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¿Cómo mira el Papa Francisco a la Virgen María?

©MASSIMILIANO MIGLIORATO/CPP

Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/05/15 - actualizado el 07/11/18


No tenemos una mirada pura sobre la vida y creemos que todos tienen nuestra misma mirada. Desconfiamos de los que parecen demasiado rectos. Nos preguntamos qué ambicionan y sospechamos de sus intenciones.

El otro día vi un video que mostraba cómo podemos juzgar la realidad por su apariencia. Vemos hechos y juzgamos intenciones, interpretamos lo que está ocurriendo. Y a veces las apariencias engañan.

A Jesús lo juzgaron siempre los fariseos. Veían detrás de Él intenciones políticas. Y temían que los planes de Jesús pudieran poner en peligro lo que poseían. ¡Cuánta desconfianza despertaba Jesús en los que tenían su vida demasiado protegida! No querían que nadie interfiriera en sus deseos.

¿No nos pasa lo mismo a nosotros a veces? Nos asustan los cambios. No queremos perder. Desconfiamos del futuro. Nuestros miedos nos paralizan.

María también tendría miedo. No tenía planes fijos, pero sí quería que su hijo fuera feliz e hiciera felices a muchos. No quería que le pasara nada a aquel a quien más amaba en la tierra. Pero confiaba.

Sabía que Jesús iba desvelando el camino de la mano de su Padre. Sabía que Dios un día puso en sus manos el don más precioso y le dio a José para cuidarlo. ¿Por qué temer el mañana?

María tenía la esperanza grabada en el alma. No podía no confiar. Esa mirada es la que tantas veces nos falta en medio de las dificultades.

La angustia, la ansiedad, los agobios, pueden teñirlo todo de gris. No controlamos la vida. Queremos controlar los días que pasan y la muerte que nos asusta, la salud que es tan frágil y el éxito que no depende de nosotros.

Quisiéramos ser como dioses y nos equivocamos. Nuestro camino no es el del poder. Jesús se hizo débil, impotente, hombre frágil. Se confrontó con su debilidad, con la enfermedad y la muerte, con el rechazo y el fracaso. El camino de la impotencia es el camino al que Dios nos invita.

El Padre José Kentenich decía sobre María: «Su pequeñez agradó sobremanera al Altísimo. No quiere decir ‘aun cuando’ era pequeña, sino ‘por su pequeñez’. Y porque se humilló, se sintió pequeña, se sintió dependiente y se entregó totalmente a Él. Allí hay una gran ascética. El Padre celestial no puede oponer resistencia a la debilidad que sus hijos reconocen y admiten»[1].

La confianza en Dios se hace fuerte cuando desconfiamos de nuestras fuerzas. Mientras queramos mantener atados todos los cabos de nuestra vida vivimos angustiados. La confianza se hace fuerte cuando nos reconocemos pequeños ante Dios y ante los hombres.

Porque sabemos una verdad: «Dios ensalza siempre a los humildes que se entregan totalmente en sus manos y se hacen pequeños. Tendría que aprender a gozarme en mi pequeñez, confesarla y aceptarla»[2].

Parece sencillo pero no lo es. María lo vivió y nos quiere enseñar a vivir confiando. ¿Qué me da miedo soltar y dejar en manos de Dios? No nos gusta jugar y perder. Queremos atar todas las fichas, pero la vida no es controlable.

Construir con Dios implica confianza. Caminar de su mano. Confiamos en que está con nosotros en el camino. En la luz y en el éxito. En la noche y en los fracasos. En la oscuridad nunca deja mi mano. Me sostiene y me levanta cada vez que caigo.

María es Madre de la esperanza. Esa mirada me consuela. Me enseña a tener esperanza, a transmitir esperanza al mundo.


[1] J. Kentenich, Madison Terziat, 1952

[2] J. Kentenich, Madison Terziat, 1952


[1] P. Alexandre Awi,
Ella es mi madre, Encuentros del Papa Francisco con María, 213

[2] P. Alexandre Awi,
Ella es mi madre,
Encuentros del Papa Francisco con María, 261

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papa franciscovirgen maria
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