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La canción del mar: Fantasía para ver en familia

Karma films
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Fábula optimista, un reclamo para reivindicar el amor y su poder sanador.

Desde Irlanda llega a los cines de España, de la mano de Karma Films, La canción del mar, segundo largometraje de animación del realizador de cine de 38 años, Tomm Moore, que en 2010 debutó en la profesión con El secreto del libro de Kells -junto a Nora Twomey en la dirección- y optó al Oscar en esa categoría.
 
Si bien la primera era una cinta más adulta en cuanto a su temática histórica, trabajada con la minuciosidad de un gran y joven artesano, en La canción del mar -también candidata al Oscar en la pasada edición- se aprecia un trazo mucho más fluido y dinámico en el dibujo respecto a su anterior película, y también nos encontramos con un tono mucho más familiar, embutido en aura de fantasía creativa definitiva, aunque no por ello se deja de lado al tradicional misticismo romántico irlandés del que ya hizo gala Moore.
 
La canción del mar, coproducida con Dinamarca, Bélgica, Irlanda, Luxemburgo y Francia, y que ahora el cineasta filma en solitario, cuenta el viaje épico que los hermanos Ben y Saoirse realizan al intentar regresar a casa, después de que su abuela los llevara lejos de su deprimido padre. Entonces los niños descubrirán que el mundo no es como se lo habían pintado a simple vista, sino que en él además habita una parte mágica.

Basada en la leyenda irlandesa de las selkies (criaturas marinas cuyo poder las puede convertir en humanos), La canción del mar nos llena la pantalla de personajes folclóricos de la cultura celta, dotados de una visión moderna del mundo bastante atractiva. En este sentido podemos afirmar que el realizador toma como punto de partida inspirador al filme de animación japonés Mi vecino Totoro (1998), hermosa creación audiovisual del aclamado cineasta Hayao Miyazaki.

La canción del mar es una fábula optimista que sintetiza a la perfección la suma de colores y texturas hasta recrear con suficientes volúmenes a todos sus personajes y conseguir que la imagen -a través de muy buenos movimientos con la cámara- sea un fiel álbum ilustrado vivo que juega con los encuadres literarios, con el libro-objeto y que afronta, inteligentemente, el asunto sobre la pérdida y las raíces, muy en la línea de los trabajos de la factoría Disney -corriente, por cierto, que cada vez se prodiga más en el cine contemporáneo- hasta convertirse en un reclamo para reivindicar el amor y su poder sanador.

Todo ello gracias al preciosismo que Moore le imprime a la cinta, donde las acuarelas parece que quieran dar el salto desde la pantalla e implicar al espectador hasta hacer suyos a todos los personajes, y gracias también a Bruno Coulais y Kila, del grupo Colm Ó Snodaigh, compositores de la banda sonora de la película, que ya había participado en la de El secreto del libro de Kells.

El conjunto, pues, envuelto en una atmósfera fantasiosa donde la esperanza siempre tiene la última palabra, da paso a un final emotivo, conmovedor, tierno y hermoso que desarrolla una feliz moraleja.
 
Posiblemente estemos ante una de las mejores películas de animación de los últimos años, independientemente de su poderío en la factura visual, porque la argamasa, que en este caso une sólidamente vidas y corazones, es la que transmite su elocuente su argumento. Otra joyita familiar imprescindible. 

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