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Vida de María. El nacimiento de Jesús.

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Opus Dei - publicado el 10/05/15

Con gran sencillez, el evangelista comienza la narración del acontecimiento que iba a cambiar la historia de la humanidad

El nacimiento de Jesús

Octavio César Augusto ha dispuesto el censo de los habitantes del orbe romano. La orden alcanza a todos: desde el más rico al más pobre. En Palestina, ha de hacerse según las usanzas judías: cada uno en su ciudad de origen. Como José era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta (Lc 2, 4-5).

Así, con esta sencillez, el evangelista comienza la narración del acontecimiento que iba a cambiar la historia de la humanidad. El viaje era largo: unos ciento veinte kilómetros. Cuatro días de camino —si todo transcurría normalmente— en alguna de las caravanas que de Galilea viajaban hacia el sur. María no estaba obligada a realizarlo; era deber del cabeza de familia. Pero ¿cómo dejarla sola, si estaba a punto de dar a luz? Y, sobre todo, ¿cómo no acompañar a José hasta la ciudad donde —según las Escrituras— había de nacer el Mesías? José y María debieron descubrir en aquel extraño capricho del lejano emperador la mano del Altísimo, que les guiaba en todos sus pasos.

Era Belén una pequeña aldea. Pero, con ocasión del empadronamiento, había adquirido una animación desusada. José se dirigió con María al oficial imperial para pagar el tributo e inscribirse con su mujer en el libro de los súbitos del emperador. Luego, comenzó a buscar un lugar donde pasar la noche. La tradición nos lo presenta llamando infructuosamente de puerta en puerta. Al fin acude al khan o mesón público, donde siempre se puede hallar un hueco. No era más que un patio cerrado por muros. En el centro, una cisterna proveía de agua; en torno a ella se acomodaban las bestias de carga y, adosados a la pared, unos cobertizos para los viajeros, cubiertos de un rudimentario techo. Con frecuencia estaban divididos por tabiques formando compartimentos, donde cada grupo de huéspedes gozaba de cierta independencia.

No era el lugar oportuno para que la Virgen diera a luz. Nos imaginamos el sufrimiento de José, al aproximarse la hora del parto, por no hallar un sitio adecuado. No había para ellos lugar en el aposento (Lc 2, 7), escribe lacónicamente San Lucas. Alguien, quizá el mismo dueño del khan, debió advertirles que, en las afueras, había cuevas que se utilizaban para albergar al ganado en las noches frías; quizá podrían acomodarse en alguna de ellas, mientras pasaba la aglomeración y se liberaba algún sitio en la ciudad.

La divina Providencia se sirvió de estas circunstancias para mostrar la pobreza y humildad con que el Hijo de Dios había decidido venir a la tierra. Todo un ejemplo para los que le seguirían a través de los siglos, como explica San Pablo: conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza (2 Cor 8, 9). El Rey de Israel, el Deseado de todas las naciones, el Hijo eterno de Dios, viene al mundo en un lugar propio de animales. Y su Madre se ve obligada a ofrecerle, como primera cuna, un angosto pesebre.

Pero el Omnipotente no quiere que pase totalmente inadvertido este acontecimiento singular. Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno el rebaño durante la noche (Lc 2, 8). Ellos, los últimos de la tierra, gentes trashumantes con los rebaños que cuidaban por cuenta de otros, serán los primeros en recibir el anuncio de ese gran portento: el nacimiento del Mesías prometido.

De improviso, un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: "No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo…" (Lc 2, 9-10). Y, tras comunicarles la Buena Nueva, les dio un signo por el que podrían reconocerle: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre (Lc 2, 12). Inmediatamente, ante sus ojos asombrados, se materializó una muchedumbre de ángeles que alababa a Dios diciendo: gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace (Lc 2, 14).

Se pusieron en camino. Quizá tomaron unos presentes para obsequiar a la madre y al recién nacido. El homenaje fue para María y para José la prueba de que Dios velaba sobre su Hijo. También ellos se llenarían de gozo ante el júbilo ingenuo de aquellas gentes y ponderarían en su corazón cómo el Señor se complace en los pobres y humildes.

Cuando acabó la fiesta, los pastores tornaron al cuidado de sus rebaños, alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto (Lc 2, 20). Al cabo de dos mil años, también a nosotros se nos invita a proclamar las maravillas divinas. “Un día santo nos ha amanecido; venid, gentes, y adorad al Señor; porque una luz grande ha bajado hoy a la tierra” (Misa tercera de Navidad, aclamación antes del Evangelio).

Artículo originalmente publicado por Opus Dei



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