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La sorpresa de los jóvenes con el Papa Francisco

Catholic Church England and Wales-CC
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Hoy, cuando la tradición por sí misma resulta insuficiente para transmitir la fe, sólo el testimonio puede ganarse el respeto de los jóvenes, dentro y fuera de la Iglesia

Uno de los privilegios de ser profesor universitario es la oportunidad de tejer lazos de amistad con los jóvenes. Así, recibí un correo con breve mensaje que decía: “Tu Papa me cae bien”, y una liga a una página de internet. Nada más.

El remitente es un muchacho excelente y sencillo. Hace poco entró intempestivamente en mi oficina y me dijo que había decidido ser feliz en la vida, sin importar que fuera el camino más fácil. Le inquirí sobre cuántas personas conocía verdaderamente felices. Después de breve reflexión, me respondió que muy pocas, de hecho casi ninguna. Entonces, le comenté, era claro que había escogido el mejor camino, pero en manera alguna el más fácil. La anécdota lo pinta de cuerpo entero.
 
La liga conduce a un artículo de un medio especializado y poco afecto a los asuntos religiosos. Sin embargo, sus autores se muestran entusiasmados con la próxima encíclica de Francisco sobre ecología. El texto me sorprendió no sólo por el excelente análisis de las implicaciones culturales y políticas que tendría un claro posicionamiento ético del Papa a favor del medio ambiente, también por la forma serena en que comprendieron a la religión como una fuerza cultural constructiva. (Andy Hoffman and Jenna White, http://www.iflscience.com/environment/pope-messenger-making-climate-change-moral-issue)
 
Me quedé reflexionando. Este querido muchacho no es particularmente afecto a los asuntos religiosos, si bien es muy exigente en temas éticos, de manera especial cuando la coherencia se pone en entredicho. Francisco empieza a calar entre los jóvenes. Signo de los tiempos.
 
En la Universidad no han faltado muchachos que se acerquen a preguntarme, entre curiosos e intrigados, si Francisco es una flor en el desierto o si podrá realmente transformar a la Iglesia. Trato de responder lo mejor que puedo, pues les resulta por lo menos extraño que un profesor de historia, de la más grande universidad pública de Hispanoamérica, se encuentre muy feliz siendo católico.
 
¿Cómo es posible un Papa como Francisco? La explicación es, en verdad, sencilla. Hace cincuenta años terminó el Concilio Vaticano II, la más profunda y radical transformación de la Iglesia desde el IV Concilio de Letrán (1215), el cual marcó el camino durante el segundo milenio, con su escala tridentina.
 
La reforma de la Iglesia, hecha realidad en el Vaticano II, empezó su ruta desde finales del siglo XIX con el Papa León XIII y el Cardenal Newman. Con el tiempo se sumaron movimientos litúrgicos y pastorales, pensadores laicos que portaban la alegría de Chesterton o el dramatismo de Mounier, y teólogos con la hondura de Henry de Lubac. Propusieron algo tan simple que sorprende: regresar a la gente común desde la persona de Jesús.

El Concilio, pues, tuvo un sólo propósito: nutrirse en las fuentes originales de la Iglesia –evangélicas, teológicas y pastorales-, para dialogar con el mundo, hacer propias las esperanzas y los dolores de las personas y así anunciar la alegría de Cristo.
 
El periodo posconciliar fue tremendo, complicado, con mucho jaloneo dentro y fuera de la Iglesia. El debate fue intenso, vigoroso, con grandes avances, pero no siempre fue honesto. Los políticos metieron su cuchara convirtiendo a la Iglesia en escenario de disputas ideológicas. Además, los extremos rechazaron el Concilio bajo argumentos tradicionalistas o dizque progresistas, asunto que ya había previsto  proféticamente Juan XXIII en su discurso inaugural del Concilio.

El hecho es que hubo confusiones y también contusiones. No obstante, el proceso de recepción, adaptación y aplicación del Concilio no se detuvo, en mucho, gracias al liderazgo de tres papas excepcionales, no siempre bien comprendidos, con quienes Francisco se siente íntimamente vinculado según ha hecho notar en diversas ocasiones.

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