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Mediterráneo, un mar de sangre y de injusticia

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Salvador Aragonés - publicado el 21/04/15

El problema no es que haya mafias, el problema no son las barcazas. El problema es la falta de solidaridad con los pueblos más pobres

El Mediterráneo, este mar tan nuestro (Mare Nostrum), tiene una marea roja, una marea de sangre. Más de 1.600 personas en 2015 –que se sepa—han muerto ya en el Mediterráneo al ser transportadas de África a Europa. Es un mar que en las aguas que hay entre las costas de Libia y Túnez, e Italia y Malta, casi se podría decir que hay una marea roja. También la hay en las costas entre Marruecos y España y un poco en el mar Egeo en las costas griegas.

Los países de la ribera norte del Mediterráneo no tienen capacidad para absorber los miles de inmigrantes que quieren llegar al “paraíso” de Europa, huyendo de la pobreza, de las guerras tribales, de las mafias, de la violencia, las guerras, de la miseria.

Vemos a niños pequeños, unos incluso recién nacidos, adolescentes, mujeres embarazadas, hombres y mujeres jóvenes que buscan una vida mejor y que han caído en las redes de las mafias internacionales que los estrujan para darles un pasaporte muchas veces hacia la muerte.

Es una vergüenza para la civilización occidental basada en la tolerancia, el derecho de Roma, la filosofía griega y –aunque por desgracia muchos no lo quieren reconocer—del cristianismo.

El problema hay que atajarlo de fondo. El problema no es que haya unas mafias, muchas veces dirigidas por el propio Occidente europeo. El problema no son las barcazas. El problema radica en la falta de solidaridad con los pueblos más pobres de África, de Asia y de América.

Los pueblos de aquellas regiones y continentes van a Europa, y van también a Estados Unidos y Canadá, cuando europeos y americanos del norte hacen muy poco para proteger y desarrollar las economías de aquellas vastas zonas y pueblos.

Bolsas de pobreza van vagando por el mundo sin rumbo y sin solución. Una pobreza consecuencia de una explotación –el colonialismo—que ha enriquecido a los países ricos. Ahora son estos países que en un deber de justicia deberían trabajar para el desarrollo de los países pobres y eliminar así la miseria y las inhumanas migraciones, que rompen países, familias y miles y miles de vidas.

Las soluciones no pasan para poner parches como luchar contra las mafias. La solución definitiva es el desarrollo. Dicen que hay corrupción en esos países: que se elimine.

Lo han dicho –los únicos que hasta ahora se han atrevido—los últimos papas, desde san Juan XXIII en la Mater et Magistra, a Pablo VI en la Populorun progressio, a san Juan Pablo II en la Centessimus Annus, hasta Benedicto XVI en la Caritas inveritate y finalmente el papa Francisco que lo dice casi todas las semanas recordando la gran injusticia que reina entre los países que más tienen y los que necesitan lo mínimo para vivir.  

Ahora todos reclaman “hechos” cuando los imperios europeos, desde Francia, Gran Bretaña, Alemania, Bélgica y Holanda se aprovecharon de las riquezas de estos países africanos y asiáticos (algunos hasta sus obras de arte robaron para mostrarlas en sus museos) para enriquecerse ellos o sus ciudadanos y ahora demuestran una inmensa falta de solidaridad, una solidaridad que está solo en las palabras y que mucho nos tememos seguirá en las palabras.

Mientras tanto, parece que nadie se da cuenta de que Europa está siendo invadida por el Este (Asia), el Oeste y el sur (África) hasta el punto que a causa de la enorme debilidad demográfica europea (no nacen blancos europeos) dentro de pocos lustros cambiará la fisonomía de los habitantes del Viejo Continente; sus lenguas, sus costumbres, su color…

Hay europeos que ven la solución en el racismo, la xenofobia, en definitiva la violencia contra “los invasores” de otros continentes. Gravísimo error, como el error es el de quienes piensan ir poniendo parches sin llegar a poner el hacha en la raíz del problema: el desarrollo de estos pueblos. 

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