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¿Indulgencias todavía? Hoy y siempre, los motivos

© Flickr/Erich Ferdinand/Creative Commons

Cardenal Mauro Piacenza - publicado el 09/05/15 - actualizado el 27/11/18

En este amplio horizonte, en el que reconocemos la absoluta trascendencia del misterio y la libre voluntad de manifestarse a los hombres, para su salvación, como misericordia, sobretodo en el evento histórico-salvífico de la muerte y resurrección de Jesús, debe ser colocada la doctrina sobre las indulgencias.

El tesoro de la misericordia es inagotable, sus límites no se pueden trazar por la pobre inteligencia humana. Como, para todos los sacramentos, el Señor Jesús, habiéndolos directa o indirectamente instituido, ha confiado a la Iglesia la tarea de establecerles una forma –y a través de los siglos la forma de los sacramentos ha cambiado, permaneciendo intacta su esencia– de este modo, el administrador del tesoro de la misericordia está completamente encomendado a la autoridad de la Iglesia, que piadosamente lo custodia, sabiamente lo administra y generosamente lo dona.

La clave para comprender el tesoro de las indulgencias, es la distinción teológica entre culpa y pena. Sabemos bien cómo la culpa es perdonada por la reconciliación sacramental, mientras que la pena temporal por los pecados cometidos permanece y requiere el don ulterior de la indulgencia para ser perdonada.

¿Cómo leer e interpretar en la época actual de la postmodernidad, esta distinción entre culpa y pena que, con una mirada superficial, podría aparecer con sabor medieval?

El tesoro de las indulgencias permanece incomprensible a la mente que se autolimita sólo al horizonte inmanente de la existencia y que excluye a priori la inmortalidad del alma, y a cualquier forma de relación con el misterio sucesivo a la muerte.

En breves palabras, las indulgencias son incomprensibles para el hombre secularizado e, incluso para aquellos cristianos que, en nombre de la desmitificación del cristianismo, lo han reducido a una doctrina ética, útil sólo a los estados modernos para conservar su poder.

La indulgencia es, en cambio, un himno a la libertad, un reconocimiento en profundidad de la dignidad del hombre que, precisamente porque es racional, libre y capaz de amar, debe ser siempre considerado usualmente responsable de sus propios actos.

La distinción entre pena temporal y culpa debe ser preservada para poder, a través de ella, preservar, por un lado, la auténtica libertad del hombre y, por el otro, la historicidad y, por lo tanto, el valor temporal, de los actos que éste realiza.

Sabemos que el juicio universal no será un golpe de esponja sobre la historia y la persistencia de la pena temporal, incluso después de la absolución sacramental de la culpa, vuelve a todo hombre conciente de las consecuencias de los propios actos, le indica el deber responsable de la reparación y, lo más importante, lo llama a la participación de la obra redentora de Cristo, para sí y para los hermanos.

Preservando el tesoro de las indulgencias, se preserva la trascendencia de Dios, a través del reconocimiento humilde de la sobreabundancia de su misericordia; se preserva la dignidad del hombre, que siempre debe ser considerado capaz de elegir libremente y, por lo tanto, responsable de los propios actos; se preserva la verdad de la historia, en la que los actos son realizados y que, por su naturaleza, en su objetividad factual, se priva de cualquier manipulación; y, finalmente, se preserva la llamada de la criatura a volverse, cada vez más perfecta y concientemente partícipe de la obra de su creador: obra redentora y de “nueva creación”.

2. Las Indulgencias, mirada sobrenatural de la Iglesia y sobre la Iglesia

La remisión de las penas temporales puede ser acogida por el fiel sólo por intervención de la Iglesia. En ese sentido, es oportuno hacer luz sobre dos aspectos de la realidad de la Iglesia, imprescindiblemente vinculados al tesoro de las indulgencias: ser ministra de la redención y, a la vez, ser

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divina misericordiaiglesia catolicapecadosacramentossalvacion
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