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Vida de María: Jesús entre los doctores

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Opus Dei - publicado el 15/05/15

¡Qué angustia la de María y José cuando notaron la falta de Jesús!

La Ley de Moisés obligaba a los varones israelitas a presentarse ante el Señor tres veces por año: en Pascua, en Pentecostés y en la fiesta de los Tabernáculos. Ese deber no afectaba a las mujeres ni a los niños antes de que cumplieran 13 años, edad en la que quedaban sujetos en todo a los dictámenes de la Ley. Sin embargo, entre los israelitas piadosos, era frecuente que también las mujeres subieran a adorar a Dios en Jerusalén, a veces en compañía de sus hijos.

En tiempos de Jesús, era costumbre que sólo los que residían a menos de una jornada de viaje hiciesen esa peregrinación, que además se solía limitar a la fiesta de Pascua. Como Nazaret distaba de Jerusalén varios días de camino, tampoco José se hallaba estrictamente ligado por el precepto.

Sin embargo, tanto él como María iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de Pascua (Lc 2, 41). El evangelista no dice si Jesús les acompañaba en esas ocasiones, como era frecuente en las familias piadosas.

Sólo ahora habla expresamente de este viaje, quizá para fijar cronológicamente el episodio que se dispone a relatar, quizá porque el Niño, entrado ya en el año décimotercero de su vida, podía considerarse obligado al precepto. Y así, cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta (Lc 2, 42).

Jerusalén era un hervidero de peregrinos y comerciantes. Habían llegado caravanas desde las regiones más remotas: los desiertos de Arabia, las orillas del Nilo, las montañas de Siria, las cultas ciudades de Grecia…

La confusión reinaba por todas partes: asnos, camellos y equipajes llenaban las calles y los alrededores de la ciudad. Y en el Templo, los fieles se aglomeraban para ofrecer sus sacrificios y hacer sus oraciones.

Con no menor confusión se preparaban para el regreso al lugar de procedencia, hombres y mujeres por separado; los niños, según la edad, podían agregarse a uno o a otro grupo. No había una organización férrea: bastaba saber el lugar y la hora aproximada de la partida. No es extraño que, pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedara en Jerusalén sin que lo supieran sus padres (Lc 2, 43).

María y José no se dieron cuenta hasta que, al caer la tarde del primer día de marcha, las caravanas de Galilea hicieron un alto en el camino para pasar la noche. ¡Qué angustia la suya, cuando notaron la falta de Jesús! Gastaron las horas que restaban del día buscándole entre los parientes y conocidos (Lc 2, 44).

A toda prisa, quizá esa misma noche, regresaron en su busca a Jerusalén. Se encaminaron al lugar donde habían comido el cordero pascual, fueron al Templo, preguntaron a los amigos y conocidos que encontraban por las calles. Todo en vano: nadie había visto a Jesús.

Podemos imaginar los pensamientos de Nuestra Señora: ¿sería ésta la espada de dolor, predicha por Simeón, que le iba a atravesar el corazón?

Transcurrió así el segundo día, con zozobra y dolor. Volvieron una vez y otra a recorrer los lugares que habían frecuentado, hasta que al tercer día de búsqueda lo hallaron en el Templo, seguramente en uno de los salones situados junto a los atrios, que los escribas utilizaban para impartir sus lecciones.

Era una escena frecuente en los días de fiesta: el maestro, desde un sitial elevado, para ser bien visto y oído, con un rollo del libro sagrado en sus manos, explicaba algún pasaje de la Escritura a los oyentes, que escuchaban sentados en el suelo. De vez en cuando, el escriba hacía alguna pregunta al auditorio, a la que respondían los alumnos más aventajados.

Así encontraron José y María a Jesús: sentado en medio de los doctores, escuchándolos y preguntándoles. Y cuantos le oían, quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas

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virgen maria
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