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​El desconcertante poder de Jesús… (tú también lo tienes)

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 27/04/15

El reino de Dios consiste en liberar a todos de aquello que les impide vivir de manera digna y dichosa

A la gente le gusta saber cuánto poder tienen los otros. Su trabajo, su posición social. Quieren saber si tienen poder suficiente para hacer algo. A los apóstoles también les preguntaron con qué poder hacían las cosas: “Nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre”. 

Nosotros también nos preocupamos por saber cuánto poder tienen los demás. O por saber de dónde les viene su poder. Actúan de una manera o de otra de acuerdo al poder que tienen.

A veces nos importan más las personas con poder, con influencias. Aquellas que nos abren puertas y nos facilitan la vida. El poder siempre es tentador. El poder de la información. El poder de decidir. El poder de opinar. El poder de las influencias. El poder del dinero. El poder de la violencia. El poder de la fuerza.

El poder de Jesús es otro. Es su impotencia fuente de poder. Jesús se pone a favor de los que nada pueden. El otro día leía: “Se pone a favor de los que sufren y en contra del mal, pues el reino de Dios consiste en liberar a todos de aquello que les impide vivir de manera digna y dichosa. Si Dios viene a ‘reinar’, no es para manifestar su poderío por encima de todos, sino para manifestar su bondad y hacerla efectiva”[5]

Jesús sirve. Su poder siempre es el servicio. El pastor que sirve y da la vida por amor. Jesús tiene el poder de dar la vida. Me impresiona ese poder. No es el poder de salvar su vida en el peligro. No es el poder que podía haberle abierto puertas entre los fariseos. No es el poder de salvar a todos con milagros, de curar todas las enfermedades.

Jesús se muestra débil. Su impotencia nos desconcierta. Su poder en lo humano es debilidad. El buen pastor es débil. No es el pastor que aniquila a los lobos. Es el pastor que fortalece a las ovejas para resistir en medio de lobos. El pastor que educa a pacificar en medio de la violencia.

Pero en medio de su impotencia, Jesús tiene un poder que supera a todos los demás poderes. Es el poder de dar la vida por amor. En realidad ese poder lo tenemos todos.

Tenemos el poder de guardar la vida o de perderla. De entregarla por amor o malgastarla. Podemos hacer tantas cosas por los demás o quedarnos sin hacer nada. Podemos amar y podemos también odiar.

En realidad podemos vivir con sentido o dejar que la vida se nos escape sin ninguna esperanza. Podemos vivir de verdad, con pasión, o conformarnos con una vida gris.

El otro día acompañé a una persona en su lecho de muerte. Una mujer a la que había conocido hace unos años ya enferma de cáncer. Siempre me impresionaron su sonrisa, su mirada, la pureza de sus ojos. Ya a punto de morir me miraba con una sonrisa.

Ya nada le funcionaba en su interior. Sólo el corazón, sus ojos, su voz, su sonrisa. Eso sí. Miraba con los ojos de Dios. Hablaba de la belleza de su vida. Daba gracias a Dios en medio de muchos dolores.

Me conmovió su fe. Su mirada llena de luz. Es cierto, la fe nos salva. Me tocaron mucho su voz, su alegría, su esperanza.

Tenía el poder de dar la vida. Nadie se la quitaba. Ella la daba, se la devolvía a Aquel que le da sentido a la vida. Abrazaba a los suyos. Abrazaba a Dios. Es el mismo poder de Jesús. El poder de saber vivir y morir, amar y dar la vida.

Así quisiera vivir yo. Así quisiera morir un día. Con ese mismo poder. Desde la impotencia el único poder que nunca perdemos es el de vivir con pasión, con dignidad, con altura. Ese poder no se pierde en el lecho de muerte cuando ha estado presente en nuestro corazón toda la vida.

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