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¿Cómo podré llegar a amar?

<a href="http://www.shutterstock.com/pic.mhtml?id=137307239&amp;src=id" target="_blank" />Holding a paper cut of love</a> © 2jenn / Shutterstock

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/05/15

A amar se aprende en pasivo: siendo amados

Creo que nuestra forma de amar es la que determina nuestra felicidad y nuestra alegría. Nuestra forma de amarnos, de amar a Dios, de amar a los hombres, nos hace felices o infelices. ¿Y si los demás no nos aman como nosotros amamos? ¿Y si no recibimos tanto como damos?

La felicidad está en amar, en desgastarnos.Pero esto sólo es posible si experimentamos el amor de Dios y de los hombres en nuestra vida. Lo sabemos, Dios nos ha amado primero: “Que os améis unos a otros como Yo os he amado”. Es verdad. El amor primero.

Jesús amó a los suyos antes de que ellos supieran amar. Antes de su amor estaba el amor de Jesús en sus vidas. A amar se aprende en pasivo. Siendo amados. Amamos porque nos han amado. Amamos porque nos aman. El amor que recibimos llena el pozo del que sacamos el agua cuando amamos. Nadar en la misericordia de Dios.

Lo dice el Evangelio: “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó”.

Hay tantas personas que no se saben amadas, tantas que no han palpado en su piel el amor humano y menos aún el amor de Dios…

Decía el Padre José Kentenich: “¿Cómo he experimentado el amor de hijo, el amor de amigo? ¡Cuánto más íntimo, más grande y más profundo tiene que ser entonces el amor a Dios! Por eso, quien no haya amado humanamente, no sé cómo habrá de llegar al amor a Dios”[1].

Es tan difícil ponerle rostro al amor de Dios cuando no hemos palpado a Dios en el amor humano. ¡Cómo imaginar el amor de Dios Padre si mi padre en la tierra no me ha amado ni siquiera con su torpeza! ¡Cómo pensar que el amor de Dios es infinito cuando no logro contar los momentos frágiles de amor humano en mi vida!

A veces el hombre ama en Dios una idea, pero no una persona. No es un amor personal. Y sólo el amor personal es el amor que nos salva. El amor personal a Dios y a los hombres es lo que nos hace humanos e hijos. Es el que nos abre el corazón.

Amar ideas no nos salva. Lo que queda, al final de nuestra vida, es el amor personal, el amor recibido, el amor dado. Decía Oliver Sacks ya en el final, en el dolor de su enfermedad: “De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. Y, sobre todo, he sido un ser sensible”.

En el momento de la muerte nos quedamos con lo importante. Con el amor recibido, con el amor entregado. Nuestra felicidad se construye sobre tanto amor guardado. Sobre tanto amor gastado.

Somos felices cuando hemos recibido amor, cuando lo hemos dado. Y somos infelices cuando no nos sentimos amados. Cuando amamos tan torpemente que no recibimos amor.

Por eso nuestra infelicidad está llena tantas veces de desengaños y frustraciones. Cuando recibimos menos de lo que esperamos, cuando nos ofenden y hieren. El amor determina nuestra felicidad. Amar y ser amados. Parece tan sencillo. Pero luego la vida y el pecado lo entorpecen todo tantas veces.

Me angustia a veces pensar que estoy lejos de los que amo, del mismo Dios a quien tanto quiero amar. A veces nos sentimos lejos de Dios, fríos, como si no supiéramos tocar el amor de Dios en nuestra historia.

Una persona rezaba: “No sé si Tú deseas mi desierto. Creo que Tú quieres mi bien. Pero a lo mejor me ves muy apegado a mi vida aquí, muy dependiente de seguridades, muy atado a gustos y hábitos que llevan tiempo anclados en lo más hondo. No lo sé, no sé si quieres que me libere de todo para aprender a amar

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alma
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