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Vida de María. La anunciación a Nuestra Señora

Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682)

Opus Dei - publicado el 08/05/15

La Virgen de Nazaret se hallaba completamente transformada, santificada por la gracia de Dios

El diálogo más importante de la historia tuvo lugar en el interior de una pobre casa de Nazaret. Sus protagonistas son el mismo Dios, que se sirve del ministerio de un Arcángel, y una Virgen llamada María, de la casa de David, desposada con un artesano de nombre José.

Muy probablemente María se hallaba recogida en oración, quizá meditando algún pasaje de la Sagrada Escritura referente a la salvación prometida por el Señor; así la muestra el arte cristiano, que se ha inspirado en esta escena para componer las mejores representaciones de la Virgen. O quizá estaba ocupada en los trabajos de la casa y, en este caso, también se hallaba metida en oración: todo en Ella era ocasión y motivo para mantener un diálogo constante con Dios.

— Dios te salve, oh llena de gracia, el Señor es contigo (Lc 1, 28).

Al escuchar estas palabras, María se turbó y consideraba qué podía significar tal saludo (Lc 1, 29). Se llena de confusión, no tanto por la aparición del ángel, sino por sus palabras. Y, azorada, se pregunta el porqué de tantas alabanzas. Se turba porque, en su humildad, se siente poca cosa. Buena conocedora de la Escritura, se da cuenta inmediatamente de que el mensajero celestial le está transmitiendo un mensaje inaudito. ¿Quién es Ella para merecer esos elogios? ¿Qué ha hecho en su breve existencia? Ciertamente desea servir a Dios con todo su corazón y toda su alma; pero se ve muy lejos de aquellas hazañas que valieron alabanzas a Débora, a Judit, a Ester, mujeres muy celebradas en la Biblia. Sin embargo, comprende que la embajada divina es para Ella. Ave, gratia plena!

En este primer momento, Gabriel se dirige a María dándole un nombre — la llena de gracia — que explica la profunda turbación de Nuestra Señora. San Lucas utiliza un verbo que, en lengua griega, indica que la Virgen de Nazaret se hallaba completamente transformada, santificada por la gracia de Dios. Como posteriormente definiría la Iglesia, esto había ocurrido en el primer momento de su concepción, en consideración de la misión que había de cumplir: ser Madre de Dios en su naturaleza humana, permaneciendo al mismo tiempo Virgen.

El Arcángel advierte el sobresalto de la Señora y, para tranquilizarla, se dirige a Ella llamándola —ahora sí— por su propio nombre y explicándole las razones de ese saludo excepcional.

No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin (Lc 1, 30-33).

María, que conoce bien las profecías mesiánicas y las ha meditado muchas veces, comprende que será la Madre del Mesías. No hay en su respuesta la más mínima sombra de duda o de incredulidad: ¡sí, desde su más tierna infancia, sólo ansiaba el cumplimiento de la Voluntad divina! Pero desea saber cómo se realizará ese prodigio, pues, inspirada por el Espíritu Santo, había decidido entregarse a Dios en virginidad de corazón, de cuerpo y de mente.

San Gabriel le comunica entonces el modo divinísimo en el que maternidad y virginidad se conciliarán en su seno.

— El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 35-37):

El ángel calla. Un gran silencio se adueña del cielo y de la tierra, mientras María medita en su corazón la respuesta que va a dar al mensajero divino. Todo depende de los labios de esta Virgen: la Encarnación del Hijo de Dios, la salvación de la humanidad entera.

No se demora María. Y, al responder a la invitación del Cielo, lo hace con toda la energía de su voluntad. No se limita a un genérico dar permiso , sino que pronuncia un sí — fiat! — en el que vuelca toda su alma y todo su corazón, plenamente adherida a la Voluntad de Dios: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38).

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). Al contemplar una vez más este misterio de la humildad de Dios y la humildad de la criatura, prorrumpimos en una exclamación de gratitud que quisiera no terminar nunca: «¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —"fiat"— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. — ¡Bendita seas!» (Camino, n. 512).

Artículo originalmente publicado por Opus Dei

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virgen maria
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