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¿Cómo mira el Papa Francisco a la Virgen María?

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©MASSIMILIANO MIGLIORATO/CPP

Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/05/15

“Los monjes rusos dicen que en los momentos de turbulencia espiritual el único lugar seguro es estar bajo el manto de la Santa Madre de Dios”

Quisiera mirar a María como hace el Papa Francisco. Él habla mucho de María como Madre. Una madre que cuida, protege, se desvela y ama sin importar nada más.

Me quiere con locura, le preocupan mis miedos y mis caídas. Corre a socorrerme cuando no me encuentro en casa. Me espera desvelada sabiendo que volveré para estar a su lado.

Conoce mis miedos, los más ocultos, los inconfesables. Sabe de mis sueños y me los recuerda, cuando yo los olvido perdido por el mundo. María es mi madre, y bajo su amparo vivo. Me espera siempre, me quiere siempre.

Decía el Papa Francisco: “Los monjes rusos dicen que en los momentos de turbulencia espiritual el único lugar seguro es estar bajo el manto de la Santa Madre de Dios[1]. Buscamos la seguridad. Y en María la encontramos.

Soñamos con lugares seguros que no nos puedan quitar la paz soñada. Queremos aprender en las manos de María a vivir confiando. María es Madre de nuestra esperanza.

Dice el Papa Francisco: “¿Sabemos esperar el mañana de Dios? ¿O queremos el hoy? Nos hará bien pensar en el abrazo del hijo con la Madre. La única lámpara encendida en el sepulcro de Jesús es la esperanza de la madre, que en ese momento es la esperanza de toda la humanidad. Me pregunto: ¿está encendida todavía esa lámpara? ¿Se espera el mañana de Dios? Ella, Madre de la esperanza, nos sostiene en los momentos de oscuridad, de dificultad, de desaliento, de aparente fracaso o de auténticas derrotas humanas[2].

María mantiene encendida su vela en la oscuridad y la muerte del santo sepulcro. Allí se convierte en testimonio de esperanza. Ella espera contra toda esperanza. Ve la vida cuando sólo hay destrucción. El amor cuando parece haber vencido el odio. Sigue confiando cuando no quedan razones para volver a confiar.

Me pregunto si espero así el futuro que desconozco. A veces tengo miedo a lo desconocido. Me asusta perder lo que poseo y dejar de disfrutar de lo que tengo. Desconfío de unos planes distintos a los propios.

Quiero que los planes de Dios sean siempre los míos. Y cuando algo comienza a ir mal en mi vida, me cuesta pensar que pueda arreglarse. ¿No es cierto que somos a veces un poco cenizos?

Un amigo mío me dice cuando algo se estropea: “Me temo lo peor”. Y no hay razones para pensar así. Pero es verdad que hay personas especializadas en recordarte que si algo te sale mal no tienes que preocuparte, porque puede ir peor.

Siempre hay un posible peor en nuestra vida. Me gustaría llenarme de optimismo. No de un optimismo sin base real. Me gustan las miradas positivas sobre la vida. Aquellas que saben rescatar la bondad de las cosas que ven.

Se alegran con su vida, aunque todo siempre pudiera ser mejor. Ven la botella medio llena y saben que lo mejor está por llegar. Esa forma de agradecer a Dios por su vida es un don.

María confió siempre. Aprendió a sonreír en medio de las dificultades. Claro que tendría miedos en su corazón. Miedos de madre al ver a su hijo por los caminos predicando y haciendo milagros.

Miedo a la respuesta de los hombres ante tanto amor y tanto bien que Jesús iba sembrando. Miedo al verle recorrer caminos peligrosos.

Jesús amaba demasiado y el hombre a veces no soporta tanto amor. Su bondad y su inocencia eran inmensas, y el hombre se aprovecha de la inocencia y de la excesiva bondad.

No era políticamente correcto y lo que se estila es decir lo que corresponde en cada momento y no más de lo necesario. No se buscaba a sí mismo ni pretendía asegurarse su vida y esa forma de vivir desconcierta.

Siempre creemos ver más allá de las apariencias y nos desconcierta una persona sin doblez, demasiado buena y justa. Nos asusta alguien demasiado inocente, incorruptible, alguien que no se deje comprar. Desconfiamos. Sospechamos.


No tenemos una mirada pura sobre la vida y creemos que todos tienen nuestra misma mirada. Desconfiamos de los que parecen demasiado rectos. Nos preguntamos qué ambicionan y sospechamos de sus intenciones.

El otro día vi un video que mostraba cómo podemos juzgar la realidad por su apariencia. Vemos hechos y juzgamos intenciones, interpretamos lo que está ocurriendo. Y a veces las apariencias engañan.

A Jesús lo juzgaron siempre los fariseos. Veían detrás de Él intenciones políticas. Y temían que los planes de Jesús pudieran poner en peligro lo que poseían. ¡Cuánta desconfianza despertaba Jesús en los que tenían su vida demasiado protegida! No querían que nadie interfiriera en sus deseos.

¿No nos pasa lo mismo a nosotros a veces? Nos asustan los cambios. No queremos perder. Desconfiamos del futuro. Nuestros miedos nos paralizan.

María también tendría miedo. No tenía planes fijos, pero sí quería que su hijo fuera feliz e hiciera felices a muchos. No quería que le pasara nada a aquel a quien más amaba en la tierra. Pero confiaba.

Sabía que Jesús iba desvelando el camino de la mano de su Padre. Sabía que Dios un día puso en sus manos el don más precioso y le dio a José para cuidarlo. ¿Por qué temer el mañana?

María tenía la esperanza grabada en el alma. No podía no confiar. Esa mirada es la que tantas veces nos falta en medio de las dificultades.

La angustia, la ansiedad, los agobios, pueden teñirlo todo de gris. No controlamos la vida. Queremos controlar los días que pasan y la muerte que nos asusta, la salud que es tan frágil y el éxito que no depende de nosotros.

Quisiéramos ser como dioses y nos equivocamos. Nuestro camino no es el del poder. Jesús se hizo débil, impotente, hombre frágil. Se confrontó con su debilidad, con la enfermedad y la muerte, con el rechazo y el fracaso. El camino de la impotencia es el camino al que Dios nos invita.

El Padre José Kentenich decía sobre María: «Su pequeñez agradó sobremanera al Altísimo. No quiere decir ‘aun cuando’ era pequeña, sino ‘por su pequeñez’. Y porque se humilló, se sintió pequeña, se sintió dependiente y se entregó totalmente a Él. Allí hay una gran ascética. El Padre celestial no puede oponer resistencia a la debilidad que sus hijos reconocen y admiten»[1].

La confianza en Dios se hace fuerte cuando desconfiamos de nuestras fuerzas. Mientras queramos mantener atados todos los cabos de nuestra vida vivimos angustiados. La confianza se hace fuerte cuando nos reconocemos pequeños ante Dios y ante los hombres.

Porque sabemos una verdad: «Dios ensalza siempre a los humildes que se entregan totalmente en sus manos y se hacen pequeños. Tendría que aprender a gozarme en mi pequeñez, confesarla y aceptarla»[2].

Parece sencillo pero no lo es. María lo vivió y nos quiere enseñar a vivir confiando. ¿Qué me da miedo soltar y dejar en manos de Dios? No nos gusta jugar y perder. Queremos atar todas las fichas, pero la vida no es controlable.

Construir con Dios implica confianza. Caminar de su mano. Confiamos en que está con nosotros en el camino. En la luz y en el éxito. En la noche y en los fracasos. En la oscuridad nunca deja mi mano. Me sostiene y me levanta cada vez que caigo.

María es Madre de la esperanza. Esa mirada me consuela. Me enseña a tener esperanza, a transmitir esperanza al mundo.


[1] J. Kentenich, Madison Terziat, 1952

[2] J. Kentenich, Madison Terziat, 1952


[1] P. Alexandre Awi,
Ella es mi madre, Encuentros del Papa Francisco con María, 213

[2] P. Alexandre Awi,
Ella es mi madre,
Encuentros del Papa Francisco con María, 261

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