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Cine: Lustiger, el cardenal judío

© Film Movement
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Un hombre excepcional, un guión mejorable

La confusión de géneros, y que luego ha seguido por el camino de la comedia, afronta un biopic un tanto singular, el de Jean Marie Lustiger, cardenal nacido judío y convertido a la fe de Cristo en 1940. Lustiger falleció en 2007, después de haber sido arzobispo de París durante veinticuatro años

Lustiger, el cardenal judío es una TV movie francesa que se emitió, en marzo de 2013, en la cadena RTS Deux, y en el Canal Arte. Aunque en Estados Unidos ha conocido su estreno en salas y ha circulado por varios festivales, a España llega directamente al mercado del DVD de la mano de Karma Films.

El guión está escrito entre el director, Ilan Duran Cohen, y Chantal Derudder, guionista televisivo que ya había afrontado algún otro biopic. Sin embargo, para asumir un reto como el de una película sobre el cardenal Lustiger es preciso tener un conocimiento de la realidad eclesial que no se consigue con mera documentación periodística, y una sensibilidad que no se aprende leyendo libros. Quizá por eso esta película recuerda más a otras películas que a la realidad misma a la que quiere representar. No está mal escrita ni dirigida, pero en determinados aspectos resulta poco creíble para cualquiera que conozca de primera mano algo del modus operandi de la Iglesia.

El argumento parte del nombramiento de Lustiger en 1979 como obispo de Orleans, lugar de su conversión al catolicismo, aunque el telefilm se centra, sobre todo, en el famoso episodio del convento de carmelitas de Auschwitz, episodio que terminó con la orden de Juan Pablo II de trasladarlo a un lugar más alejado del campo de concentración, para no herir la sensibilidad de los judíos. Lustiger tuvo un papel decisivo en esa crisis y en las negociaciones con las asociaciones hebreas.

El otro gran tema de la película es el de la identidad. El director quiere insistir en que los católicos veían a Lustiger como judío, y que los judíos le veían como católico –y traidor–. Sin que queramos minusvalorar este interesante problema de identidad, da la impresión de que el guión lo trata con trazos gruesos subrayando una especie de esquizofrenia espiritual del cardenal. En ese sentido, se extreman los conflictos con la familia, y se caricaturizan los ataques a Lustiger de los tradicionalistas de Lefebvre.

Relación con Juan Pablo II

Desde el punto de vista de la construcción de personajes, se cargan las tintas en el difícil carácter de Lustiger, pareciendo incluso un desequilibrado en algunos momentos. De hecho, su relación con Juan Pablo II está dibujada de forma sorprendente, tanto por lo chocante de su camaradería, como por lo improbable de sus groseros enfrentamientos.

Respecto al Papa, hay que señalar que, aunque el actor Aurélien Recoing se esfuerza por imitar correctamente ciertos gestos de Wojtyla, lo cierto es que es muy difícil reconocerle bajo un artificio tan impostado que llega a resultar histriónico en algunas ocasiones –aunque en otras parece más convincente–. Sin embargo, Laurent Lucas interpreta correctamente a Lustiger, dejando aparte esos problemas citados que pertenecen más al guión que a su oficio de actor. Más equilibrado es el trabajo del veterano Pascal Greggory en el papel de cardenal Decourtray.

Sin duda es interesante que una película nos ponga frente a importantes episodios y personajes de la historia reciente de la Iglesia. Pero una perspectiva demasiado política y excesivamente simplista conducen involuntariamente a la caricatura, y en vez de contribuir a una mayor comprensión de los hechos y del papel histórico de la Iglesia, puede conseguir lo contrario. Lo que nadie puede discutir es la excepcionalidad de un hombre como el cardenal Lustiger, un hombre que vivió en su abrazo a Cristo la plenitud de su condición judía. Una pena que la película haya dejado fuera la época del seminario (1945-54), su período de capellán en la Sorbona durante el Mayo del 68, sus viajes a Tierra Santa, y se haya centrado en las polémicas en torno al Holocausto, precisamente lo que más veces nos ha contado el cine.

Juan Orellana

Artículo originalmente publicado por Alfa y Omega

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