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¿Se romperá la Iglesia con Francisco?

Pope Francis – Internet – es

©ALESSIA GIULIANI/CPP

<span class="standardtextnolink">December 4, 2013 : Pope Francis leads the weekly general audience in St. Peter&#039;s square at the Vatican.</span>

Marcelo López Cambronero - publicado el 08/05/15

La polvareda levantada en los últimos meses con motivo del Sínodo de la Familia ha provocado un terremoto cuyo epicentro es la propia Ciudad del Vaticano

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Parece que la ola de aceptación general de la que goza el Papa Francisco no ahoga el creciente frente opositor que está amenazando la integridad de la Iglesia católica. Con los obispos de Roma pasa un poco como con los juegos de azar, que cuando no sale el número de nuestro corazón tendemos a echarle la culpa a la ruleta o al crupier, que a la sazón es el Espíritu Santo.

Ya no nos acordamos de la conmoción que supuso aquella “fumata blanca” anunciando un Papa que venía del otro lado del telón de acero y que levantó, ipso facto, enormes suspicacias. Desde el primer instante teólogos neoliberales como Michael Novak se pusieron a escribir en contra de Juan Pablo II y a achacarle una contaminación ideológica soviética.

Cuando Josef Ratzinger pasó a ser Benedicto XVI también surgieron agudas disidencias. Se trataba nada menos que del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que había emitido juicios críticos sobre la Teología de la Liberación y sobre algunos teólogos contemporáneos, granjeándose desafectos. El alzamiento mediático en contra de un Papa marcado por su supuesto carácter de “ultraconservador” apenas escampó durante los ocho años que duró su pontificado, y a cualquiera le consta que hay católicos que nunca llegaron a aceptarle.

Teniendo esto en cuenta tal vez no nos extrañará que Francisco tampoco haya despertado el agrado universal, aunque es evidente que es el Pontífice mejor acogido desde hace mucho. Lo novedoso es en qué sectores y de qué modo ha levantado ampollas su actuación y mensaje.

En primer lugar Bergoglio fue atacado de manera inmediata desde su Argentina natal. En pocos días los medios de comunicación del mundo se llenaron de noticias que narraban su presunta connivencia con el régimen de terror del General Videla, aunque pronto distintos libros e investigaciones presentaron pruebas que terminaron por diluir un ataque que se anunciaba demoledor, pero que no era más que un exabrupto inconsistente.

El problema fue mayor tras la Exhortación apostólica Evangelii gaudium.  En ella se denunciaba la injusticia del modelo neocapitalista y se criticaban teorías esperpénticas del liberalismo contemporáneo como la “del goteo” o trickle down. Algunos debieron de ver en sueños al fantasma de un Santo Padre marxista y arreciaron discursos contrariados que provenían, sobre todo, del ala estridente del Partido Republicano.La congresista por Minnesota Michelle Bachmann se despachó con un sonoro “este Papa suena como un comunista que odia a América y no comprende la Biblia”, y Sarah Palin, que fuera candidata a la vicepresidencia cuando John McCain le disputó las primeras elecciones a Obama, declaró: “me parece que Francisco es un socialista progre que odia la libertad.”

Estas salidas de tono parecen poca cosa si las comparamos con la polvareda levantada en los últimos meses con motivo del Sínodo de la Familia, que ha provocado un terremoto cuyo epicentro es la propia Ciudad del Vaticano. Todo comenzó cuando el cardenal Kasper presentó un documento invitando al diálogo sobre la posibilidad de aceptar a la comunión a divorciados que hubieran rehecho su vida con otras personas. Las discusiones subsiguientes también pusieron en duda los criterios de Francisco en torno a la homosexualidad.

Hay quien no puede comprender que el Papa reciba a homosexuales, y mucho menos que el pasado jueves santo le lavase y besase los pies a un transexual que, para colmo de las sensibilidades anquilosadas, comulgó después ante las cámaras de televisión. Hubo lugares en los que se encendieron las alarmas a toda potencia, aun desconociendo el estado interior de esa persona y si tal hecho había sido programado o advertido.





Ante tal situación un grupo de laicos de la Academia Pontificia para la Vida se ha permitido escribir a la Santa Sede exigiendo explicaciones y varios cardenales (entre ellos Caffarra, Brandmüller -que habla abiertamente de purpurados herejes-, De Paolis, etc.) se han mostrado opuestos a una revisión de la doctrina sobre el matrimonio. El cardenal norteamericano Raymond Burke incluso ha anunciado su “resistencia” si Francisco sigue las indicaciones de Kasper.

En respuesta el también cardenal Reinhard Marx, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, ha amenazado con que los obispos germanos modifiquen por su propia cuenta determinadas cuestiones doctrinales porque, dice él, no son “una filial de Roma”. Está claro que hablamos de un caballero que goza de una enorme ignorancia en Eclesiología católica y de una gran confusión respecto de lo que es una Conferencia Episcopal, pero eso no resta un ápice de dramatismo a sus palabras.

¿Se romperá la Iglesia con Francisco? En mi opinión hay que tener presente que muchas críticas contra el Papa nacen de velados prejuicios que permiten a algunos darse un aire de superioridad intelectual: porque es latinoamericano, no logró el doctorado y es jesuita y, especialmente, por lo que estos tres datos juntos provocan en ciertas imaginaciones turbulentas, que se figuran a un Pontífice pseudoteólogo, progresista pero mal formado y sesentayochista.

Una visión así no es real. Es un hombre de sólida formación, con gran experiencia pastoral y habilidad demostrada en cuestiones de gobierno, que tiene una sensibilidad especial hacia el pueblo llano, una gran pasión por la misericordia y un marcado afecto por la Iglesia. No cabe esperar de él decisiones absurdas o apresuradas, sino que intentará escuchar a todos y sopesar los distintos puntos de vista con humildad y prudencia, aunque como ser humano pueda cometer errores o hacer declaraciones desacertadas.

Lo que Francisco de verdad desea es que los católicos profundicemos en nuestra vida de fe desde la conciencia de que es posible una perfecta comunión entre misericordia y doctrina; porque una misericordia que no ama a la verdad no ayuda a nadie, pero una doctrina seca y legalista que no mira con ternura las heridas del hermano, que no nace de la caridad, se convierte en un intelectualismo tiránico y farisaico que está lejos de la pasión del Resucitado por cada ser humano.

Tal vez durante los últimos tiempos los católicos nos hemos preocupado demasiado de la doctrina y de las controversias morales y nos corresponde recuperar un espíritu de misericordia sin el que nuestras opiniones, por muy “correctas” que sean, tienen el riesgo de conformar otra más de las ideologías unilaterales que hoy encontramos en nuestra sociedades y que tan poco aportan.

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