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Vida de María: La huida a Egipto

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Opus Dei - publicado el 13/05/15

Comenzaba la primera de las persecuciones que Jesucristo habría de sufrir

Apenas marcharon los Magos de Belén, cuando un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: levántate, toma al Niño y a su Madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo (Mt 2, 13).

En un instante, la alegría de la Virgen por la visita de aquellos personajes, que habían reconocido en su Hijo al Mesías, se trocó en dolor y angustia.

Era bien conocida la crueldad del viejo rey de Palestina, siempre temeroso de que alguien le arrebatara el trono; por eso había hecho asesinar a varios de sus hijos y a otras personas que podían hacerle sombra, como consta por diversas fuentes históricas.

El peligro, pues, era grande; pero Dios tenía unos planes de salvación que no podían dejar de cumplirse por la ambición y la iniquidad de un tirano. Sin embargo, el Señor no obra milagros llamativos: cuenta con la correspondencia de sus criaturas fieles. Por eso, los Magos, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino (Mt 2, 12).

También José se comportó con extrema docilidad. En cuanto recibió el aviso divino, se levantó, tomó de noche al Niño y a su Madre y huyó a Egipto (Mt 2, 14). Comenzaba la primera de las persecuciones que Jesucristo había de sufrir en la tierra, a lo largo de la historia, en sí mismo o en los miembros de su Cuerpo místico.

Existían dos itinerarios principales para ir a Egipto. Uno más cómodo, pero también más frecuentado, descendía por la orilla del Mediterráneo y atravesaba la ciudad de Gaza. El otro, menos utilizado, pasaba por Hebrón y Bersabé, antes de atravesar el desierto de Idumea e internarse en el Sinaí. En cualquier caso, se trataba de un viaje largo, de varios centenares de kilómetros, que debió de durar de diez a catorce días.

En Hebrón o en Bersabé (situada esta última ciudad a 60 kilómetros de Belén), debieron de comprar provisiones antes de afrontar la travesía del desierto. Es probable que, en esta parte del viaje, se incorporaran a alguna pequeña caravana, pues hubiera sido casi imposible hacerlo ellos solos: el calor agobiante, la falta de agua, el peligro de bandidos, lo hacían absolutamente desaconsejable. El historiador Plutarco narra que los soldados romanos que, en el año 155 antes de Cristo, realizaron esa travesía para combatir en Egipto, temían más afrontar las penalidades del desierto que la guerra que se disponían a pelear.

La tradición supone —y es lógico que fuera así— que María, con el Niño en brazos, cabalgaba sobre un jumento, al que José conduciría por el ronzal. Pero la fantasía de los escritos apócrifos hizo florecer numerosas leyendas sobre este episodio: palmeras que extienden sus copas para ofrecer una sombra a los fugitivos, fieras que se amansan, salteadores que se tornan humanitarios, fuentes de agua que aparecen de improviso para aliviar la sed…

Se hace eco la piedad popular en cuadros y composiciones poéticas, con el laudable fin de resaltar el cuidado de la Providencia divina. La verdad es que se trató de una huida en toda regla, en la que, a los sufrimientos físicos, se acompañaba el temor de ser alcanzados en cualquier momento por algún pelotón de soldados. Sólo cuando llegaron a Rhinocolura, en la frontera de Palestina con Egipto, pudieron sentirse más tranquilos.

Mientras tanto, en la pequeña aldea de Belén se consumaba la matanza de un grupo de niños menores de dos años, arrancados de los brazos de sus madres. Se cumplió entonces —anota San Mateo— lo dicho por medio del profeta Jeremías: “Una voz se oyó en Ramá, llanto y lamento grande: es Raquel que llora por sus hijos, y no admite consuelo, porque ya no existen ” (Mt 2, 18).

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