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¿Sólo Dios es santo o hay muchos santos y yo también puedo serlo?

© 1986 Túrelio (via Wikimedia-Commons)

Henry Vargas Holguín - publicado el 16/04/15


citando el libro del Levítico, cuyo tema predominante es la santidad: "Sed santos, porque santo soy yo, el Señor, vuestro Dios" (Lev 19, 2). "Yo soy el Señor que os santifica" (Lev 20, 8). 

En el Deuteronomio comienza a aclararse qué significa ser santos. "Tú eres un pueblo consagrado a Yahveh tu Dios; Él te ha elegido a ti para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra" (Dt 7,66). 

Este pueblo ahora es la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios; la Iglesia es propiedad de
Dios, por esto la Iglesia es santa, no por nosotros los hombres sino, entre otras cosas, porque también es el cuerpo místico de Cristo.

La santidad de la Iglesia tiene que reflejarse en sus miembros, por esto san Pedro dice: "Así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la escritura: Seréis santos, porque santo soy yo" (1 Ped 1, 15-16).

"Santo" significa, pues, "consagrado", es decir, elegido y separado del resto del mundo y destinado al servicio y al culto de Dios. Santo es todo lo que entra en una relación particular con Dios, después de haber sido separado de todo lo demás.

Y este "sed perfectos" de Jesucristo o este "sed santos" de san Pedro, más que otra cosa es una invitación, es realmente el objetivo de vida que Jesús nos quiere hacer ver, es responder a una necesidad.

La santidad no es por tanto una imposición o una carga pesada sobre nuestras espaldas, sino más bien es algo que Dios nos quiere dar y que quiere que recibamos. Dios quiere darnos su gracia.

Estamos llamados a ser santos (1 Co 1,2) y esa es nuestra verdadera vocación. Hemos sido creados "a imagen de Dios" (ésta es, según la Biblia, nuestra verdadera naturaleza), y estamos destinados a ser "semejanza de Dios" (Gn 1,26).

El ser humano no es sólo lo que es desde su nacimiento, sino también lo que está llamado a ser con el ejercicio de su libertad; el ser humano está llamado a mejorar, a buscar su perfección en la obediencia a Dios, a restablecer el antiguo orden de cosas antes de la aparición del pecado original.

Nosotros creemos que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Y decir que Jesús es hombre verdadero, significa, para la Biblia, que es santo. Jesús es el hombre al que todos los demás deben asemejarse; es el modelo perfecto de humanidad, el último Adán, como lo define san Pablo (1 Cor. 15,45), y esto precisamente porque es el Santo de Dios.

En Jesús vemos que ser santos significa ser hombres verdaderos, auténticos. Jesús nos comunica, nos da, nos regala su misma santidad. Su santidad es también la nuestra. Es más, Él es nuestra santidad. Está escrito, en efecto, que Dios lo hizo "para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención" (1 Co 1,30). Para nosotros, no para sí mismo, pues Él ya era santo.

Se cuenta que un periodista le preguntó a la Madre Teresa de Calcuta: “¿Qué se siente al ser considerada ya una santa?” Ella le respondió: "Ser santos no es un lujo, es una necesidad".

Ser santos no es una cosa opcional; es la primera y la mayor responsabilidad que tenemos. Ser santos significa, por lo tanto, ser criaturas realizadas y libres del pecado que esclaviza y es muerte; no ser santos significa haber fracasado en la vida. No es la santidad lo que nos hace menos seres humanos, sino el pecado.

“Y todos estamos llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: "Porque ésta es la voluntad de, Dios, vuestra santificación" (1 Ts 43)” (Lumen gentium 39).

Los hijos de Dios que nosotros llamamos santos simplemente son aquellos que han sido fieles a Dios, los que han sido llenados de la gracia de Dios estando en este mundo, los que han sido irradiados con la gloria divina; los que aceptaron la invitación de ir al banquete de bodas

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