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Apuntes sobre el feminismo: el futuro está en aprender a afrontar la diferencia

© wavebreakmedia/SHUTTERSTOCK
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La complementariedad como un camino a transitar: hombre y mujer deben hablarse más, escucharse más, quererse más, y no llevar sus batallas y luchas por separado

En las últimas dos semanas, tanto en  la Audiencia General del 15 de abril, como en la Audiencia del 22 de abril, el Papa ha vuelto a referirse a la relación varón-mujer. Sus palabras, finas e inteligentes, nos ayudan a comprender un poco más el rumbo que han de tomar los estudios, las políticas y las acciones en la cuestión de la complementariedad.

El verdadero reto, del que parecen alejarse las actuales teorías de género, y  que los anteriores feminismos tampoco supieron resolver, es el de cómo afrontar el tema de la diferencia. Se ve que en esto no hemos acertado, al menos con los dos extremos que nos han ofrecido tanto el feminismo igualitarista como las  posiciones queer donde el sexo y el género son meramente culturales y "performativos" (es decir, que se construyen social o individualmente). Estas dos visiones tienen un punto en común: la intención de erradicar la diferencia sexual, por no saber "habérnoslas" con ella.

Me explico: el feminismo de la igualdad fue el resultado de muchas de las pretensiones del proyecto ilustrado de la Modernidad que, bajo el sello del racionalismo y de la "igual naturaleza", precisaba darle a la mujer lo que no era de justicia negarle si pregonábamos la liberté, égalité, fraternité.

Sin embargo, muchas somos las que hemos crecido bajos sus consecuencias "androcéntricas", porque partieron del falso supuesto de que las diferencias entre hombres y mujeres solo han sido instrumentos de dominación y subordinación: entendidas como diferencias culturales y no biológicas, no solo podían sino que debían ser abolidas para lograr una igualdad efectiva de derechos sociales, económicos y políticos.

Poco a poco las justas pretensiones que dieron origen a este feminismo se exacerbaron, de modo que la igualdad se convirtió en el baluarte de las mujeres en todos los aspectos de la vida social. Por poner un ejemplo, el principio de liberación sexual, por analogía al libertinaje sexual masculino del que habían gozado los hombres (que, valga decirlo, había dejado en situación de desamparo y abandono, convertidas en objetos, a tantas féminas) comenzó a ser "bien visto" e incluso exigido como un derecho a favor de la igualdad y la libertad de la mujer.

Es este movimiento el que lleva poco a poco a la pérdida del significado de la vida sexual, a la petición del divorcio y del aborto como reclamos imprescindibles en el proceso de liberación que se entendió que podía alcanzarse únicamente si se eliminaba todo atisbo de diferencia. La mujer quedaba sola en una batalla contra el hombre para acabar siendo….igual que el hombre.

Después, intuyendo quizás que se habían dado pasos desproporcionados, surgió como réplica el llamado “feminismo de la diferencia”, que criticó al anterior tildándolo de androcéntrico y asimilacionista. Algunas de sus representantes afirmaban que la diferencia era un valor, no un disvalor, pero solo se fijaron en ella a través de comparaciones que hacían de las mujeres seres superiores.

La idealización de la diferencia o, mejor dicho, el “valor de lo femenino” sin tener en cuenta el de lo masculino, terminó por aniquilarla. Ya no hacían falta los hombres, eran prescindibles, incluso inservibles en un mundo de mujeres. Sucedió pues que la defensa de lo femenino se hizo a costa del resentimiento y demonización de los varones y resultó ser la excusa para proponer un mundo, una política, una cultura, una economía y una sexualidad (el lesbianismo) exclusiva de mujeres y sin varones.

Con estos precedentes nos podemos preguntar: ¿hemos sabido comprender la diferencia? El Papa lo dice bien claro al hacer alusión a la nueva teoría del

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