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El curioso caso del robo de la piedra del Papa

Ulises-Jorge-CC

John Lockwood - publicado el 23/04/15

El recorrido era más corto que el actual. En aquella época, de hecho, el Potomac era más extenso que ahora y corría cerca de lado suroeste del monumento.

Enseguida se sospechó del guardián. Después de todo, tenía un fusil con dos cañones, y las ventanas podían subirse o bajarse a voluntad. Hilton fue despedido.

El 9 de marzo de 1854, el Intelligencer anunció en primera página que la Washington National Monument Society, encargada del proyecto, había ofrecido una recompensa de cien dólares por los ladrones, elevada el 4 de abril a 500 dólares, pero los delincuentes no fueron nunca capturados.

En 1873, el pontificado consideró la hipótesis de enviar una piedra sustituta. En la primera página de la edición del 3 de marzo de 1873 del Morning Republic (o Little Rock Daily Republican), de Little Rock (Arkansas), se leía que el Vaticano al inicio “estaba tan ¿‘indignado’? por lo sucedido que rechazó enviar otra. De cualquier manera, “recientemente reconsideró la cuestión, y mandará otra”. Si acaso fue enviada, no aparece en el monumento.

Años después, el 30 de septiembre de 1883, el Washington Post publicó en primera página una entrevista al gerente de un bar que mantuvo el anonimato y declaraba haber sido uno de los ladrones. Si se puede confiar en esta historia, los ladrones eran nueve, y eran los Know-Nothings.

El gerente del bar describió la piedra diciendo que tenía una inscripción en letras doradas. Los ladrones habían llevado la piedra al norte del monumento, a un lago llamado Babcock Lake (actualmente lleno). Desde ahí la habían aventado al río, siguiendo el Long Bridge, más o menos donde se encuentra ahora el George Mason Bridge.

Un amigo, desde el puente, iluminaba con una linterna roja. Los ladrones rompieron la piedra para conservar algunos pedazos como souvenir y tiraron el resto al río.

“Si las dragas en el trabajo en el Portomac encuentran el punto exacto, pescarán algo que creará sensación”, añadía el gerente del bar. Eso había sucedido hacía nueve años.

El 19 de junio de 1892, en la página 2, el Washington Post publicaba un artículo sobre el hallazgo de la piedra. Algunos buzos estaban trabajando en la zona norte del Long Bridge para plantar las bases para una nueva serie de moles. Un buzo llamado Harry Edwards estaba usando una gran manguera de aspiración para eliminar los escombros cuando descubrió la esquina de una gran placa de piedra.

Una ulterior limpieza reveló “un pedazo de mármol abigarrado bien cortado y espléndidamente pulido, surcado con vetas rosas y blancas…con un grosor de quince centímetros, y quizá 45 centímetros por 90…”. Un lado llevaba una inscripción dañada: “Ro – t- merica”, “grabada en letras góticas”.

Se reunió una multitud de curiosos. Uno de ellos, según el artículo del Post, era un anciano vestido de otra época que golpeó la piedra con el bastón. “¿De dónde salió?, dijo secamente. Cuando se le preguntó si sabía algo, gritó: “Es obra del diablo, y ha vuelto del infierno al que pertenece”, y luego se fue. ¿Era un anciano Know-Nothing?

La piedra fue colocada en una pequeña construcción cerca de ahí para que estuviera segura. Dos días después, el 21 de junio de 1892, la página 5 del Post publicó un descorazonador título: “Robada la piedra papal. La piedra misteriosa desaparece por segunda vez”.

A las 23.30 del 19 de junio, los trabajadores se habían marchado tras haber cerrado con cuidado la puerta de la construcción en la que se encontraba la piedra. Una ventana entreabierta para favorecer la ventilación fue encontrada abierta de par en par.

Nadie supo qué sucedió, aunque el diario local Evening Star del 26 de mayo de 1959, en la página B-1, mencionaba una leyenda urbana en base a la cual la piedra había sido sepultada entre la 21 y R Street.

Mucho después, en 1982, el Vaticano realmente envió otra piedra para sustituir la original. Es de mármol blanco y se encuentra ahora colocada en el monumento a Washington, a cien metros de altura, en el muro occidental interno de la escalera. La inscripción dice A Roma Americae, que en latín significa “De Roma a América”.

Por John Lockwood, cuidador de parques de Washington D.C. Al haber pasado los últimos sesenta años en la capital estadounidense, escribe con la generosa asistencia de los Archivos Nacionales y la Biblioteca del Congreso. Este artículo fue publicado originalmente en el Catholic Journal US.

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