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Espiritualidad
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​Permanecer en alguien, pertenecer a alguien, ¿cadenas o alas?

La vida sexual después de los hijos

Editora Cleofás

Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/05/15

Vivir sin Dios es vivir con angustia, vivir sin trascendencia, sin un sentido; en cambio con Él todo es posible

Leemos en el tiempo de Pascua la última cena. Pienso que seguramente los apóstoles harían eso, recordar en esos días de resurrección las palabras de Jesús en la última cena con ellos. María les ayudaría a guardar, a permanecer, a recordar.

Ahora que no está con ellos, sus palabras en esa noche tienen una importancia especial. Yo siempre recordaría las últimas palabras de las personas que más quiero antes de morir.

¡Cuántas cosas les dijo Jesús en esa noche, en esa última cena! Jesús ya sabe que va a morir en las próximas horas. Y lo que hace es cenar con los suyos, reunirse con ellos en torno a una mesa como tantas noches.

Celebra la cena de pascua como siempre. No hace nada especial. Pero sí les habla de un modo nuevo. No es la cena pascual de todos los años. Se junta con sus amigos y les abre su corazón antes de morir.

Hace gestos que les muestren para siempre su amor, como el lavatorio de los pies y la consagración del pan y el vino. Gestos que puedan repetir y recordar. Reza al Padre por ellos, les cuenta quién es, les deja el mandamiento de amar por encima de todo.

Quiere darles paz, estar con ellos y decirles con palabras y con gestos que los ama hasta el extremo. En esa última noche, Jesús habla de Él, no de lo que hace ni de lo que piensa, sino de quién es.

¡Qué difícil es para nosotros hablar de quiénes somos! Si nos preguntan hablamos de lo que hacemos, de nuestros éxitos, de nuestro trabajo, pero no de nosotros, no de nuestra alma. A veces nos sentimos solos porque nadie conoce nuestra verdad más honda. Nuestra palabra.

En esa última cena Jesús les dice quién es Él, y sobre todo quién es para ellos: su camino, su verdad, su vida, su vid. Porque la vida de Jesús es para los hombres. Es su verdad más profunda.

Caminó y se hizo hombre por nosotros. Ahora muere por nosotros, resucita por nosotros. Jesús se define en función de su amor, de su misión de donación. ¿Cómo me defino yo? ¿Qué les digo de mí a mis amigos?

Me conmueve su ternura de esa noche. Le da pena dejar a los suyos pero quiere, por encima de todo, decirles que los ama y que ahora estarán juntos de un modo nuevo. Les promete que se queda con ellos. Que permanece.

Esa noche Jesús habla mucho de guardar y de permanecer. Guardar lo vivido, permanecer en el amor que han compartido. ¡Qué importante es recordar nuestra historia santa y agradecer!

Comienza en Pascua el tiempo del misterio donde Jesús ya no duerme a su lado ni come con ellos pero sigue, permanece, más todavía, en medio de ellos, en el corazón, en el pan y el vino, en su amor.

Los ojos para verlo son los ojos del alma, los de María, los de la comunidad. Guardar, permanecer. Porque estamos hechos para lo eterno. Nos quedamos vacíos con experiencias bonitas que pasan y desaparecen.

Necesitamos una vida que continúa, que no pasa. Necesitamos pertenecer a alguien. Pienso que esa es una de las heridas más grandes de nuestra alma, nuestro anhelo de pertenecer y nuestra soledad cuando no lo vivimos.

Jesús hoy nos dice que permanece, que le pertenecemos, igual que las ovejas al pastor. Igual que los sarmientos a la vid. En realidad, la vid y los sarmientos son una sola cosa.

¡Cuántas veces Jesús ha mirado las vides de su tierra! Es algo para él cotidiano, y también para los apóstoles. Igual que el pastor y las ovejas. Jesús siempre les habla de lo que viven juntos y comparten.

En esa noche llena de miedo y de preguntas, Jesús les habla al corazón de lo que siempre han vivido mientras pescaban, mientras caminaban.

Jesús nos dice algo de nuestra verdad: “Permaneced en mí, y Yo en vosotros (···) porque sin mí no podéis hacer nada. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará”. 


Somos suyos. Dios necesita de sus amigos. Y ellos sin Él no pueden hacer nada. Si permanezco unido a Jesús, doy fruto. Si me alejo de Él, me seco.

Ahora que se va la unión será mayor. Me da paz leerlo. Los sarmientos se secan sin la vid, dejan de ser lo que son, y la vid da fruto en los sarmientos. Sin ellos la vid no es fecunda, no da vino. Están llamados a dar fruto si están unidos, Jesús y los apóstoles, Jesús y nosotros.

Esta realidad la experimento todos los días. Cuando huyo de Dios, la vida que hay en mí es confusa y algo gris. No tiene la sonrisa del descanso en su poder. Lejos de Él mi vida no conoce los frutos eternos.

El Padre José Kentenich decía: “El hombre actual se siente solo, infinitamente solo, pequeño, y busca ensanchar su pequeñez en la masa; en ella está buscando un crecimiento de su pequeñez, una cierta perpetuación. Y aun el hombre religioso y esforzado constantemente quiere escaparse, debido a la angustia que siente por él mismo[2]

Vivir sin Dios es vivir con angustia. Vivir sin trascendencia, sin un sentido. Querer dejar huella a base de luchas infructuosas con la vida misma. Sin Dios, mi vida no tiene vida.

Por eso hoy nos preguntamos: ¿Estoy unido profundamente a Jesús? Es fácil desvincularnos de Jesús y colocarnos nosotros en centro. Podemos dejar de creer en Aquel que nos da la vida.

Y en nuestra pequeñez buscamos crecer en la masa. Deseamos el reconocimiento de los hombres. La fama, el aplauso, el éxito.

Me gusta pensar que unido a Jesús todo es posible. Sin Él, lo pierdo todo. Si vivo en Él, lo que deseo se realizará. Permanecer en el amor de Dios nos hace fecundos. ¿Me lo creo de verdad? A veces no tanto.

El poder de Dios nos parece tan intangible, tan frágil, tan ausente. Queremos tocarlo, pero no lo logramos.

¿De qué fruto habla Jesús? Es el fruto en el propio corazón. Los milagros que realiza a través de nuestras manos. El fruto de la paz y de la alegría.

Decía monseñor Helder Cámara: “Me sentiría feliz si consiguieras aprender a conservar siempre una sonrisa de comprensión en la debilidad. Una sonrisa de valentía en las derrotas. Una sonrisa de agradecimiento al pensar en Dios”. 

La sonrisa y la paz en el alma son frutos de nuestra pertenencia al Señor. Cuando estamos lejos de Él perdemos la luz, la sonrisa, la paz. Cuando estamos cerca recuperamos el don que nos es dado.

Cuando estoy unido a Él mis palabras tienen fuerza. No la mía fruto de mi pasión por la vida. Sino su fuerza. Esa fuerza que viene de lo alto. Ese poder que viene dado por su amor.

Jesús nos pide que permanezcamos fieles y firmes. ¡Qué fácil resulta muchas veces seguir otro camino, tomar otra ruta, alejar nuestros pasos! Queremos ser autónomos, autosuficientes. No queremos depender de nadie.

Permanecer tiene que ver con esa fidelidad rutinaria. Con la obediencia callada. Con la humildad y la entrega. Con estar ahí, en el mismo sitio, clavados en el lugar en el que las raíces se hacen profundas.

Allí donde otros pueden encontrarnos. Como una roca, como una columna firme que sostiene otras vidas. Quiero vivir así. Anclado, arraigado.

Una persona rezaba: 

“A veces siento que te alejas. Quiero quedarme contigo. Quiero tenerte. Me duele el alma en la soledad cuando no te siento. Cuando mis miedos son más fuertes que mi confianza. Cuando la tristeza borra mi sonrisa.

Quiero estar contigo cada día. En el camino de mi vida al que me llamas. Besar tu cruz, mi cruz. Vestirme de tu vida. Ser tuyo siempre, aun cuando tema perderme. Ser tuyo en mi dolor y en mi alegría. Y caminar contigo, seguir tus huellas, pisar tu misma vida. Gracias por quedarte. Gracias por esperarme
”. 

¡Cuánto nos cuesta quedarnos a su lado! ¡Cuánto deseamos que se quede para siempre! El drama de nuestro tiempo es que nada parece permanecer. Todo fluye, todo cambia, todo pasa.

Las cosas, los amores, los vínculos, las pasiones. Parecen descartables. La vida es caduca. Y las promesas y los deseos también parecen serlo. Hoy una cosa. Mañana mejor otra. Hoy decimos algo. Mañana podemos afirmar lo contrario. No importa. El mundo es así, nos justificamos. ¡

Qué pocas personas hay que sean realmente rocas, sólidas, estables, firmes, fiables! ¡Cuánto nos cuesta que el amor sea firme e irreductible!

La fidelidad tiene mucho de aburrimiento y de rutina. Tiene mucho de victoria y raíces profundas. Es la cotidianeidad de la entrega. Cuando el corazón y la voluntad se adhieren a la verdad que perseguimos y soñamos.

La renuncia y el sacrificio unidos en un lazo cálido hacen posible que el amor pueda ser para siempre. Es un milagro. Un don. El darlo todo pero a ritmo pausado, sin prisas, toda la vida.

Como ese ritmo de Jesús por los caminos de Galilea, cuando pasaba amando, haciendo el bien, curando. Quisiera permanecer en lo que soy con calma. Con pausa. Con paciencia. Ser yo mismo sin pretender ser otro diferente. Ser yo mismo sin construir una fachada, sin ocultar por miedo mi debilidad, mis heridas.

Amando mi vida como es hoy, sin querer que sea otra diferente. Mi vida amada en su pobreza. Mi vida anclada en Jesús cada día de mi camino. Así es la vida. Así es mi vida verdadera cuando logro descansar en Dios y escucho su voz. El nombre que pronuncia a mi oído. Mi nombre, mi verdad, la palabra de mi vida. Soy suyo. Soy su sarmiento. Sólo en Él mi vida tiene sentido.

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