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¿Confesar los pecados nos asegura el Paraíso?

Pope Urges Curial Officials to Hear Confessions at Local Parish – es

LUCA ZENNARO/AFP

Toscana Oggi - publicado el 16/05/15

Si somos perdonados al borde de la muerte ¿quedamos absueltos de todos los pecados?

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Hay algo que no me queda claro en relación con el sacramento de la Reconciliación. Cada vez que nos confesamos nuestros pecados son perdonados, si somos perdonados al borde de la muerte quedamos absueltos de todos los pecados. Entonces deberíamos ir al paraíso, pero no estamos seguros de eso. ¿Me podrían ayudar a entender?

Massimo Volpe

Responde el padre Valerio Mauro, profesor de Teología Sacramental

La pregunta que se plantea pide una explicación sobre la eficacia del sacramento de la Reconciliación o Penitencia, como indica el nombre oficial del ritual litúrgico (rito de la penitencia). La cuestión, sin embargo, no se limita a la eficacia del perdón sacramental, sino que involucra también la salvación final del creyente cristiano. Y la respuesta deberá limitarse necesariamente a este caso, porque la salvación de aquellos que no son cristianos o creyentes entra en otra problemática, que requeriría otro espacio a disposición.

Nuestra breve respuesta se desarrolla, por lo tanto, en dos pasos siguientes, esperando lograr iluminar un poco la cuestión tan delicada.

El primer interrogante radica en la eficacia del sacramento de la Penitencia.

Es verdad que a través del perdón sacramental nuestros pecados son perdonados por Dios. Lo afirman las mismas palabras de Cristo, como han sido comprendidas por la gran tradición eclesial. De manera particular, recordamos las palabras del Señor Resucitado la noche de la Pascua, cuando sopló el Espíritu Santo sobre los discípulos, enviándolos al mundo diciéndoles: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”(Jn 20,23).

Desde entonces, la Iglesia es conciente de haber recibido un verdadero y propio ministerio de reconciliación, que debe ejercitar en relación a los hombres, antes que nada con la predicación del Evangelio en vista de la conversión y del Bautismo, en segundo lugar con el sacramento de la Penitencia para aquellos que han sido bautizados (cf 2 Co 5,18-20).

El perdón de Dios, por lo tanto, entra en nuestra vida personal, a través del Evangelio y los sacramentos de la fe. El Bautismo concede el don singular de una profunda transformación interior, puesto que hablamos de un nuevo nacimiento del cielo, del Espíritu Santo (cf Jn 3,3-5). Esto sucede una vez por todas y sólo una vez. El sacramento de la Penitencia, en cambio, reconcilia a los bautizados con Dios y la comunidad eclesial: reconduce a la comunión rota por el pecado. No borra lo que ha sucedido, sino que transforma y purifica la relación herida por los pecados.

Las consecuencias de los pecados están indicadas por la Iglesia con un lenguaje particular, distinguiendo la pena eterna de las penas temporales (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 1442s). Los pecados graves conducen a la pena eterna, pero no existe ningún pecado del que no se pueda obtener el perdón por parte de Dios y con él la salvación. Cada pecado, sin embargo, incide en mi relación con el Señor y el perdón recibido no quita el esfuerzo de integrar en la relación con Dios mi rechazo de su amor.

Por analogía podemos pensar en una relación de amistad. Si traiciono a un amigo, puedo pedir y obtener su perdón, con sinceridad y generosidad. Nuestra relación de amistad, sin embargo, deberá integrar en sí misma esa traición, a través de una historia vivida en el futuro. El esfuerzo de renovar nuestra relación con Dios, a través de gestos de purificación llenos de caridad, toma el nombre de penas temporales. Esta purificación sucede en la tierra o en la muerte, como a través del fuego, según el Evangelio (cf Mc 9,49). Por eso, ya sea confesados y absueltos, nuestra relación deberá vivir una purificación ulterior: el perdón sacramental nos salva de la pena eterna, quedan las penas temporales.

El segundo paso que tenemos que hacer es una reflexión sobre la certeza interior de la salvación.

El Evangelio invita con fuerza a la perseverancia final (Mt 10,22; 24,13), pidiendo a cada creyente un abandono filial en los brazos de la divina misericordia. Por eso, a parte de los casos singulares de particulares gracias recibidas (y que precisamente en cuanto tales no pueden ser pretensiones ni creídas de manera infalible), “dejen que venga el Señor: él sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas y manifestará las intenciones secretas de los corazones. Entonces, cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda” (1Co 5). 

El momento final de nuestra vida es algo serio, marcado por posibles tentaciones de fe. Estaremos frente a la verdad de Dios con el bien que habremos hecho en nuestra vida, porque en su infinita benevolencia Dios ha querido que sus dones puedan volverse méritos de los hombres. Pero sobretodo, sostenidos por su gracia y la comunión de los santos, no podremos más que confiar en su Amor misericordioso.

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