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Papa Francisco sobre el naufragio: “Son hermanos nuestros que quieren una vida mejor”

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Pope Francis at January 4th Sunday Angelus
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Durante el rezo del Regina Coeli, visíblemente emocionado pide a la comunidad internacional que tragedias de este tipo puedan evitarse

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

En las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy resuena dos veces la palabra “testigos”. La primera vez en boca de Pedro: Éste, después de la curación del paralítico en la puerta del templo de Jerusalén, exclama: “Habéis asesinado al autor de la vida, pero Dios lo ha resucitado de los muertos: nosotros somos testigos” (Hch 3,15).

La segunda vez en boca de Jesús resucitado: Él, la tarde de Pascua, abre la mente de los discípulos al misterio de su muerte y resurrección y les dice: “De esto sois testigos” (Lc 24,48). Los Apóstoles, que vieron con sus propios ojos a Cristo resucitado, no podían callarse esta extraordinaria experiencia. Él se mostró a estos para que la verdad de su resurrección llegase a todos mediante su testimonio. Y la Iglesia tiene el deber de prolongar en el tiempo esta misión: cada bautizado está llamado a testificar, con las palabras y con la vida, que Jesús está resucitado, que está vivo y que está en medio de nosotros.

Podemos preguntarnos: ¿Quién es el testigo? El testigo es uno que ha visto, que recuerda y que cuenta: Ver, recordar y contar, son los tres verbos que describen la identidad y la misión. El testigo es uno que ha visto, pero no con un ojo indiferente; ha visto y se ha dejado implicar por el suceso.

Por esto recuerda, no solo porque sabe reconstruir de forma precisa los hechos sucedidos, sino porque esos hechos le han hablando y él ha tomado su sentido profundo. Entonces el testigo cuenta, no de forma fría y distante, sino como uno que se ha cuestionado, y que desde aquel día su vida ha cambiado.

El contenido del testimonio cristiano no es una teoría, una ideología o un complejo sistema de preceptos y prohibiciones, sino un mensaje de salvación, un suceso concreto, incluso una Persona: es Cristo resucitado, vivo y único Salvador de todos.

Cristo puede ser testificado por los que han tenido una experiencia personal con Él, en su Iglesia, a través de un camino que tiene su fundamento en el Bautismo, su alimento en la Eucaristía, su sello en la Confirmación, su continua conversión en la Penitencia. Gracias a este camino, siempre guiado por la Palabra de Dios, todo cristiano puede convertirse en testigo de Cristo resucitado. Y su testimonio es tan creíble cuanto más deja ver un modo de vivir evangélico, alegre, valiente, manso, pacífico, misericordioso. Sin embargo, si el cristiano se deja levar por la comodidad, por la vanidad, si se vuelve sordo y ciego a la pregunta de la “resurrección” de muchos hermanos, ¿cómo podrá comunicar a Jesús vivo, su poder liberador y su ternura infinita?

Que María, nuestra Madre, nos sostenga con su intercesión, para que podamos convertirnos, con nuestro límites, pero con la gracia de la fe, en testigos del Señor resucitado, llevando a las personas que encontramos los dones pascuales de la alegría y de la paz.

Queridos hermanos y hermanas:

Nos llegan en estas horas las noticias sobre una nueva tragedia en las aguas del mediterráneo. Una patera llena de inmigrantes naufragó la pasada noche a 60 millas de la costa de Libia y se teme que haya cientos de víctimas. Quiero expresar mi más sentido dolor frente a una tragedia de esta magnitud y rezaré por los desaparecidos y sus familias. Quiero dirigir un llamamiento urgente a la comunidad internacional para que actúe con decisión y rapidez, para que tragedias de este tipo puedan evitarse.

Son hombres y mujeres como nosotros, hermanos nuestros que quieren una vida mejor. Huyen del hambre, heridos, perseguidos, víctimas de la guerra, que quieren una vida mejor, buscaban la felicidad. Invito a rezar en silencio por estos hermanos.

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