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El orgullo destructor, ¿seguro que no tienes?

© Inao / Flickr / CC

Pájaro

Carlos Padilla Esteban - publicado el 17/04/15

Si entregara cada día lo que tengo sin querer apropiármelo como mío, sin más pretensiones,...

Tengo muy claro que el orgullo es lo que nos cierra la mayoría de las veces el corazón. Ese afán por quedar por encima de los demás, por mantener a salvo mi autoestima, por no perder la posición lograda, la fama conquistada, la imagen que tengo y mantengo con esfuerzo.

Es el orgullo que no me permite perder el poder sobre mí mismo, sobre mi vida, sobre los demás, sobre el futuro y el pasado. El orgullo que me hace luchar y tantas veces me deja solo en medio de la vida, derrotado.

Si no aprendo a renunciar al orgullo, a mi orgullo herido, es difícil que aprenda a vivir con misericordia. Si no dejo de lado mi amor propio, mi amor herido, y construyo sobre el perdón, no lograré entregar el corazón con sinceridad, desde la verdad. Pasaré por la vida juzgando, interpretando, determinando lo que está bien y lo que está mal.

El otro día leía: “Un signo del falso amigo de Dios es el que condena a los otros, pero no se condena a sí mismo. Por el contrario los verdaderos amigos de Dios no condenan a nadie más que a sí mismos[1].

Ser amigos de Dios nos hace más conscientes de nuestra pequeñez. Nos devuelve la dignidad de hijos. Nos hace tocar el cielo desde nuestro barro.

Los verdaderos amigos de Dios tienen dudas y miedos, como los discípulos. No viven sentando cátedra, saben que hay muchas formas distintas de vivir y de amar. No se posicionan en la verdad única. Saben unir desde la comprensión y el diálogo. No juzgan al diferente. No se alejan del que tiene una forma distinta de entregar la vida.

El amigo de Dios sabe que está lejos del ideal. Pero no se desanima con los fracasos. Sabe que el orgullo le aleja de Dios y de los hombres, lo hace incapaz de la misericordia. No se cierra cuando pierde. Se levanta y camina.

El otro día decía el tenista Rafa Nadal: “Casi nunca tengo enfado ni rabieta en la derrota. Cuando pierdo estoy más triste que enfadado. Esto es deporte y se gana y se pierde. Hay que tenerlo claro”.

El orgullo puede hundirnos en la derrota. Puede quitarnos la ilusión y llenarnos de miedo frente al futuro. Nos olvidamos de lo importante. Cualquier derrota es sólo una escuela para aprender a vivir, para enfrentarnos a las dificultades con una cierta altura.

Por eso quisiera dejar de lado mi orgullo. Aprender a mirar mi vida en su pobreza. Desde mi pequeñez crece la confianza en Él. Dios sabe lo que me conviene. Dios conoce mis debilidades y talentos. Conoce mi barro a la perfección. Ama mi pobreza. Es mi amigo.

Le miro y le pido que me ayude a confiar. A dejar de lado mi orgullo y mi miedo, mis dudas y agobios. Mi vida está en sus manos y Él sabe mejor que yo cómo he de seguir caminando. No quiere que me instale en mi comodidad.

Sólo desea que le entregue cada día lo que tengo sin querer apropiármelo como mío. Quiere que aprenda a amar donde Él me pone. Sin más pretensiones. Sin más horizontes que el suyo. Con su amor que supera mi pobreza. Con su luz que vence en mi oscuridad.


[1] Anselm Grün,
La mitad de la vida como tarea espiritual, 59

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alma
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