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¿Sólo Dios es santo o hay muchos santos y yo también puedo serlo?

© 1986 Túrelio (via Wikimedia-Commons)

Henry Vargas Holguín - publicado el 16/04/15


y se pusieron el traje de fiesta (la gracia de Dios) y con este traje de bodas (Mt 22,12) entraron en el trono celeste y se sentaron al banquete de bodas del Cordero.

¿Dónde está el secreto de la santidad humana? Está en la fe. La santidad de Cristo se nos transmite por contacto, algo así como pasa con los bombillos; éstos se encienden gracias al contacto con la electricidad.

Pero hay una diferencia entre el hombre y un bombillo: el bombillo recibe, sin más, la corriente eléctrica; mientras que el cristiano es quien pide que le llegue la electricidad mediante la fe. La fe establece entre nosotros y Cristo una especie de contacto espiritual y este contacto se logra a través de los sacramentos que hacen de cable.

Y la santidad que Cristo nos transmite no es una cosa abstracta; es el Espíritu Santo. Decir que participamos en la santidad de Cristo es como decir que participamos del Espíritu de Cristo.

“En esto conocemos que permanecemos en Él y Él en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu" (1 Jn 4,13). Por esto la santidad que está en nosotros no es una santidad diferente, sino que es la misma santidad de Cristo que se nos concede mediante su Espíritu.

Y el bombillo tiene que estar en condiciones, tiene que estar bueno para iluminar. Y en el caso del cristiano aquí entran la cruz, las mortificaciones, la lucha contra el pecado. La santidad es como realizar una escultura.

Miguel Ángel dijo que esculpir, a diferencia de las demás expresiones artísticas, es el arte de quitar. Sólo una escultura se logra quitando lo que sobra, haciendo caer los pedazos inútiles. El escultor no añade nada, sólo quita.

La mortificación, las renuncias, luchar contra el pecado, etc., son también obra del Espíritu Santo, no sólo fruto de nuestro esfuerzo. Pero desde luego aquí entra en juego más directamente nuestra libertad.

La Biblia nos habla de santidad a veces en indicativo y a veces en imperativo. En ocasiones dice: "Vosotros sois santos", o bien: "Habéis sido santificados"; y en otras ocasiones nos dice: "Sed santos". Por tanto nuestra santificación se presenta algunas veces como algo ya realizado, y en otras como algo que se ha de realizar; unas veces como un don, y otras como un deber.

Hay un texto en el que el apóstol san Pablo define a los cristianos como "los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos" (1 Co 1,2). Al mismo tiempo, pues, santificados y santificandos.

No se podía decir de modo más claro que, con respecto a la santidad, hay una parte que nos corresponde a nosotros. Al igual que hemos visto que en Jesús hubo una santidad dada y una santidad adquirida, también en nosotros existe una santidad que hemos recibido en el bautismo y que recibimos continua y gratuitamente mediante la fe y los sacramentos, y hay una santidad que debemos adquirir y aumentar con nuestro esfuerzo.

San Pablo escribe: "No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente" (Rm 12,2). Después de decir "no os acomodéis al mundo presente", el Apóstol dice "transformaos". Antes que transformar el mundo, hemos de transformarnos nosotros mismos o, lo que es lo mismo, convertirnos.

Por tanto no podemos caer en el error de decir que un santo se equipare a Dios o que se iguale a Dios o que sea tan santo como Dios. Sólo Dios es bueno, porque de Él procede toda bondad y Él inspira y acompaña nuestro buen obrar.

Nosotros los cristianos adoramos a Dios, y a una persona -por más santa que sea- no la adoramos, sencillamente la veneramos, la admiramos, nos encomendamos a ella y le damos gracias porque es un estímulo y nos dice, con su testimonio de vida, que es posible hacer la voluntad de Dios, que es posible estar en comunión con Dios.

Cuando la Iglesia beatifica a alguien, lo que hace es declarar que es un bienaventurado, un beato, una persona feliz por su fidelidad a Dios y que, en consecuencia, goza eternamente de Dios.

Cuando la Iglesia canoniza, no está "santificando" a alguien, sencillamente lo que hace es declarar que esa persona está en Dios, testifica que esa persona está salvada y la propone como ejemplo de vida cristiana.

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