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Religión y superstición, ¿en qué se diferencian?

Ted ALJIBE / AFP
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Estampas, medallas, imágenes, ... ¿puede haber un exceso de religión?

Desde los primeros siglos de la Iglesia se ha sentido la necesidad por parte de los fieles de representar gráficamente los símbolos más expresivos de la fe (la cruz, la eucaristía –pan y peces-, el buen pastor, etc.) y también, desde el final del siglo IV, episodios del Antiguo y del Nuevo Testamento o de la vida de los santos mártires de los cuales crecía la veneración.

Sin ir muy lejos recordemos tan solo un ejemplo: los frescos de las catacumbas en Roma.

Pero no nos debemos quedar en los objetos o pinturas, es necesario ir más allá. Las creaciones humanas no son fin en sí mismas sino una especie de trampolín para relacionarnos con una realidad superior: la divinidad.

Una cosa es apreciar con admiración el ingenio humano reflejado en una obra de arte y otra es “ver” por medio de éstas obras lo que se debe adorar y/o venerar.

El concilio de Nicea del 787 fija la actitud de la Iglesia a cerca de las representaciones sagradas cuando un huracán iconoclasta, que promovía la destrucción de imágenes y pinturas, convulsionó el cristianismo, especialmente el oriental.

Posteriormente la función didáctica y pastoral de las pinturas jugó un papel importante en la Edad Media: en aquel periodo las paredes de las iglesias se convirtieron, con la pintura, en la Biblia de los pobres.

Sobre aquellas pinturas se instruyó y la vida cristiana recibió estimulo. Aquellas pinturas enseñaban a los iletrados lo que la escritura enseñaba a los letrados. Es decir, aquellos que no conocían la Escritura, vieron en las pinturas lo que debían creer y obrar.

Muchas de esas pinturas han llegado hoy en día hasta nosotros y son verdaderas obras de arte.

La invención de la imprenta abrió posteriormente un nuevo espacio a la iconografía que llegó fácilmente a las manos de los fieles.

Ahora bien, si es muy connatural al ser humano el tener un recuerdo de los familiares difuntos, como fotos, cuadros, cosas que les pertenecieron y que se conservan con devoción, especialmente si en vida dejaron de sí mismos una huella feliz y grata, también es connatural al cristiano recordar con veneración y agradecimiento a miembros de su familia eclesial.

El razonamiento familiar es pues perfectamente transferible al campo eclesial, y esto nos advierte que el cristiano hace parte de una familia, la Iglesia, y los santos son los miembros de esta familia que, por su vida y fidelidad al evangelio, la Iglesia misma invita a imitar.

Pero son también los hermanos mayores que, gozando ya de la visión beatífica de Dios, pueden interceder por nosotros, todavía peregrinos sobre la tierra, y obtener aquellas gracias sobre todo espirituales que nos permitan vivir dignamente nuestra fe. El culto a los santos es esto y sólo esto.

Queda pues lícitamente aceptado el hecho de que el cristiano sienta la exigencia de tener y llevar consigo un recuerdo visible del santo que siente más cercano.

En estos últimos siglos, el progreso de la imprenta y de las técnicas ha contribuido a la multiplicación de estampitas, cuadros, imágenes, medallitas, y demás objetos religiosos.

Estas obras no son “objeto de fe”. Y los fieles que se relacionan religiosamente con estos objetos simplemente demuestran el afecto al santo o a la Virgen María.

¿Y la Iglesia qué hace?

Antes que todo no puede prohibir la producción y la comercialización. Puede sólo pedir a los artistas –y lo hace, siempre lo ha hecho- que se atengan al carácter sagrado de su trabajo y respeten la sensibilidad religiosa de los fieles.

Con frecuencia estos objetos son bendecidos; pero no para conferirles un carácter sacro, sino para invocar la benevolencia divina sobre quien los conserva o lleva con fe.

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