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Irak y el ISIS: ¿Es posible tanto amor por los enemigos?

Esecuzione ISIS – es

© Oasis

Jorge Traslosheros - publicado el 07/05/15

Los cristianos que sobreviven en medio de persecuciones, decíamos, las más de las veces toman la decisión de perdonar a los verdugos de sus seres queridos, quienes también son sus persecutores. El perdón no es olvido, ni estoico desdén, ni un acto realizado de una sola vez y para siempre, sino un sinuoso y escarpado camino recorrido en libertad, una opción de vida ordenada al fin supremo de la justicia, un testimonio que se rinde por amor a Cristo. 

Este camino es penoso, suele llenarse de recurrentes demonios que sólo pueden derrotarse mediante la oración, como bien dijo Jesús. Una senda que, sin dejar de vivir las penas, llena la vida propia y comunitaria de gozo, siempre y cuando no lo confundamos con vana alegría, simple contentamiento y mucho menos con fatalismo. El gozo cristiano es una particular forma de vivir en apertura a Dios, la cual implica abrazar la cruz por cotidiana, pequeña e insignificante que parezca. Cuantimás si del martirio hablamos. ¿Quién no ha vivido ese pequeño esfuerzo diario de perdonar a quien nos ha hecho daño? Una decisión que en manera alguna implica renunciar a lo justo, sino exigirlo en su forma más decididamente humana. 

Como historiador he podido identificar cinco formas en las cuales la intención de justicia se manifiesta a lo largo del tiempo. El mártir, víctima y sobreviviente, recorre las cinco de manera cotidiana, con avances y retrocesos, hasta alcanzar la cima no por un acto de voluntad, pues nadie puede recorrerlo sostenido por sus propias fuerzas, sino como experiencia muy profunda de Dios.

Se avanza desde el primer deseo de venganza, ese apetito básico de justicia, a la ley del talión como forma natural de retribución, muy vigente en nuestros códigos penales, hasta la exigencia de un trato igualitario ante la ley, con lo cual la reparación a la víctima mediante el castigo del victimario quedarían asegurados; pero no es suficiente.  A partir de este momento, el mártir se adentra en dos formas propiamente cristianas de justicia como son la equidad, balanza entre débiles y poderosos, para dar acceso a su máxima expresión que es el perdón. 

No se niega un punto la necesaria restitución por el daño causado, tampoco la expiación de la culpa, pero abre la puerta, mejor aún, exige la misericordia. Al hacerlo, transforma radicalmente la sustancia misma de lo que entendemos por justicia. Sólo este camino puede reconstruir el sentido de humanidad de la víctima, la dignidad del verdugo, el tejido social y la armonía en las relaciones humanas. 

Los mártires, actuales y sobrevivientes, son los auténticos constructores de la esperanza que aún sostiene a la humanidad, la más sorprendente de las virtudes a decir de Charles Péguy. La cruz es la gran paradoja del cristianismo, es el misterio abierto a la resurrección. 

La grandeza del camino del perdón como justicia es reconocible por la sola razón, siempre que se deje auxiliar de un poco de buena voluntad. De hecho, es uno de los aportes más profundos del cristianismo a la humanización de nuestra convivencia a lo largo de la historia. Entonces, ¿por qué en Occidente parecen tenerle más miedo a los mártires que a los terroristas? 

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cristianos perseguidosirakmartiresterrorismo
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