones" (Mt 21,13). Él entendió, con toda claridad, que quien roba y miente le quita el pan, el futuro al pobre, y torna al otro en dependiente, porque ha convertido al "dinero" en su ídolo (Lc 16,13), olvidando así la importancia del otro, quien ha de ser su "hermano". Como nos recordaba la hermana Teresa de Calculta: "el mayor mal es la terrible indiferencia hacia nuestro vecino que vive al lado, asaltado por la explotación, la corrupción, la pobreza y la enfermedad".

Todos hemos escuchado: "no roben o engañen, ni mientan" (Lev 19,11-12) porque "la verdad nos hará libres" (Jn 8,32). Pero vivir así exige "desechar la mentira y hablar con la verdad" (Ef 4,25). Este cambio o proceso de conversión exige que cada uno apueste por vivir en una sociedad mejor, o de lo contrario la mentira y la corrupción nos seguirán deshumanizando, perturbando así nuestras palabras y tratos, y destruyendo el bien común.

Muchos se preguntarán si es posible vivir de otro modo. Podemos compartir tres claves que pueden ayudar a devolverle el talante humano a nuestra sociedad. Hablar con la "verdad" y no con la mentira; producir y gozar de la "abundancia" y nunca de la escasez y el regateo; y tratarnos "fraternalmente" y sin odio. Estos tres signos devolverán la salud a nuestras vidas.

Podemos concluir haciendo memoria de algunas palabras de Juan Pablo II: "La corrupción, sin guardar límites, afecta a las personas, a las estructuras públicas y privadas de poder y a las clases dirigentes. Se trata de una situación que favorece la impunidad y el enriquecimiento ilícito, la falta de confianza con respecto a las instituciones políticas, sobre todo en la administración de la justicia y en la inversión pública, no siempre clara, igual y eficaz para todos" (Ecclesia in America, 23). Superar la corrupción es uno de los grandes retos que tenemos.

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