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¡Déjate amar!

Fabricio Contreras-cc

Carlos Padilla Esteban - publicado el 12/05/15

Si tuviéramos el corazón más receptivo para el amor, para las caricias, para la ternura nos haríamos más capaces para el amor

Me impresiona tanto ver cómo pasó Jesús por la vida haciendo el bien, amando a todos, con el corazón más grande de lo normal… El que pasa haciendo el bien es porque ama.

¿Cuándo pasamos realmente haciendo el bien? ¿Cuándo el recuerdo que dejamos está lleno de sonrisas y gratitud? Hacemos el bien cada vez que sembramos paz con nuestras manos, con nuestra voz.

Cuando miramos con la pureza de los niños, cuando acogemos con brazos de padre, cuando perdonamos con una misericordia infinita. Cuando no nos tomamos a nosotros mismos tan en serio y pasamos por alto tantas ofensas y rechazos que nos llegan por el camino.

Cuando sanamos heridas torpemente, siendo nosotros también heridos. Cuando levantamos a los que se han caído y les enseñamos a luchar y a seguir caminando, apoyándolos sobre nuestros hombros. Y les recordamos que la vida merece la pena. Que podremos caer muchas veces, pero que no importa. Que lo más apasionante es el camino que nos queda por recorrer.

Leía el otro día: “Jesús conoció la ternura, experimentó el cariño y la amistad, amó a los niños y defendió a las mujeres. Solo renunció a lo que podía impedir a su amor la universalidad y entrega incondicional a los privados de amor y dignidad. Jesús no hubiera entendido otro celibato. Sólo el que brota de la pasión por Dios y por sus hijos e hijas más pobres”[3].

El amor nos lleva a hacer el bien, a querer el bien de la persona amada. No se puede amar sin querer el bien del otro. El bien es difusivo. El bien es contagioso. Si me hacen el bien, yo respondo con bien. Es difícil responder con mal cuando me aman. Es fácil herir cuando somos heridos.

Pero a veces herimos al ser amados. Es una paradoja. Reaccionamos mal cuando recibimos amor. No aceptamos el amor que tantas veces mendigamos. Nos cuesta tanto dejarnos amar...

Nos cuestan los halagos, los abrazos y las caricias. Nos cuesta que nos quieran demasiado. Y nos cerramos. Parece contradictorio. ¡Cuánto necesitamos que nos quieran! ¡Cuántas veces rechazamos el amor!

Ojalá tuviéramos el corazón más receptivo para el amor, para las caricias, para la ternura. Si fuera así nos haríamos más capaces para el amor.

Para que ello suceda me tengo que dejar amar. Tengo que abrir las puertas. Vencer el miedo que nos da que nos amen tanto. El amor recibido nos parece a veces demasiado invasivo. Y ponemos límites, barreras, muros.

Nos da miedo comprometernos a más de lo que podemos dar. Nos protegemos. ¡Qué importante es aprender a amar dejándonos amar! Es el paso necesario. Abrir las compuertas del alma. Dejar que el amor ponga orden en mi amor.

Dice el Cantar de los cantares 2, 4b: “Ordenó en mí el amor”. El amor de Jesús que penetra mi alma me enseña a amar y a recibir amor. Lo primero es recibir amor, para poder darlo. 

Tags:
alma
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