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¿Qué piensa el Papa Francisco sobre… hacerse prójimo?

© Villareal / ALETEIA

Marcelo López Cambronero - publicado el 17/04/15

Los cristianos deben comprender que es hora de bajarse del púlpito

La frescura que Francisco ha introducido en la Iglesia tiene mucho que ver con una mirada novedosa sobre ciertos aspectos cruciales del cristianismo. Cuando hablamos aquí de novedad no queremos decir que su mensaje se distinga sustancialmente del de sus antecesores o de la tradición sino, más bien y como hoy veremos, que atiende a la experiencia de fe desde una perspectiva a la altura de nuestro tiempo. El uso que hace del término “projimidad” resulta en este sentido paradigmático, pues esconde un significado que nos es urgente comprender.

Hoy muchas personas tienen miedo de vivir, de buscar la verdad, de abrirse a la grandeza de la realidad, porque habitan ciudades llenas de ajenos, de extraños a los que no interesan y con los que se establecen lazos frágiles en los que no parece posible confiar.

Atendiendo sólo a la superficie de las cosas nos da la impresión de que apenas quedan restos de una pasión por la felicidad y de una certeza en el juicio sobre la propia experiencia que eran campo mullido en el que la semilla del Evangelio crecía y daba fruto. Más bien se ha extendido el escepticismo y la confusión y, también, el temor al juicio de quienes parecen apostar por una vida verdadera en la que es posible ser feliz y amar a los demás sin miedo a los límites de la común humanidad. ¿Cómo podemos llegar a esos corazones asustados pero que laten con el mismo deseo de belleza, con las mismas preguntas que Cristo hace nacer en cada hombre y de las que Él es respuesta?

Francisco ha percibido que la situación actual nos exige una determinada actitud a la hora de dirigirnos a los demás. Porque, después de cierta experiencia histórica y de la pérdida de criterios sólidos, nuestros convecinos tienen miedo de que nos escandalicemos por su pecado -tan vulgar como el de cualquiera- y de que les ahoguemos en un sinfín de reproches que no necesitan y que ya se aplican solitos. El sermón moral no les aporta ni novedad ni esperanza. ¿Acaso no sabemos que ellos también tienen conciencia y que tampoco son capaces de acallarla?

Por eso la apertura a una relación sincera pasa por vencer temores y frustraciones, por un reencuentro con espacios de confianza, y para eso debemos mostrar que nuestro entusiasmo por lo humano no está mediado por intereses mundanos ni por la búsqueda de la propia satisfacción, sino que es un deseo sincero de amar al que es tan menesteroso como nosotros mismos.

Basta ya de subirse al púlpito del propio orgullo. Es el otro quien nos ha de considerar dignos de ser su prójimo y, para ello, es necesario que entremos en su intimidad sabiendo que pisamos tierra sagrada (Evangelii Gaudium, n 169). Sólo así me permitirá escucharle, atenderle, quererle, hasta dejarse abrazar por Cristo a través de la frágil carne de quienes formamos el pueblo de Dios.

En el año 2006, cuando Jorge Bergoglio era Arzobispo de Buenos Aires y estaba ya muy preocupado por la pastoral en las grandes ciudades, le escuchábamos decir: “El Buen Samaritano se pone al prójimo al hombro porque sólo así puede considerarse él mismo un prójimo, un alguien, un ser humano, un hijo de Dios. Fíjense cómo Jesús invierte el razonamiento: no se trata de reconocer al otro como semejante, sino de reconocernos a nosotros como capaces de ser semejantes. ¿Qué otra cosa es el pecado, en el contexto de las relaciones entre las personas, sino el hecho de rechazar el ser prójimo?” (Mensaje a las comunidades educativas de Buenos Aires. Pascua de 2006).

Los cristianos no somos seres extraños con recetas mágicas que han de servir en la misma dosis y de igual manera para curar todos los males de la tierra. Somos testigos de un amor que lo da todo por cada persona con sus peculiaridades y sin condiciones, llevando el pecado a cuestas. No demos, pues, lecciones de cátedra que contrastan con nuestra propia indigencia. Seamos más bien hogares que acogen sin preguntar y donde, como sucedía antaño en la campiña francesa, siempre se prepara la mesa con un plato de más, para el inesperado.


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