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Hoy, hace 60 años, murió Einstein, el científico que buscaba al Creador

Albert Einstein

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Luis Badilla - publicado el 18/04/15

La ciencia contrariamente a la opinión difundida, no elimina a Dios

Hoy se conmemora el 60º aniversario de la muerte del gran genio, el físico alemán estadounidense Albert Einstein, nacido en Ulma, Alemania (14 de marzo de 1879), y fallecido a los 76 años en Princeton en 1955.

Sobre él escribió Carlo Rovelli hace días: “El 2015 es el centenario del más importante y más bello de los descubrimientos de Albert Einstein (de quien se celebra, hoy 18 de abril, también el 60º aniversario de su muerte): la teoría de la relatividad general. El mundo celebra, ya desde hace algunos meses, al mayor científico de los últimos tres siglos. No es fácil resumir lo que Einstein ha comprendido sobre la naturaleza, porque no se trata sólo de un resultado, sino de un vasto y articulado conjunto de descubrimientos.

Hoy parece oportuno recordar las palabras de san Juan Pablo II con ocasión de la celebración en el Vaticano del centenario del nacimiento de Albert Einstein (10 de noviembre de 1979): “La Sede Apostólica también quiere rendir el homenaje debido a Albert Einstein por la aportación eminente que ha prestado al progreso de la ciencia, es decir, al conocimiento de la verdad presente en el misterio del universo”.

“En esta ocasión de la conmemoración solemne de Einstein – agrega el Papa Wojtyla – quisiera reiterar de nuevo las declaraciones del Concilio sobre la autonomía de la ciencia en su función de investigación sobre la verdad inscrita en la creación por el dedo de Dios. La Iglesia, rebosante de admiración ante el genio del gran científico, en el que se revela la huella del Espíritu creador, y sin intervenir en manera alguna con juicios que no le atañen sobre la doctrina referente a los grandes sistemas del universo, al mismo tiempo propone esta ultima a la reflexión de los teólogos pare descubrir la armonía existente entre la verdad científica y la verdad revelada”.

Galileo y Einstein

Luego, el Papa Wojtyla hizo una valiente comparación que entonces causó mucho asombro. Al dirigirse a los responsables de la Pontificia Academia de las Ciencias, dijo: “Señor Presidente: con toda razón ha dicho usted en su discurso que Galileo y Einstein caracterizaron una época.

La grandeza de Galileo es de todos conocida, como la de Einstein; pero a diferencia del que honramos hoy ante el Colegio Cardenalicio en el Palacio Apostólico, el primero tuvo que sufrir mucho —no sabríamos ocultarlo— de parte de hombres y organismos de la Iglesia. El Concilio Vaticano II reconoció y deploró ciertas intervenciones indebidas: «Permítasenos deplorar —está escrito en el numero 36 de la Constitución conciliar Gaudium et spes— ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la autonomía legítima de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos. Actitudes que seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer oposición entre la ciencia y la fe».

El valor de equivocarse y rectificar

Carlo Rovelli, físico italiano, gran científico de la gravedad cuántica, al hacer evidente un extraordinario valor de Einstein, más raro que único en el ámbito de la ciencia, se preguntó: ¿Albert Einstein no se equivocaba?

Respuesta de Rovelli: “Al contrario. Más aún: pocos científicos han acumulado tantos errores como Einstein. Pocos científicos han rectificado las veces que lo hizo él. No hablo de errores de la vida cotidiana, opinables y, por lo tanto, asuntos suyos. Hablo de verdaderos errores científicos. Ideas equivocadas, predicciones equivocadas, ecuaciones equivocadas, afirmaciones sobre las que él mismo ha dado marcha atrás, o más tarde eran desmentidas por los hechos.

(…) el Einstein que se equivoca más que nadie y el Einstein que entiende a fondo la naturaleza más que ningún otro no están en contradicción, son dos aspectos complementarios y necesarios de la misma profunda inteligencia: la audacia del pensamiento, el valor de arriesgar, el no fiarse de las ideas recibidas, ni siquiera de las propias.

Tener el valor de equivocarse, y sobretodo tener el valor de rectificar, no una vez sino repetidamente, para poder encontrar. Para poder, “probando y volviendo a probar”, como decía Galileo, llegar a entender. Pienso que el gran Einstein, si hubiera sabido que al recordarlo enlistamos sus errores, habría hecho una extraordinaria sonrisa socarrona de la que era capaz, y habría estado contento. Lo importante no es tener razón. Es caminar a lo largo del camino para llegar a entender”.

Einstein y el Creador

Juan Pablo II, durante su visita al Centro Ettore Majorana (Italia, Sicilia, 8 de mayo de 1993) recordó: “Albert Einstein significativamente afirmó: ‘Lo que es eternamente incomprensible en el mundo es precisamente el hecho que éste es comprensible’”. (2).

Entonces, el Papa añadió este comentario: “Se trata de un incoercible sentido de estupor que el creyente traduce en impulso de oración, cuando captura en el misterio del mundo el eco de un Misterio más grande, y exclama con el salmista: “¡Oh Yahveh, Señor nuestro, qué glorioso tu nombre por toda la tierra!” (Sal 8,2).

Albert Einstein no era un hombre religioso pero tenía un gran respeto por las religiones. No sólo. En su pensamiento y en numerosos de sus escritos la presencia de Dios es una “preocupación” recurrente derivada no tanto de una reflexión de fe, íntima, cuanto del estudio y los conocimientos científicos del mundo, en particular  del orden y la inteligencia que se vislumbra en el cosmos. El matemático católico Francisco Javier, amigo de Einstein, en su libro De la ciencia a la fe narra que poco antes que muriera Einstein, mientras abordaban el tema religioso, él dijo: “Quien no admite el insondable misterio no puede ser ni siquiera un científico”. (3)

Albert Einstein en una carta dirigida al filósofo y matemático Maurice Solovine escribió: "Encuentra usted curioso que yo considere la comprensibilidad del mundo como un milagro o misterio eterno.

Pues bien, a priori cabría esperar un mundo caótico, que no puede en modo alguno ser aprehendido por el pensamiento. Se podría, e incluso se debería, esperar que el mundo estuviera sometido a la ley sólo en la medida en que nosotros intervenimos con nuestra inteligencia ordenadora.

Se trataría de una especie de orden como el orden alfabético de las palabras de una lengua. Al contrario, la especie de orden creada, por ejemplo, por la teoría de la gravedad de Newton, es de carácter totalmente distinto. Porque si los axiomas de la teoría son planteados por el hombre, el éxito de una empresa de esta clase supone un orden de alto grado del mundo, objetivo que a priori nadie estaba autorizado a esperar. 

Este es el milagro que se fortalece más y más con el desarrollo de nuestros conocimientos. Aquí se encuentra el punto débil de los positivistas y de los ateos profesionales, que se sienten felices porque tienen la conciencia no sólo de haber privado con todo éxito al mundo de sus dioses, sino también de haberlo despojado de sus milagros. Lo curioso es que hemos de contentarnos con reconocer el milagro, sin un camino legítimo para ir más allá. Me veo forzado a añadir esto expresamente, a fin de que no vaya usted a creer que, debilitado por los años, me he convertido en presa de los curas”. (4)

Estas son reflexiones que llevan a Einstein a dos conclusiones de gran importancia. La primera: “En vista de tal armonía en el cosmos que yo, con mi mente humana limitada, soy capaz de reconocer, hay aún gente que dice que no hay ningún Dios. Pero lo que realmente me molesta es que ellos me citan para el apoyo de tales opiniones”. (5)

La segunda: “La ciencia contrariamente a la opinión difundida, no elimina a Dios. La física debe, además, perseguir finalidades teológicas, pues debe proponerse no sólo saber cómo es la naturaleza, sino también saber por qué la naturaleza es así y no de otra manera, con la intención de llegar a entender si Dios tenía frente a sí otras opciones cuando creó el mundo”. (6)

(1) Citado en S. W. Hawking y W. Israel, “Einstein. A Centenary Volume”, Cambridge University Press 1987.
(2) Cf. “Journal of the Franklin institute”, 1986, vol. 221, n. 38.
(3) Citado en F. Saveri, “Dalla scienza alla fede”, Edizioni Pro Civitate Christiana 1959, pag. 103.
(4) A. Einstein, “Lettera a Maurice Solovine”, GauthierVillars, Parigi 1956 p.102.
(5) R. Clark, “Einstein: The Life and Times”, London, Hodder and Stoughton Ltd., 1973, p. 400, e in M. Jammer, “Einstein and Religion”, 2002, p. 97.
(6) Holdon, “The Advancemente of Science and Its Burdens”, Cambridge University Press, New York 1986, pag. 91.

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