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¿Indulgencias todavía? Hoy y siempre, los motivos

© Flickr/Erich Ferdinand/Creative Commons
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Sus profundas raíces teológicas y eclesiológicas exaltan la libre responsabilidad y la comunión en Cristo

Las indulgencias representan una valiosa síntesis entre teología y espiritualidad, entre praxis penitencial y prontitud pastoral, entre doctrina sobre la misericordia y devoción popular. Por el vínculo estructural que tienen, y con las obras concretas que realizan, las indulgencias piden, como también el sacramento de la Reconciliación, un particular compromiso de libertad personal, indispensable siempre en la formulación y reformulación del acto de fe.

He pensado dividir mi intervención en tres diferentes pasajes: el primero, las indulgencias, tesoro de la misericordia de Dios por la Iglesia; segundo, las indulgencias, mirada sobrenatural de la Iglesia y sobre la Iglesia; y finalmente, tercero, algunos aspectos pastorales de las indulgencias.

1. Las indulgencias, tesoro de la misericordia de Dios por la Iglesia

Le queda claro a todo el mundo que la doctrina y la práctica de las indulgencias están estrictamente, más aún, indisolublemente vinculadas al sacramento de la Reconciliación y a sus efectos. Como recordó el beato Pablo VI en la Constitución Apostólica Indulgentiarum doctrina:

“Indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en lo referente a la culpa que gana el fiel, convenientemente preparado, en ciertas y determinadas condiciones, con la ayuda de la Iglesia, que, como administradora de la redención, dispensa y aplica con plena autoridad el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos” (ID, 2 1).

La indulgencia nos habla del tesoro de la Divina Misericordia y su sobreabundancia respecto a todo el mal posible llevado a cabo por el hombre. Resuena, a ese respecto, el encantador himno del Exultet, que cantaremos al final de esta Cuaresma: “Feliz culpa que mereció tan grande Redentor”. La conciencia de la sobreabundancia del don salvífico de la Misericordia respecto a los méritos del hombre, sobretodo, a cualquier posible condición de pecado y de distancia de Dios, no es otra cosa, si se mira bien, que la concretización, a través de la encarnación del Verbo, de la fe en la absoluta trascendencia de Dios.

Explico más. La llamada a creer en la Divina Misericordia, revelada plenamente en Jesucristo, en su muerte y resurrección, y el reconocimiento de la absoluta sobreabundancia de tal misericordia son, para nosotros cristianos, parte imprescindible del reconocimiento de la trascendencia de Dios, de su absoluta alteridad respecto a cualquier experiencia que se pueda tener de Él.

Creemos en Dios, en Dios Padre, en su absoluta trascendencia, precisamente en la medida en que creemos en la real posibilidad que nos ha sido ofrecida de su misericordia y en la sobreabundancia de tal misericordia respecto a nosotros.

Siempre es oportuno, a tal propósito, recordar cómo el misterio al revelarse no deja de ser misterio y se revela a nosotros en su naturaleza de misterio: no es casualidad si las palabras fundamentales para aludir a Dios son estructuralmente términos “negativos”: in-finito, inmenso, omnipotente, omnisciente, etc…esto nos dice que cada experiencia posible del misterio, incluso como misericordia, lleva consigo la llamada al reconocimiento humilde y real de una sobreabundancia, que, lejos de aplastar o limitar la libertad de los hombres, constituye el verdadero horizonte de vida y el auténtico objetivo motivacional.

Podemos decir que, si Dios es bondad suprema, no es, sin embargo, la bondad como nosotros la conocemos y experimentamos; si Dios es justicia, no es la justicia como la conocemos; Dios es amor, pero no el amor que experimentamos.

Lo mismo vale para el gran misterio de la misericordia: Dios es misericordia, pero no es la misericordia, aunque importantísima, que nosotros experimentamos. Él se manifiesta en ella, nos da un pálido aroma de su ser en cualquier auténtica experiencia de misericordia que podamos vivir, pero es más grande, es siempre “más” que cualquier experiencia humana concreta.

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