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Dale tus nudos que Ella los desatará

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 09/05/15

Es lo que nos pide María, que le entreguemos los nudos perdonando

María nos da fuerza y nos libera de tantas cosas que nos atan. El Papa Francisco le tiene mucha devoción a la Virgen Desatanudos: "Me gustó la imagen. Me gustó esto de que Ella, al traer a Cristo, desate los nudos"[1].

Esta imagen viene de un texto de san Ireneo: "El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María. Lo que la virgen Eva ató con la incredulidad, lo desató la Virgen María con su fe".

Es una devoción muy antigua. La descripción de la imagen es muy bella: "María tiene en sus manos una larga cinta. A su izquierda un ángel le entrega la parte de la cinta que está llena de nudos. María aparece deshaciendo uno de ellos. A la derecha otro ángel recibe la cinta ya libre de nudos"[2].

El nudo es la desobediencia a la voluntad de Dios. Tenemos tantos nudos en el alma… El perdón puede desatar muchos de nuestros nudos. Esos que se van haciendo con el correr de los años. Al amar y tirar la propia alma dejando que se enrede por la vida.

Sí, estoy convencido, tengo muchos nudos. Suelen ser comunes, vulgares, sencillos. No creo que mis nudos sean especiales. Ni tan siquiera muy sofisticados. No son muy pensados. No, son nudos simples. Pero molestan. Ni siquiera sé cómo se han formado muchos de ellos, pero hacen que la cuerda de mi alma no llegue tan lejos, se atasque en algún punto, no corra el agua por mi cauce.

Está cortada la circulación, nada fluye. Como si la cuerda no lograra cumplir con su misión de llegar a todos. Al pasar la mano por la superficie lisa, los nudos lo estropean todo. Me siento cansado de acariciar nudos, intentando torpemente deshacerlos. No lo consigo con mis fuerzas. Se enredan más. Y por eso le pido a María que me los quite, que libere el alma enredada.

Esos nudos que me hacen pensar mal, esos nudos que son prejuicios que me llevan a condenar con ligereza y con frecuencia. Esos nudos que todo lo afean, porque me enredan en mis temores. Esos nudos que me hacen sufrir sin motivo alguno, sin entenderlo.

Quiero que María me libere de tantos nudos de mi alma. Se los doy, uno a uno. Los nudos que ha provocado mi pecado. Los que provienen de heridas que no perdono. Los que la vida ha ido dejando por falta de uso y de práctica. Los que el egoísmo teje en noches de desánimos. Los que la tristeza ha inventado y hacen que el alma esté llena de oscuridad y desaliento.

Esos nudos que nos complican ante una vida sencilla. Nudos que me hacen llorar y me apenan. Mis nudos, algunos muy queridos, otros muy despreciados. Se los doy despacio a María, para que no me duelan al desenredarlos. Luego, liberado de ellos, la piel del alma será más sensible, porque está herida. Tanto tiempo enredada hace que todo duela más.

Si me libera, seguro que me cuesta vivir sin nudos. Son como callos que endurecen la piel y nos aíslan, nos encierran. Son muros defensivos. Nos hacen más insensibles ante las ofensas, ante la vida. Más duros a las críticas, más resistentes a los ataques.

No sé, vivir sin nudos es vivir con un alma de niño. Inocente, ingenua, blanca, pura, tal vez demasiado expuesta a la vida. Eso me da más miedo. Pero a la vez, como Unamuno, quiero gritarle a Dios, que me haga más pequeño, para poder ser niño.

Quiero esa pureza que mira la vida con alegría, con sencillez, sin quejas, sin protestar por las injusticias, por los agravios, por las ofensas. Quiero perdonar a tantos para que los nudos desparezcan y mi alma quede lisa, como nueva. Eso me gusta. Aprender a perdonar. ¡Cuánto nos cuesta!

Es lo que nos pide María, que le entreguemos los nudos perdonando. Basta que sea con la cabeza y la voluntad. No hace falta que esté el corazón implicado, es más lento y siempre llega más tarde. Pero que le entregue los nudos más profundos. Aquellos nudos que me quitan tanto la paz. Esos que casi no veo yo ni entiendo. Esos que sólo Dios me enseña.

Le pido que me perdone. Que me libere de ellos. Yo perdono. ¿Cuáles son mis nudos? 


[1]
Ella es mi madre, Encuentros del Papa Francisco con María, P. Alexandre Awi, 213

[2]
Ella es mi madre, Encuentros del Papa Francisco con María, P. Alexandre Awi, 213

Tags:
alma
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