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Irak y el ISIS: ¿Es posible tanto amor por los enemigos?

© Oasis
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¿O será que Occidente le tiene más miedo a los mártires que a los terroristas?

El martirio de los cristianos en Medio Oriente y África nos conmueve. Forman comunidades que vienen de tiempos apostólicos y están atrapadas entre los engranes de una gran maquinaria política, cuyos intereses no alcanzamos a vislumbrar. Quienes la manejan pecan de acción y de omisión. Unos, porque son los verdugos; otros, porque voltean el rostro para hacer cálculos ajenos a la dignidad de las personas.

Las noticias son escasas en proporción a la tragedia y, lo más grave, suelen ocultar que las víctimas son cristianas. Este silencio las despoja de la identidad que da sentido a su muerte. ¿Podríamos imaginar el martirio de Monseñor Romero desprendido de su fe?  Son ellos quienes llenan de sentido sus propias vidas por el martirio y, al hacerlo, hacen posible la esperanza de las comunidades que les sobreviven, familiares y amigos que cargarán con el dolor y las privaciones derivadas de su partida. Quienes callan o disimulan a sabiendas pecan gravemente contra la justicia.

Poco a poco, en virtud de los distintos agentes pastorales que ahí viven o acuden para ayudar y consolar, empezamos a conocer el testimonio de las personas que forman aquellas iglesias. Sabemos que su humanidad se encuentra gravemente comprometida, que sus sentimientos brotan a la superficie como burbujas de agua hirviente. ¿Quién podría evadir el temor, la rabia y el resentimiento en semejantes circunstancias? 

Y sin embargo, sin negar un punto su condición, han decidido emprender el doloroso y difícil camino del perdón. Lo hacen por la cruz de Cristo en quien creen y por el cual enfrentan las adversidades. ¿Cómo es posible que al martirio del dolor, la supervivencia y la agresión injusta, le siga la escarpada pendiente del perdón, remontada con oraciones para quienes les clavan el puñal en el corazón, les matan a sus seres queridos y asesinan su milenaria cultura?  

Sabemos del testimonio de numerosos cristianos que han muerto entonando himnos de alabanza a Dios, rezando, con rostros serenos, pletóricos de dignidad, así como los jóvenes kenianos, etíopes, egipcios que murieron alabando a Cristo en compañía de sus amigos. También nos enteramos de que, entre los etíopes asesinados por el Estado Islámico, se encontraba un musulmán de nombre Jamaal Rahman, muerto por negarse a abandonar a sus amigos cristianos. Sus verdugos quisieron justificarse aduciendo su conversión. Patrañas. Jamaal murió musulmán y así dignificó a sus amigos y a su fe. Un hombre sencillo, justo entre los justos. El martirio de tantos nos provoca, nos cuestiona, nos mueve las entrañas a la misericordia

¿Es posible tanto amor por los enemigos? Acaricio la superficie del misterio. Sólo en la Cruz se torna posible, incluso razonable, semejante amor. Por la Cruz se puede comprender su grandeza prescindiendo incluso de la revelación. Es verdad. Somos testigos. Cuando Jesús fue elevado en el árbol de la cruz atrajo hacia él a hombres y mujeres de todas las naciones. Empiezo a comprender, entre brumas, en virtud de la sangre de mis hermanos, que eso incluye también a muchos que no creen en Cristo; pero que sí respetan su cruz y a cuantos mueren abrazados a ella. 

La cruz es un misterio al cual debemos aproximarnos desde el silencio reverencial. Sólo por la contemplación de la víctima inocente podremos crear una sociedad como Dios manda o, si usted prefiere, conforme a las razones de la justicia que siempre empalman con la misericordia. 

-II-

Ahora bien, este amor por los enemigos encierra grandes paradojas. en principio, acogidos a la razón natural, resulta contraintuitivo decir que un mártir, víctima por antonomasia, pude hacer justicia a su verdugo. Más cuando se trata de ese martirio tan especial de quienes sobreviven a la muerte de sus seres amados, en medio de persecuciones. 

Sin embargo, es claro, el cristianismo se comprende mejor desde la paradoja por ser ésta la ventana a través de la cual nos asomamos a la contemplación del Misterio. Quien haya recitado alguna vez la oración de San Francisco, aunque no sea creyente, ni cristiano, entenderá mi afirmación.

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