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Hoy, hace 60 años, murió Einstein, el científico que buscaba al Creador

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La ciencia contrariamente a la opinión difundida, no elimina a Dios

Hoy se conmemora el 60º aniversario de la muerte del gran genio, el físico alemán estadounidense Albert Einstein, nacido en Ulma, Alemania (14 de marzo de 1879), y fallecido a los 76 años en Princeton en 1955.

Sobre él escribió Carlo Rovelli hace días: “El 2015 es el centenario del más importante y más bello de los descubrimientos de Albert Einstein (de quien se celebra, hoy 18 de abril, también el 60º aniversario de su muerte): la teoría de la relatividad general. El mundo celebra, ya desde hace algunos meses, al mayor científico de los últimos tres siglos. No es fácil resumir lo que Einstein ha comprendido sobre la naturaleza, porque no se trata sólo de un resultado, sino de un vasto y articulado conjunto de descubrimientos.

Hoy parece oportuno recordar las palabras de san Juan Pablo II con ocasión de la celebración en el Vaticano del centenario del nacimiento de Albert Einstein (10 de noviembre de 1979): “La Sede Apostólica también quiere rendir el homenaje debido a Albert Einstein por la aportación eminente que ha prestado al progreso de la ciencia, es decir, al conocimiento de la verdad presente en el misterio del universo”.

“En esta ocasión de la conmemoración solemne de Einstein – agrega el Papa Wojtyla – quisiera reiterar de nuevo las declaraciones del Concilio sobre la autonomía de la ciencia en su función de investigación sobre la verdad inscrita en la creación por el dedo de Dios. La Iglesia, rebosante de admiración ante el genio del gran científico, en el que se revela la huella del Espíritu creador, y sin intervenir en manera alguna con juicios que no le atañen sobre la doctrina referente a los grandes sistemas del universo, al mismo tiempo propone esta ultima a la reflexión de los teólogos pare descubrir la armonía existente entre la verdad científica y la verdad revelada”.

Galileo y Einstein

Luego, el Papa Wojtyla hizo una valiente comparación que entonces causó mucho asombro. Al dirigirse a los responsables de la Pontificia Academia de las Ciencias, dijo: “Señor Presidente: con toda razón ha dicho usted en su discurso que Galileo y Einstein caracterizaron una época.

La grandeza de Galileo es de todos conocida, como la de Einstein; pero a diferencia del que honramos hoy ante el Colegio Cardenalicio en el Palacio Apostólico, el primero tuvo que sufrir mucho —no sabríamos ocultarlo— de parte de hombres y organismos de la Iglesia. El Concilio Vaticano II reconoció y deploró ciertas intervenciones indebidas: «Permítasenos deplorar —está escrito en el numero 36 de la Constitución conciliar Gaudium et spes— ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la autonomía legítima de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos. Actitudes que seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer oposición entre la ciencia y la fe».

El valor de equivocarse y rectificar

Carlo Rovelli, físico italiano, gran científico de la gravedad cuántica, al hacer evidente un extraordinario valor de Einstein, más raro que único en el ámbito de la ciencia, se preguntó: ¿Albert Einstein no se equivocaba?

Respuesta de Rovelli: “Al contrario. Más aún: pocos científicos han acumulado tantos errores como Einstein. Pocos científicos han rectificado las veces que lo hizo él. No hablo de errores de la vida cotidiana, opinables y, por lo tanto, asuntos suyos. Hablo de verdaderos errores científicos. Ideas equivocadas, predicciones equivocadas, ecuaciones equivocadas, afirmaciones sobre las que él mismo ha dado marcha atrás, o más tarde eran desmentidas por los hechos.

(…) el Einstein que se equivoca más que nadie y el Einstein que entiende a fondo la naturaleza más que ningún otro no están en contradicción, son dos aspectos complementarios y necesarios de la misma profunda inteligencia: la audacia del pensamiento, el valor de arriesgar, el no fiarse de las ideas recibidas, ni siquiera de las propias.

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