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¡Qué importante es tener personas y lugares en los que sentirnos seguros! ¡Qué importante llegar a encontrar en Jesús en la oración el descanso y la paz!

Hoy celebramos el domingo del buen pastor. Jesús amó hasta el extremo. Hasta la raíz.
 
Hoy nos dice: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas”.
 
Jesús se nos revela como el buen pastor que cuida a su rebaño con su vida. Normalmente el pastor cuida las ovejas. Pero él da la vida por ellas, no es un asalariado. Le importan los suyos. Les ha abierto su corazón. Les ha dejado ver su herida. Están en su intimidad. Conoce sus vidas.
 
El buen pastor sufre por los suyos. Se conmueve en el dolor y en el peligro. Se entrega por ellos y los protege.
 
Es bonito pensar que nosotros somos sus ovejas. Porque en Él descansamos y nos sabemos seguros. Él nos cuida y protege.
 
¡Qué importante es tener personas y lugares en los que sentirnos seguros! ¡Qué importante llegar a encontrar en Jesús en la oración el descanso y la paz! El abrazo del pastor calma a la oveja.
 
Muchas veces nos cuesta la imagen de la oveja. La docilidad del cordero. El silencio. La inacción. La actitud demasiado frágil y bondadosa de la oveja mansa. ¡Cuántas veces nos han dicho: hay que ser buenos pero no tontos!
 
Nos parece que ser ovejas es ser un poco tontos, excesivamente débiles, vulnerables. No sé por qué pero nos gusta más la imagen del lobo. Ese lobo que se hace respetar e impone su poder.
 
La fuerza parece dar fruto tantas veces. Ser temidos antes que respetados. El lobo consigue lo que quiere por su fuerza. Es la actitud de aquel que sabe sacar ventaja en muchas circunstancias de la vida. Imponiendo su dominio, haciendo valer su poder.
 
Pero no es así con Jesús. Nos lo dice al hablar del reino: “Para Jesús, la verdadera metáfora del reino de Dios no es el cedro, que hace pensar en algo grandioso y poderoso, sino la mostaza, que sugiere algo débil, insignificante y pequeño[3]
 
Su reino es pequeño en la apariencia. Infinito en su majestuosidad. Surge de lo frágil, de lo que no llama la atención, de lo despreciado por los hombres. Se extiende a partir del reconocimiento de la propia pequeñez.
 
Jesús es el cordero, no el lobo. Es el pobre, no el poderoso. Jesús se experimenta débil y necesitado tantas veces en su camino. Calla y es llevado al matadero sin defenderse, sin hacer valer sus derechos, sin buscar la ayuda y protección de los poderosos.
 
Su reino nos parece a veces demasiado impotente e insignificante. No vence por su mucha fuerza. No se impone por sus cualidades. Jesús no sólo es el pastor, Él mismo es la oveja que no se resiste al ser llevada a la fuerza.
 
¡Cuánto nos cuesta ser ovejas y no luchar por nuestros derechos! Imitar la docilidad y mansedumbre de Jesús es un ideal de vida. En realidad es una constante paradoja. No somos fuertes. Pero nos llegamos a creer que sí lo somos. Somos frágiles y no acabamos de aceptarlo.
 
El otro día leía: “Con los reveses, el tedio, la oscuridad y la visión o la experiencia del pecado, el hombre descubre lo que es: una pobre cosa, un ser frágil, débil, un conjunto de orgullo y de mezquindad, un inconsciente, un perezoso, un ilógico. No hay límite en esta miseria del hombre[4]
 
Experimentamos la fragilidad de nuestra vida pero no queremos ser frágiles. Caemos y fracasamos pero no queremos aparecer como derrotados. Necesitamos la ayuda de los demás, pero nos cuesta tanto buscar ayuda. Aceptar que otros carguen con nuestro peso. Pedir que alguien nos socorra en nuestra angustia. Nos hace mucho bien darnos cuenta de que somos ovejas.

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Tags:
evangelio
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