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La vez que fue puesta a prueba la humildad de san Francisco

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La prueba de humildad de san Francisco de Asís.

Luisa Restrepo - publicado el 21/04/15

Para entender al santo hay que entender al hombre. Un contexto y una historia sobre la figura del pobre de Asís

Ante una personalidad tan luminosa como la de san Francisco de Asís, debemos encontrar también al hombre que fue.

Es importante no ceder con demasiada facilidad al atractivo de una figura maravillosa que se ha creado, a partir de las Florecillas, que a veces parece una leyenda con una estética de pájaros y lobos que no reflejan del todo (a mi modo de ver) la verdadera personalidad de Francisco.

Que haya sido un amigo de la naturaleza, un poeta y que haya inspirado a numerosos artistas, es un hecho, pero si consideramos solo este aspecto, nos olvidamos del camino que recorrió Francisco hasta llegar a ser la figura, humilde y pobre que todos conocemos.

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San Francisco de Asís

El verdadero Francisco

San Francisco fue uno de los innovadores más atrevidos de toda la historia del cristianismo, que rompió con el sistema político-religioso de su tiempo: el del dominio de la Iglesia, las guerras santas y las cruzadas, y que creó, un espacio de libertad exento de la esclavitud del poder.

No todo en su vida proviene de inspiraciones sobrenaturales, y la originalidad de su experiencia espiritual consistirá en hacer que se encuentren el Evangelio y la historia de los hombres, una historia de debilidad.

Lo que nos cuentan de él, en su mayoría, son historias piadosas, o quizás solo se ha escrito el resultado final de largos ratos de oración, de reflexión y de conversión interior.

Me gusta imaginar (y no solo imaginar, porque realmente las tuvo) que para llegar a estas respuestas, Francisco, pasó por experiencias de prueba que lo llevaron a responder y a obrar como lo hizo.

La prueba de humildad

Acá una historia, que quizá tuvo más hilo, más tiempo de lucha y reflexión. Una historia, que quizá a la primera no inspiró alegría en el santo, sino un poco de confusión; pero que, al final, llega hasta nosotros como gran relato de humidad:

Se hallaba San Francisco en el lugar de la Porciúncula con el hermano Maseo de Marignano, hombre de gran santidad y discreción y dotado de gracia para hablar de Dios; por ello lo amaba mucho San Francisco.

Un día, al volver San Francisco del bosque, donde había ido a orar, el hermano Maseo quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo en tono de reproche:

– ¿Por qué a ti?

– ¿Qué quieres decir con eso? -repuso San Francisco.

Y el hermano Maseo:

– Me pregunto ¿por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti?
Al oír esto, San Francisco sintió una grande alegría de espíritu, y estuvo por largo espacio vuelto el rostro al cielo y elevada la mente en Dios; después, con gran fervor de espíritu, se dirigió al hermano Maseo y le dijo:

– ¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo.
Y como no ha hallado sobre la tierra otra criatura más vil para realizar la obra maravillosa que se había propuesto, me ha escogido a mí para confundir la nobleza, la grandeza, y la fortaleza, y la belleza, y la sabiduría del mundo, a fin de que quede patente que de Él, y no de creatura alguna, proviene toda virtud y todo bien, y nadie puede gloriarse en presencia de Él, sino que quien se gloría, ha de gloriarse en el Señor (1 Cor 27-31), a quien pertenece todo honor y toda gloria por siempre.

El hermano Maseo, ante una respuesta tan humilde y dicha con tanto fervor, quedó lleno de asombro y comprobó con certeza que San Francisco estaba bien cimentado en la verdadera humildad.

En alabanza de Cristo. Amén.
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