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¿Qué piensa el Papa Francisco sobre… una Iglesia pobre?

© OSSERVATORE ROMANO / AFP
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Una Iglesia pobre es, ante todo, un pueblo humilde, unido y de brazos abiertos

“¡Cómo desearía una Iglesia pobre y para los pobres!” Con esta exclamación el Papa dejaba a todo el mundo boquiabierto sólo tres días después de su elección.

Entonces explicaba a un grupo de periodistas los motivos que le llevaron a elegir el nombre de Francisco y recordaba las palabras de su buen amigo el cardenal Claudio Hummes, arzobispo emérito de Sao Paulo, cuando le dijo: “no te olvides de los pobres”.

¿Qué quería decir el Papa?

En primer lugar hay que subrayar la opción preferencial por los pobres, que supone una Iglesia volcada en la caridad, en el servicio a los demás, y también empeñada en promover medidas que ayuden a los más necesitados y que potencien la justicia social, que se ha convertido en uno de los ejes de su pontificado.

La exhortación apostólica Evangelii gaudium  vino pronto a incidir en ello. Allí Francisco denunciaba por un lado la “cultura del descarte”, que expulsa a una parte importante de la población del reparto del trabajo y de los beneficios del bienestar y, por otro, la divinización del mercado como nuevo dios que determina todos los aspectos de la vida y se convierte en el árbitro de los destinos de la humanidad.

Desde entonces se ha convertido en la voz de los sin voz, mostrando con palabras y actos su compromiso personal con la caridad, con el deseo de ayudar a construir un mundo mejor, por erradicar la pobreza y la injusticia.

Sin embargo, los pobres no sólo son aquellos que no alcanzan a cubrir sus necesidades materiales. Toda desigualdad, toda marginación, toda esclavitud es pobreza, porque denigra al ser humano y le intenta robar la dignidad de la que Dios le ha dotado como hijo suyo.

En este sentido Francisco ha compartido su preocupación por una de las mayores lacras contemporáneas, la trata de personas, verdadera epidemia del mal que inunda nuestro tiempo.

Pero también hay pobreza en la mujer maltratada o a la que se le niegan sus derechos, en los minusválidos despreciados, en las comunidades humanas perseguidas o vilipendiadas por el color de su piel, por su religión, por sus ideas políticas, por su identidad sexual.

Y, desde luego, no hay mayor pobreza que la que vive quien no ha conocido a Cristo, la ausencia de significado que se da en las “periferias existenciales”.

Para enfrentar estas realidades, el Papa ha insistido en que tenemos que salir de nuestro “acostumbramiento”, de nuestra “mesa camilla”, e ir fuera, entregarnos a los hermanos, llevar a todos el mensaje de Cristo, volcarnos en el anuncio de la Buena Noticia que nos ayuda a crecer y evita que nuestro cristianismo se acartone y carcoma.

Todavía queda un rasgo más, que es, a mi juicio, decisivo: la pobreza es la forma de vivir que debe bañar todos los actos de la Iglesia. Tal vez es el dato más importante y que, de suyo, constituye una propuesta de reforma y de renovación, porque significa abrir las puertas de las parroquias y de las comunidades, compartir la vida y lo que se tenga -sea poco o mucho-, las tristezas, las alegrías, celebrar juntos el domingo, hacernos comunidad. Una Iglesia pobre es, ante todo, un pueblo humilde, unido y de brazos abiertos.

Cristo nos educa en este camino al darse como pan y vino para que cada uno de nosotros pasemos a formar parte de Su Cuerpo y así nos enseña la expresión más verdadera de la pobreza: reconocer que el otro es prójimo y, también -esto nos cuesta más- abajarnos para que sea ese mismo otro el que pueda reconocernos a nosotros como sus prójimos. 

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