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Cristo resucitado, una presencia más fuerte que nuestras dudas

GEORGES ROUAULT- Public domain
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En la carne de los que amo está presente ese amor de Dios que me acoge, me sostiene, me levanta

La alegría es el signo de la Pascua. Los discípulos comparten la alegría de Jesús vivo: “En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: – Paz a vosotros”.

Jesús sale al encuentro de los discípulos que van camino de Emaús, huyendo, separándose de los amigos con los que han compartido su vida. Cuando pensaban que todo se había acabado, se disgregaron. Volvieron a lo de antes, a lo de siempre.

Jesús llega de nuevo a sus vidas y ellos no lo dudan, vuelven con los discípulos. Con los suyos. Se reúnen en Jerusalén. Vuelven al hogar donde están los que vivieron el mismo amor por Jesús. Donde estaría María. Vuelven a su madre, a sus hermanos.

Jesús está vivo y eso los une. Todos cuentan atropelladamente lo que han visto. Llegan y cuentan. Comparten lo que ha sucedido. Se quitarían la palabra los unos a los otros. Relatarían los hechos con pasión.

Vibrarían al recordar que Aquel que había muerto ahora estaba vivo. No darían crédito a lo ocurrido. Llorarían de alegría. Lo reconocieron al partir el pan. Ardió su corazón.

Jesús va juntando a sus ovejas. Ha salido a buscar a cada una a los caminos. Va reuniendo a los suyos. Entre la resurrección y la Ascensión Jesús va apareciéndose a cada uno. Estos días están llenos de encuentros, de esperas, de alegría, de sorpresa.

Llega a los que más ama. Siempre me conmueve esa presencia silenciosa del resucitado. No llega a las grandes multitudes para que crean, para que se den cuenta de que era verdad lo que decía. Llega a los suyos. Por amor. Por elección personal. Con ternura, con cuidado, diciéndoles que no teman, que es Él, que no se asusten, que se alegren.

Les da la paz que necesitan. Los consuela. ¡Cuánta alegría para Jesús! ¡Cuánta alegría para sus discípulos! Los que se aman vuelven a estar juntos. La muerte no los ha podido separar.

Mientras se cuentan hoy lo que ha ocurrido, Jesús vuelve a aparecerse en medio de ellos. Me conmueve este momento. Jesús les da su paz. Tal vez les faltaba paz todavía. La semana pasada se la da hasta tres veces. Hoy vuelve a darles la paz.

¿Por qué será que se nos escapa tan rápidamente la paz del corazón? Nos asusta el futuro. Nos llenamos de intranquilidad fácilmente. A veces un simple comentario nos quita la paz. O una persona que nos importuna. O un recuerdo que vuelve a hacerse presente.

¿Tengo paz en mi corazón? ¿De dónde procede la paz que tengo? Hoy todo el mundo desea tener paz. Muchos especialistas ofrecen cursos para tener paz. El orden de tu casa. La rutina en la alimentación. Los hábitos que tenemos. Todo se ve como un camino para vivir en paz. Vivir tranquilos sin que nos perturben. Sin que nos inquieten.

La vida de Jesús entre los hombres no fue pacífica. Me impresiona cómo iba Jesús de una aldea a otra sanando, predicando, perdonando pecados, echando demonios. No tenía momentos de paz y Él mismo se preocupaba porque sus discípulos no descansaban.

En una ocasión les obliga a meterse en la barca mientras Él despedía a la gente (Mc 6). Quiere que los suyos descansen. Como hoy al entrar en la sala donde están reunidos. Pero Jesús no tuvo una vida pacífica. Por lo menos esos años de vida pública que mejor conocemos.

Nosotros sí quisiéramos tener paz siempre. El otro día leía una descripción de la serenidad: “Pertenece a la serenidad la disponibilidad para el sufrimiento. Serenidad no significa que se tiene y se goza la propia paz. Se está dispuesto a dejarse conducir por Dios en la apretura.

La genuina paz nace solamente de la no-paz de la purificación en la apretura. Por eso hay que mantenerse en la apretura y los sufrimientos que conlleva. Algunos hombres buscan otra cosa cuando están en la pobreza interior y buscan siempre algo distinto para evitar así la apretura.

Se quejan y preguntan a maestros y cada vez quedan más confusos. Después de la tiniebla viene la luz del día, el amanecer del sol[1].

La paz de Jesús no es la paz que muchos hombres buscan hoy. Una paz sin problemas ni preocupaciones, esa paz egoísta de aquel que todo lo posee, una paz protegida entre muros intimistas.

La paz es la serenidad en momentos de lucha, en el fragor de la batalla, en la apretura de la vida cuando las circunstancias no son ideales, cuando sufrimos la persecución y la escasez.

No queremos vivir atrapados en nuestras preocupaciones. Es la paz que nos da saber que nuestra vida está en manos de Dios. Nuestra barca puede estar amenazada por las olas mientras Jesús duerme a nuestro lado. Pero está en la barca. No tememos.

Nuestra fe nos sostiene. El miedo desaparece. La paz permanece. La serenidad de saber que Jesús va educando nuestro corazón. Haciéndolo libre de tantas ataduras. La paz verdadera que es la disposición para obedecer a Dios y dejarme llevar por Él allí donde Él quiera.

Los discípulos están nerviosos, alterados. No tienen paz. No miran con serenidad su vida. Todavía no lo han comprendido todo. Todavía tienen miedo y no son libres. Por eso Jesús les da su paz.

En medio de su conmoción. En medio de esa alegría desbordante, necesitan serenidad para enfrentar el camino que tienen por delante.

Los discípulos dudan, tienen miedo, no acaban de creer: “Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: -¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior?”.

Conmueven sus dudas de nuevo. Pero, ¿cómo podían seguir dudando? ¿No bastaba una sola aparición? No sabemos si esta aparición de Jesús es la misma que contó el domingo pasado Juan, pero en cualquier caso ya se ha aparecido a varios.

Jesús los conoce. Mira dentro de su corazón. Siempre lo ha hecho. ¿Por qué surgen dudas en su corazón? Quieren creer. Necesitan creer, pero no pueden. Dudan. Lo vieron morir en la cruz. Dudan de que sea Él el que ahora está con ellos.

Dudan de su amor infinito. Ellos no fueron fieles y le abandonaron. Todos menos Juan. Dudan, quizás, de su perdón. Se sienten culpables, se esconden de Él como lo hizo Adán ante Dios después de su pecado.

Dudan. Lo han tocado. Lo han amado. Les ha amado. Pero dudan. ¡Cuántas veces dudamos nosotros en nuestra vida! No me sorprende entonces que ellos duden.

Nos cuesta mucho creer en Jesús de carne y hueso. Nos cuesta verle actuando en nuestra vida. Los discípulos dudaron. Yo dudo tantas veces y me olvido de todo el amor que he experimentado en mi vida.

La recepción del amor siempre es subjetiva. No importa cuánto me han amado. Lo que importa es cómo yo lo recibo, cómo lo guardo como un recuerdo imborrable. Esa certeza es la que me ayuda a no dudar en momentos duros, de oscuridad, de soledad. Cuando no toque. Cuando no vea.

Entonces tendré que volver a esos momentos de luz. Momentos de certeza como el que hoy escuchamos: “Mirad mis manos y mis pies: soy Yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que Yo tengo. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: -¿Tenéis ahí algo que comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos”.

Jesús les pide de comer. Tiene cuerpo. Un cuerpo glorioso. Un cuerpo de carne. Llega de nuevo con infinita paciencia. “Soy Yo en persona”. Sabe que la seguridad de que es Él es lo único que puede calmarles. Lo único que les puede dar hogar.

Cuando llega Jesús las dudas dejan de tener importancia. A nosotros nos pasa igual. Nos sentimos queridos en nuestras preguntas y en nuestros miedos.

Hay personas que cuando se acercan, nos abrazan, nos hablan, disipan las dudas y los miedos. Son esos lazos humanos con los que Dios nos une a Él. Es la forma real y humana con la que Jesús me recuerda que está vivo en el amor de los míos.

En la carne de los que amo está presente ese amor de Dios que me acoge, me sostiene, me levanta. Es el amor de Jesús que nos llama por nuestro nombre.

Hoy Jesús les dice que es Él. Sólo eso. Ojalá yo sepa verlo cuando venga, cuando se acerque, cuando se ponga ante mí y me pregunte por qué dudo, por qué tengo miedo, por qué soy incapaz de verlo con mis ojos.

A veces me cuesta tanto verlo… Dudo. Y eso que lo veo en tantos corazones. En tantos momentos de oración. Hoy de nuevo les muestra sus heridas. Es Él. Es su marca de amor.

Pero siguen teniendo miedo, miedo de que sea Jesús, sí, con sus marcas de la cruz, pero etéreo, abstracto. De que sea un fantasma. No se acercan a abrazarlo. Jesús se conmueve ante su debilidad. Les quiere demostrar que es humano.

Podría hacer en ese momento un milagro de los que hacía antes y ya sabrían que era Jesús. Han compartido caminos, comidas, sueños, miedos, montañas y rutas en barco.

Jesús quiere acercarse a ellos. Quiere compartir su vida como siempre. Quiere tranquilizarlos, calmar su miedo y tocarlos. Y se muestra humano. Tan humano.

Este gesto habla de la ternura inmensa de Jesús, de su capacidad de tocar el corazón de los suyos. Ante las dudas no se enfada ni les recrimina nada. No les echa en cara la dureza de su corazón.

Simplemente se abaja, se inclina para amarlos. Quiere que se sientan en casa como siempre con Él. Pide de comer. Y come delante de ellos. Tantas veces lo habrían hecho juntos.

¡Qué paz sentirían en ese momento los suyos! Ahora sí era Jesús de nuevo. Ahora era el de siempre.

 


[1] Anselm Grünn,
La mitad de la vida como tarea espiritual, 68
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