Aleteia

¿Por qué conocer a nuestros hijos?

Halpoint
Comparte

Es de vital importancia para su desarrollo

Se dice que uno ama lo que conoce. Y tiene lógica. Es muy difícil desear algo sino sabemos cómo es. Tampoco podemos tener antojos de un sabor que no hemos probado. Lo mismo con el amor. Mientras más conocemos, más amamos (siempre y cuando lo que conocemos nos guste). Por eso, por ejemplo, el tiempo del noviazgo es básico antes del matrimonio, porque es una etapa que tiene como objetivo el conocimiento del otro como futuro cónyuge.
 
Sin embargo, el amor a los hijos es tal vez el único amor que rompe, normalmente, con esta regla. Sobre todo en el caso de la mamá: basta que nos digan que tenemos un bebé en la barriga para ya amarlo y desearlo con todo nuestro corazón.

No necesitamos verlo ni sentirlo –en los primeros meses de embarazo ni percibimos sus movimientos– para ya adorarlo. Por eso una pérdida es terrible para una mujer, por más corto que haya sido el tiempo de embarazo.
 
Esto es porque amar a nuestros hijos es algo natural, está en la naturaleza de toda mujer… o de la gran mayoría. Por eso decimos que una madre es “desnaturalizada” cuando no actúa de esa manera, porque no lo tiene en su naturaleza.
 
Los papás también aman a sus hijos con todo el corazón. Pero este amor se acrecienta cuando ya toman contacto directo con el nuevo ser. Y llega a ser enorme. Por eso vemos casos en que los hijos tienen una relación más estrecha con el papá.  Es un amor que está más vinculado con el conocimiento directo.
 
También es de uso común decir que nadie conoce mejor a las personas que su madre y su padre (la famosa frase “Te conozco como si te hubiera parido” se basa en hechos reales). La convivencia, la filiación, la conexión, el instinto y todo lo que une a un padre con su hijo son razones más que suficientes para saber perfectamente de qué pie cojea nuestro pequeño o gran retoño. Y esta es una herramienta muy poderosa para enfrentar, en el caso que se den, futuros problemas.
 
Indagar en lo profundo
 
Puede ser que las preocupaciones, las tareas de la casa y el trabajo no nos permitan estar mucho tiempo con nuestros hijos: levantarse temprano, arreglarse (y arreglarlos), el desayuno, llevarlos al colegio, ir al trabajo, regresar, hacer o revisar tareas, comer, ver el almuerzo del día siguiente, bañarlos, acostarlos, acomodar todo lo pendiente, son tal vez algunas de las tareas que llenan nuestro día a día.

¿En qué momento podemos sentarnos a conversar sobre temas importantes con ellos? La verdad que con sólo releer lo anterior ya me estresé… No sé, pero hay que hacerlo: fines de semana, feriados, en las noches antes de dormir, en la cena, en el camino al colegio, en el supermercado, mientras esperamos hacer un trámite con ellos, mientras limpiamos la casa, cualquier momento es bueno para preguntarles a nuestros hijos cómo se sienten, qué les gusta, qué no les gusta, cómo van las relaciones con sus amigos, qué han visto últimamente en la televisión o en el internet, con quién juegan en el colegio, qué juegan, si tienen problemas con los compañeros… o, tal vez, no preguntar tanto y escucharlos.

A los niños y adolescentes les encanta que los escuchen sin que los cuestionen… y con sólo abrir nuestros oídos y nuestro corazón podemos descubrir mucho más del universo interno que contienen nuestros hijos, que mientras más crecen más se escapan de nuestro control y conocimiento.
 
La terapia es conocimiento
 
Y digo esto porque hoy en día está muy de moda diagnosticar. Todos los niños y todos los adultos tenemos algún problema, algo que hay que chequear, corregir, observar, etc. Cada vez que toca entrega de informe en el nido o en el colegio vamos aterrados para ver si nuestro dulce bebé no se ha transformado en algún síndrome intratable con piernas y brazos. Y ojo, yo no reniego de las terapias ni de la psicología. Es más, creo que ayudan muchísimo en casos específicos.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.