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Los derechos humanos, ¿existen o son un capricho de Occidente?

Hernán Piñera-cc
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Es urgente determinar el origen de estos derechos, es decir, aquello que los hace exigibles y los dota de contenido

nos encontraremos con el curioso escenario de que nadie siente la obligación de una respuesta adecuada a estas peticiones, porque no hay a qué adecuarse.

Así, por ejemplo, se puede discutir sobre si una persona que afirma “ser una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre” tiene o no el derecho de sostener una identidad sexual que no concuerda con su genitalidad, pero en todo caso lo apropiado es verificar si nos encontramos o no ante un hecho real que, de serlo, exigiría de suyo alguna respuesta.

Lo que no es admisible es pretender en general el derecho a “elegir el propio sexo” y pedir su plasmación legislativa, puesto que sería una simple preferencia subjetiva que no transmite hacia el exterior ninguna exigencia.

Al generar un falso lenguaje en el que los “derechos” no son más que expresiones de la propia voluntad socavamos el principio de igualdad y concedemos al estado la capacidad de inventar, poner, limitarlos o eliminarlos según guste, al dejar de estar sometidos a razones que se contrastan y dialogan.

Otra consecuencia es que el estado se vuelve un deudor universal de toda preferencia, por muy banal y absurda que sea, rota ya en mil pedazos la posibilidad de encontrar un criterio común para las decisiones legislativas; y es ese mismo estado el que elige de qué se reconoce o no deudor y a quien atenderá.

Como se dice de Zeus en la Ilíada, tomará de las tinajas de su capricho o de su interés los bienes y los males y los repartirá entre los hombres según se le antoje. Esta es la base de la tiranía.

Tal vez mis lectores piensen que al afirmar que los derechos humanos corresponden con elementos reales estamos abogando por petrificar su catálogo, cerrando cualquier vía para nuevas reivindicaciones o, incluso, de una disidencia que constituye el principal mecanismo de transformación social. No. No es así.

La sociedad cambia y con ella el entorno que conocemos, abriendo nuevos espacios en los que se manifiestan necesidades no previstas y, a la vez, nuestra sensibilidad y comprensión del mundo también se modifica poniendo en evidencia perspectivas que antes no veíamos.

Es lo que sucedió cuando las mujeres de principios del siglo XX demandaron que se les permitiese votar, lo que se les quería negar indicando que no podían ser ciudadanas como los demás, en contra de su dignidad y del ser mujer.

Sólo si somos capaces de analizar y percibir la realidad y su evolución podremos sostener lo irrenunciable de nuestros estados de derecho, cuya fragilidad no nos puede resultar desconocida ni indiferente.
 

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